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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 septiembre, 2013

Vientos de renovación

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¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo, siendo un país tan rico, después de treinta años de democracia, los argentinos entre todos no hemos podido resolver el drama de la exclusión y de la pobreza extrema? Me lo pregunto con dolor y frustración. Tal vez por estos días CFK y su entorno también se estén haciendo la misma pregunta, ya que después de una década de gobierno sufrieron una rotunda derrota electoral en las recientes PASO. Ciertamente algo hemos hecho mal los argentinos. Pero no somos los únicos. Mirando más allá de nuestras fronteras, no puedo dejar de ver el mundo como ya lo veía Quino y nuestra querida niña rebelde Mafalda hace medio siglo: el pobre planeta enfermo, como un globo terráqueo todo vendado, con medicamentos a su alrededor, y ella sentada a su lado, consolándolo y poniéndole el termómetro… Pasan los años –en este caso, casi toda mi vida– y sigo sin poder responder. ¿Cómo llegamos hasta aquí?

Preguntarme esto me llevó a revisar mi ecléctica biblioteca –soy una lectora irreverente y desordenada– y a desempolvar mis libros de filosofía política, economía y sociología. Venimos de varias décadas de neoliberalismo, asentado sobre la teoría del capitalismo, cuyas premisas fueron formuladas hace ya más de doscientos años y continúan –inexplicablemente– vigentes en el mundo académico de los países centrales. Seguí tanteando, más atrás en el tiempo, viendo cómo ese capitalismo fue el fruto natural del desarrollo científico y de la filosofía política del Iluminismo, el imperio de la razón. Así fui a dar a la Antigua Grecia.

Para los griegos de la Antigüedad, las explicaciones sobre el origen del cosmos, del hombre y el sentido de la vida se encontraban en los poemas mitológicos del siglo VIII a. C., atribuidos a Homero y a Hesíodo. Allí se relataban los mitos cosmogónicos y las leyendas sobre la creación de las ciudades. Así explicaban ellos los fenómenos de la naturaleza y las vicisitudes de los mortales. Pero en el siglo VI a. C. un grupo de pensadores comenzó a cuestionar el comportamiento de esos dioses reunidos en el Olimpo, ya que en muchos casos, sus crueldades y desenfrenos, ambiciones de poder, vicios sexuales y conductas arbitrarias resultaban inadmisibles aun para los mortales. La sabiduría de los dioses mitológicos fue puesta en duda y los pensadores reclamaron una caracterización más sublime de lo divino, menos humana o antropomórfica.

La pérdida de lo sagrado

Este desafío inicial al pensamiento mitológico produjo un cambio revolucionario en la historia de la humanidad. Al desvestir a los dioses de las debilidades humanas, por primera vez era posible considerar a las cualidades como formas puras, separadas de una deidad. Se podía pensar en el amor, la justicia, la verdad o el bien de manera abstracta, o sea, como ideas sujetas al debate y al juicio de la razón. Los mortales eran más predecibles que los dioses y aunque solo alcanzaban verdades relativas, estas podían ser refutadas de acuerdo con ciertas reglas lógicas. La búsqueda de la sabiduría como forma de salir de la ignorancia se separó de la divinidad y se redujo a un mero conocimiento racional humano.

Esta división se considera el origen de la filosofía y es a partir de ella que se ponen los cimientos de la ciencia teórica. La lógica descarta las que habían sido hasta entonces otras fuentes de sabiduría, como la mitología, la religión y la experiencia sensible. El mito, aquel saber intuitivo y comunitario que otorgaba sentido, queda descalificado y relegado de la cultura, mientras que la razón utilitaria se despliega en las ciencias exactas. Que algo sea exacto no implica que sea verdadero, pero eso importa poco: la ciencia otorga poder, control sobre la naturaleza, las personas y las cosas. Y también dinero, claro. La razón nos hizo poderosos, casi dioses.

Está aceptado que solo en Occidente, bajo el imperio del racionalismo, podía surgir la ciencia moderna, y por eso Jung sostiene que este fenómeno que es occidental ha moldeado nuestro psiquismo de forma muy diferente al del hombre oriental. Es el propio hombre, en su interioridad, el que ha quedado dividido.

“Lo que caracteriza a Occidente es esa incómoda sensación de que su saber va por un lado y su vida espiritual va por otro. No podemos dejar de pensar que somos griegos y, no obstante, nuestra moralidad y religión –exterior e interior– encuentran su origen último en la Biblia hebrea”, escribió hace poco el genial Harold Bloom.1 En mi opinión, esta “incómoda sensación” es algo bastante más grave. Es una profunda grieta abierta hace veinticinco siglos entre la racionalidad y lo sagrado, que dejó al alma desterrada de la cultura, y al hombre contemporáneo, ya sin mito ni Dios, perdido en el sinsentido de la vida.

La utopía de San Francisco

La caída de las bolsas en 2008, que dio origen a las manifestaciones de los Indignados, es apenas la punta del iceberg con el que ha chocado el sistema económico y financiero mundial, el invencible Titanic sobre el que navega el neoliberalismo. No solo la pobreza, la inequidad y el hambre en el mundo no han desaparecido, sino que han alcanzado niveles escandalosos mientras la corrupción y las mafias del delito parecen no tener límites. La avaricia tampoco. El dramático cambio climático, el agotamiento de los recursos, la contaminación de los ríos también dan cuenta de la crisis terminal del modelo y del fin de la utopía del crecimiento económico infinito. Hacen falta economistas que metan sus pies en el barro, que caminen entre los pobres, como postula el chileno Manfred Max-Neef en su propuesta de una “economía descalza” que le valió el Right Livelihood Award, el premio Nobel alternativo, en 1983.

Ya han empezado a soplar otros vientos. La elección del papa Francisco, rápidamente apodado “el papa de los pobres” por sus gestos de humildad, es una señal indiscutible de que estamos ante una nueva era. La propia elección de su nombre es un plan de gobierno de Bergoglio: “una Iglesia pobre para los pobres”. Pero para resolver el escándalo de la pobreza (de la Argentina y del mundo) se requiere algo más que un papa emblemático y nuestro. Hace falta un cambio radical de paradigmas, una metanoien, una conversión a Dios y a sus valores. “Fe y violencia son incompatibles”, dijo Francisco. Es indispensable cerrar la grieta, integrar otra vez el alma con la razón, para que la pobreza nos conmueva.

Si la primavera es símbolo de renovación y en términos sociales se asocia a una liberación –como la Primavera de Praga y la de los países árabes–, veo que se viene la primavera del mundo. La figura de San Francisco es todo un símbolo de esa renovación porque representa exactamente el mito que necesitamos recuperar para reencontrar el sentido de la vida, para conectarnos con nuestros valores espirituales y ponerlos en práctica. Francisco era hijo de un rico comerciante pero eligió la pobreza voluntariamente para seguir a Cristo y, de paso, cuestionar los aberrantes privilegios de la Iglesia de su época. Puede parecer una elección extrema y poco racional, pero es un mensaje poderoso y contundente: la vida y el amor se pueden desplegar con alegría por fuera del consumo y del mercado, y respetando a los seres vivos. Toda una utopía “irracional” para nuestro tiempo. Y sin embargo, es necesario integrar los valores de San Francisco que están inspirando a más y más jóvenes: la ecología, la austeridad y la solidaridad, el compartir los bienes y el dejar de consumir lo innecesario. La utópica era de la no economía. ¿Qué mejor liberación que esta? Por algo el nombre Francisco significa “el libre”.

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