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Sophia - Despliega el Alma

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POR Virginia Gawel - Columnistas

23 mayo, 2018

Un encuentro inesperado

Perdidos en el laberinto de la vida, muchas veces olvidamos mirarnos hondamente. Una invitación a descubrirnos, para amarnos y dejarnos amar desde lo más hondo de nuestra identidad. La respuesta está en nuestra esencia.

Pocos días atrás tuve una pequeña gran experiencia: en un rincón de México ingresé a un espacio con muy poquita luz, como un laberinto tubular donde paredes y techo estaban construidos con ramas entrecruzadas, parecidas al mimbre. Cada tanto, a los costados había objetos bellos, iluminados, aquí y allá: confeccionados en tela, piedras, metales, lucían aún más hermosos en esa cálida oscuridad.

Creo que el lugar resultó algo tan inclasificable para mi cerebro que desestructuró sus circuitos habituales; perdí la noción de mí, como una niña asombrada y liviana, sin nombre, roles ni historia. Avanzaba lentamente, a izquierda y derecha. Lejos estaban mis compañeros de viaje. De pronto, vi la opción de doblar hacia un lado o el otro. Elegí la izquierda. Sin embargo, di solo un paso y tuve que detenerme: quedamos frente a frente con una mujer desconocida que quería avanzar en dirección opuesta a la mía, de modo que nos tapábamos el camino. Todo sucedió en no más de cuatro segundos: ella me sonrió con una actitud de inequívoca amigabilidad y, con la misma velocidad, yo también le sonreí en medio de la sorpresa. Esa sonrisa, franca, y su mirada amable hicieron que me cayera bien de inmediato, como pasa con esas almas afines con las que al tiempo constatamos el porqué de nuestra empatía inicial.

Pero en cuatro segundos pueden sucedernos muchas cosas (sobre todo si nos autoobservamos). Pasado ese instante, me di cuenta: no era la entrada a un nuevo pasadizo, sino un espejo de cuerpo entero. O sea, esa mujer era yo. La situación tan extraña había desconfigurado mi autoimagen, el concepto que emerge cuando digo “yo”, y dio paso a esa experiencia: que yo me cayera bien a mí a primera vista. Nunca antes había visto mi rostro con la expresión espontánea que se construye en un instante cuando miro a un desconocido. Esa sonrisa que no emerge para agradar al otro, sino porque se ve lo que uno mismo es: un peregrino en este raro laberinto que es la vida.

¿Por qué fue tan importante para mí esto tan pequeñito? Porque hoy (a mis 56 años) me siento a gusto con mi propia compañía. Pero pasé media vida rechazando a quien yo era. Esa mirada autoinvalidante es aprendida, y luego la tercerizamos eligiendo a quienes nos invaliden tanto como nosotros lo hagamos con nosotros mismos. Desamor nacido del autodesamor. Pero cuidado: esa mirada autoinvalidante se puede desaprender. Y no se trata solamente de “autoestima” sino de autoamor. Y ni siquiera se trata de que debamos “aprender a querernos”, sino de descubrir que durante toda la vida nuestra esencia nunca dejó de amarnos desde la hondura, pero quedamos desconectados, imposibilitados de percibirlo.

“Me odié a mí misma, y no fui correspondida”, suelo decir. Todo el trabajo que uno haga sobre sí es para recuperar la posibilidad de amarse de esa manera lejana al narcisismo (o de dejarse amar por lo más hondo de nuestra identidad).

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Amé a esa “prójima” del espejo, quizá, porque el autoodio que esta cultura inoculó en mi mirada (como en la de tantos) está siendo antidotada un poquito cada día.

Espero al irme de este cuerpo mirar por última vez a la que fue, circunstancialmente, Virginia Gawel, y sonreírle así: como a aquella mujer del laberinto.

Ni siquiera se trata de que debamos “aprender a querernos”, sino de descubrir que durante toda la vida nuestra esencia nunca dejó de amarnos desde la hondura, pero quedamos desconectados, imposibilitados de percibirlo.

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