Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

3 enero, 2019

Vacaciones para todos

¿Cómo vacacionar en familia y no morir en el intento? Claves para vivir (y disfrutar) de este tiempo de descanso junto a chicos y adolescentes, sin perder de vista lo importante: el valor de compartir tiempo juntos.

Terminaron las clases y los exámenes, chicos y adolescentes están de vacaciones. Nos dicen interminablemente: “comprame”, “llevame”,  “¿puedo invitar?”, “¿qué comemos hoy?”, “¿qué hacemos?”, “¡me aburro!”…

Y nosotros también a toda hora: “soltá el teléfono”, “basta de tele” (o de jueguitos electrónicos), “ahora no puedo”, “hacé tu cama”, “poné la mesa mientras cocino”, “apagá la luz”, “¡ayudame!”.

Las vacaciones son para todos, no sólo para los chicos. Las necesitamos y merecemos tanto como ellos, y no vamos a tener después vacaciones de las vacaciones.

Pero para poder actuar de acuerdo a eso, los que tenemos que tenerlo claro somos los padres.  Obviamente, ellos no van a agradecer nuestros pedidos ni van a sonreír mientras los llevan a cabo, tampoco van a cuidarnos ni a evitar hacernos solicitudes “chinescas” al llegar de trabajar, ni siquiera cuando se note de lejos nuestro agotamiento.

Es verdad que cuando nuestros hijos perciben nuestro amor incondicional piden, reclaman, pero también toleran nuestras respuestas negativas sin daño serio, aunque no necesariamente sin malas caras, respuestas desubicadas o algún portazo.

“Es verdad que cuando nuestros hijos perciben nuestro amor incondicional piden, reclaman, pero también toleran nuestras respuestas negativas sin daño serio”.

Veamos como una alerta cuando, en cambio, exigen desde una equivocada tiranía (de la que somos por lo menos en parte responsables), del estilo “¡llevame ya!”, “ese es tu trabajo”, “vos no me mandás”, “hago lo que quiero”, etcétera, etcétera. En ese caso, empecemos sin prisa pero sin pausa a ayudarlos a entender y a aceptar con dolor que todos tenemos derechos y también responsabilidades y obligaciones, que el planeta no gira alrededor de ellos y que la esclavitud se abolió hace muchos años.

¿Tiempo de descanso?

La etapa más complicada del verano es aquella en la que ellos ya no tienen nada que hacer y nosotros seguimos trabajando, cuando suponen que estamos disponibles para llevar y traer, organizar, entretener y sienten que tienen derecho a apropiarse de la tele y de la computadora, a quedarse despiertos hasta cualquier hora y a no dejarnos dormir con sus ruidos, música, reclamos y también a arrasar la heladera con sus amigos.

Seamos claros en nuestros planteos, hagamos una reunión o asamblea familiar en la que todos den su opinión y los padres tomemos decisiones habiendo escuchado lo que nuestros chicos piensan y desean.  Elijamos un día en la semana y otro del fin de semana −como mínimo− para comer y divertirnos en familia.  A veces basta con un juego de crocket o una partida de cartas para reencontrarnos.

Y volvamos a  reunirnos para revisar los acuerdos cada vez que cambien las condiciones, es decir, al irnos todos de vacaciones o al volver a casa con chicos todavía sin clases y padres de nuevo trabajando.

Claves para unas buenas vacaciones

Papá y mamá somos como la gallina de los huevos de oro: los chicos no saben que hay que cuidarla para que siga teniendo algo para dar.  Nosotros tenemos que cuidarnos para poder seguir estando allí con disponibilidad para querer, cuidar, organizar.

Lo mejor que le puede pasar a toda la familia es que retornemos de nuestro descanso anual renovados, con energía, humor, ganas de empezar un nuevo año y para eso tenemos que animarnos a decir muchas más veces “no”, que “sí”: no podés ir a la playa sin haber hecho tu cama, no podés levantarte a cualquier hora; hoy te toca ayudar con los sándwiches y la heladerita, no pueden trasnochar dos días seguidos, hoy se quedan en casa porque salen papá y mamá…

Cuando somos claros en nuestros pedidos y alcanzamos nuestros objetivos sonreímos más, estamos menos resentidos, reclamamos menos y ¡todos lo pasamos mejor! 

Esta generación de chicos parece creer que no puede perderse nada cuando sus padres, a las mismas edades, nos perdimos muchos programas, viajes, no estuvimos a la moda y sobrevivimos sin demasiadas cicatrices. Incluso, con una buena dosis de fortaleza interna que nos fue después muy útil en la vida.

¿Cuál es la diferencia? A nuestros padres no les temblaba el pulso a la hora de decir que no, tenían criterios definidos y los sostenían sin preocuparse demasiado por nuestro sufrimiento: ellos sabían que era una parte inevitable de vivir y crecer.

No necesitamos ser tan arbitrarios como ellos lo fueron, podemos escuchar más a nuestros hijos, pero sin olvidar las palabras de Donald Winnicott: “Los padres debemos mantenernos vivos” y yo agrego: sanos, de buen humor y con ganas de estar allí compartiendo la vida con ellos.

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