Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Punto de Vista

4 diciembre, 2013

Una ventana a la Vida

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Luego de cuarenta y cinco días de ausencia obligada de CFK por razones de salud, la presidenta reasumió el Poder Ejecutivo otra vez e hizo varios cambios en su gabinete. En el medio de este período, su gobierno sufrió un fuerte revés político en las elecciones de medio término. Esto la deja al borde de perder el quórum propio en ambas cámaras, además de enfrentarla con la dura realidad de que varios millones de argentinos que hasta hace dos años la aclamaban le dieron la espalda y le reclaman un cambio de rumbo.

Los escuetos informes médicos hablaron de una rehabilitación muy lenta, en la que CFK estuvo aislada de toda noticia que pudiera perturbarla o estresarla, y solo en contacto con sus familiares más cercanos y algún funcionario de su máxima confianza. Se sabe que está haciendo terapia cognitiva para combatir ese estrés y regular los procesos emocionales. El tratamiento está basado en ejercicios de relajación, concentración, respiración y meditación. Uno de los objetivos de este entrenamiento es el de “ver la realidad tal cual es”, para establecer prioridades realistas.

Mas allá del método elegido, es interesante saber de este proceso que está encarando la presidenta después del susto normal por haberse enfrentado a un peligro de muerte. “Ver la realidad tal cual es” es algo que muchos vienen reclamándole desde hace varios años, al cuestionar el famoso “relato”. Pero sería erróneo creer que solo CFK es la que tiene que aprender a “ver la realidad tal cual es” o únicamente los integrantes de su gobierno. ¿Acaso no nos pasa lo mismo a casi todos los argentinos? ¿De qué otra forma podemos explicar nuestra tolerancia pasiva a la corrupción endémica, a la pobreza extrema que aún subsiste en nuestro país, a la connivencia entre funcionarios y traficantes de drogas o de personas? Todo este Mal solo es posible si de alguna manera muchos nos negamos a ver esa realidad; si, como CFK, cerramos los ojos o miramos para otro lado para “no ver la realidad tal cual es”. Vivir encerrados en una burbuja tiene sus beneficios, al menos por un tiempo.

“El Señor de las moscas”

Hace poco, en una revista sobre religiones, leí un texto que me impactó mucho. El autor, Rémi Brague, especialista en filosofía medieval árabe y judía, se refiere a la muchas veces inexplicable acción de Dios en nuestras vidas –eso que nosotros después llamamos “milagros”–. Para ello, recurre a un ejemplo que todos conocemos: el de una mosca encerrada en un cuarto, que al buscar la luz exterior, choca contra el vidrio de una ventana. Para la mosca, el aire, un fluido transparente a través del cual ella vuela sin dificultad, de golpe se vuelve inexplicablemente sólido e infranqueable, por lo que ella insiste en hacer lo único que sabe: batir sus alas con frenesí contra el vidrio. El autor relata que, cansado del ruido, decide abrir la ventana, y con una revista en la mano trata de llevarla hacia la salida; la mosca se resiste huyendo para el lado contrario porque no entiende sus intenciones. Hasta que finalmente, luego de varios intentos, la mosca da con el pasaje al exterior y se escapa.

Si la mosca pudiera razonar –continúa el autor–, pensaría que a veces el aire se solidifica, pero que de golpe sin explicación puede fluidificarse otra vez, porque no comprende que se trató de una intervención exterior, de alguien con un poder y una intencionalidad de los que las moscas no tienen conocimiento. Por eso, para Brague, los milagros son cambios en los que interviene una lógica diferente, como en este caso, una lógica diferente a la de la mosca, que de otra forma habría muerto encerrada.

Cuando es Dios el que abre una ventana, en sentido figurado, de todo lo que encierra, y libera a los cautivos de la enfermedad, de la muerte o del pecado que simboliza a la primera y que lleva a la segunda, hablamos de un ‘milagro’. No sabemos nada de las razones que le hicieron elegir a este individuo más que a otro. Tanto como tampoco la mosca nunca sabrá las razones que yo tuve para poner fin a su prueba.1

Según el autor, este ejemplo nos muestra cómo obra Dios y cómo espera que obremos nosotros: restableciendo la dignidad y la integridad de aquellos que más lo necesitan en la sociedad.

El Espíritu de la Verdad

Me quedé pensando en la profundidad y la sencillez de esta metáfora para ilustrar lo que nos puede estar pasando a muchos argentinos, incluida la presidenta de la Nación. Estamos enfermos como sociedad porque vivimos aferrados a un discurso ideológico que recorta la realidad y que, como por un tiempo “funciona”,  defendemos a capa y espada con medias verdades. En ese ámbito limitado nos movemos con facilidad, como la mosca cuando vuela dentro del cuarto. Hasta que en algún momento –crisis económica, catástrofe o enfermedad mediante–, el relato deja de funcionar, y una sensación de angustia y encierro nos lleva a buscar una salida. A pesar de los treinta años de democracia, como comunidad, no hemos logrado salir de esta situación recurrente: una y otra vez terminamos como la mosca, batiendo nuestras alas contra el vidrio.

Es que estamos encerrados en una lógica parcial, compartimentada, que nos impide ver toda la realidad del país, tal cual es, la parte que nos gusta y la que no nos gusta, para así poder abordarla como un todo integrado. Pareciera que nuestra enfermedad crónica es la insistencia en esa lógica, como la mosca, que insiste en batir las alas contra el vidrio hasta extenuarse. Nos negamos a abrirnos a otra dimensión, a abrirnos al Espíritu, para permitir la intervención de Dios, que nos abra los ojos y con suavidad nos muestre esa salida que tanto nos cuesta ver. Para eso Dios rompe nuestros paradigmas, nuestras certezas, cambia esa lógica a la que tanto nos aferramos por miedo, y nos lleva a otra vida, una vida más verdadera.

Ese cambio radical sucede cuando con humildad aceptamos nuestra impotencia y reconocemos la necesidad de Dios en nuestras vidas. Él nos enseña a ver con otros ojos la realidad y, sobre todo, a vivir en la verdad. La vida anterior de engaños, de encierro y de esfuerzo estéril ha pasado. Para eso, tenemos a Jesús, que es el camino que nos conduce a la verdad de la vida.

“Para ir a donde yo voy, ustedes ya conocen el camino”. Entonces Tomás le dijo: “Señor, nosotros no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?”. Jesús contestó: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, también conocerán al Padre. (…) Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Defensor que permanecerá siempre con ustedes, el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes lo conocen, porque está con ustedes y permanecerá en ustedes”. (Juan 14)

Jesús prometió enviarnos ese Espíritu de la Verdad. También nos avisó que el único pecado-error que no podría ser absuelto es aquel contra ese Defensor, porque se trata precisamente de negarnos a que Dios obre en nosotros. En las crisis, enfermedades o sufrimientos, Dios puede abrirnos una y otra vez la ventana e intentar de mil maneras liberarnos del error para llevarnos a la verdad. Y así, devolvernos a nuestra naturaleza, a la dimensión sagrada que perdimos. Pero como en el caso de la mosca, los que tenemos que aceptar con humildad nuestra limitación y dejarnos guiar hasta encontrar la salida somos nosotros. En este tiempo de Navidad, cuando abundan los deseos de paz y amor, ese Espíritu de la Verdad sopla más que nunca. Estemos atentos porque así, de golpe y sin previo aviso, Dios nos abre una ventana a la Vida… Nos abre los ojos.

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