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POR Adriana Amado - Columnistas

10 agosto, 2016

Un canto a la identidad

Las mujeres maltratadas en las letras de nuestros tangos son expresión y resultado de nuestra construcción de identidad nacional y colectiva. Por eso, llegó la hora de filtrar mejor algunos mensajes en pos de impulsar un verdadero cambio cultural.

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Cuando los extranjeros llegan a la Argentina preguntan por el tango como si fuera algo cotidiano, como si lo bailáramos como bailan salsa o samba los vecinos del norte. No imaginan que hoy es una danza de culto, un rito de pocos iniciados. Suena tan argentino que se asombran de que para verlo haya que padecer esos lugares para turistas, con purpurina hasta en los zapatos. Aunque nadie anda por la calle con funyi y lycras, hay algo nuestro en esa puesta en escena recargada, en esos entreveros atrevidos de los cuerpos, en ese ritmo melancólico, siempre quejoso. Aunque el tango es rioplatense, se hizo argentino, como Dios, por obra y magia de la grandilocuencia porteña.

Como toda expresión popular, en sus inicios tuvo la adhesión de la calle y la incomprensión del oído cultivado. El furor que ahora despiertan la cumbia y el hip hop, lo tuvo alguna vez el rock, y antes el jazz y el tango, que escandalizó en su momento por sus letras y meneos, como hoy lo hace el reguetón. Al igual que tantas otras costumbres nuestras, el tango fue inicialmente cosa de guapos y solo tarde se aceptó a la mujer como compañera, aunque los pasos los siga marcando el hombre. La que haya intentado aprender a bailarlo sabe de lo incómodo que es eso de pegar el cuerpo a un desconocido para adivinarle el ritmo. Pero quizás ahí haya una clave de esa afición argentina de dejarnos llevar por cualquiera que seductoramente nos marque el paso.

“La cultura popular es como el espejo de casa en el que terminamos de mirarnos sin vernos”.

Para el primer Bicentenario el tango estaba en su apogeo, y aunque para el segundo es apenas afición de milongueros o curiosidad de turistas, la identidad que trazan sus letras sigue más vigente de lo que nos gustaría reconocer. La Biblia junto al calefón de “Cambalache” es el verso más citado para definir esa mezcolanza contradictoria que nos atraviesa. “Uno” es el himno que mejor sintetiza el drama con que vivimos en las orillas del Río de la Plata, para quienes cada día “la lucha es cruel y es mucha, y uno lucha y se desangra por la fe que lo empecina”. Y que en cualquier momento podemos lamentarnos “¡Vacío ya de amar y de llorar tanta traición!”, sea por un amor contrariado o por la interna del partido peronista.

Chorras, coquetas y abnegadas

La mujer del tango encarna esos estereotipos de los que todavía renegamos en la publicidad, en las telenovelas, en las noticias. La santa madre inclinada en la pileta de lavar, redimida entonces por el malevo como hoy por Mr. Músculo. La coqueta perdida por la vanidad, que pone en gastos a su proveedor, al punto de dejarlo acobardado por la “chorra”1: “tanto me asusta una mina, que si en la calle me afila me pongo al la’o del botón”. La pobrecita que dejó el barrio para extraviarse en antros de perdición nos recuerda que la trata viene de lejos. Desde entonces arrastramos el mito de la morocha argentina como “la más agraciada, la más renombrada de esta población”2, linda pero dócil y con propietario: “la gentil compañera del noble gaucho porteño, la que conserva el cariño para su dueño”.

La insufrible de la tarjeta de crédito que repite en la televisión “Necesito un sacón, un sacón” es modesta al lado de la del tapado de armiño3 que acosaba al sufrido que no tenía las facilidades del banco Galicia: “Cuántas veces tiritando, los dos junto a la vidriera, me decías suspirando: ‘¡Ay, amor, si vos pudieras!’. Y yo con mil sacrificios te lo pude al fin comprar, mangué a amigos y usureros y estuve un mes sin fumar”. Además de codiciosas, estas son unas ingratas, como repite el tango desde entonces: “Aquel tapado de armiño todo forrado en lamé, que tu cuerpito abrigaba al salir del cabaret, me resultó, al fin y al cabo, más durable que tu amor: el tapado lo estoy pagando y tu amor ya se apagó”.

La maté porque era mía

En épocas en que la sociedad no estaba tan sensible a los mensajes, al tango se le objetó el lunfardo, y se le pidió reemplazar por “pibe” la palabra “purrete” en “ya de purrete me diste entre asombros: el cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor”. En estos días las leyes no permitirían cantar la iniciación temprana a los vicios, tanto como se considerarían apología de la violencia doméstica algunos de los versos de un tango que se titula con cinismo “Amablemente”4:

La encontró en el bulín y en otros brazos…
Sin embargo, canchero y sin cabrearse,
le dijo al gavilán: “Puede rajarse;
el hombre no es culpable en estos casos”.

Y al encontrarse solo con la mina,
pidió las zapatillas y, ya listo,
le dijo cual si nada hubiera visto:
“Cebame un par de mates, Catalina”.

La mina, jaboneada, le hizo caso
y el varón, saboreándose un buen faso,
la siguió chamuyando de pavadas…

Y luego, besuqueándole la frente,
con gran tranquilidad, amablemente,
le fajó treinta y cuatro puñaladas.

Podríamos señalar que las agresiones a las mujeres que lamentamos resultan de no haber filtrado esos mensajes con el celo que lo hacemos hoy. O pensar, a la inversa, si acaso las expresiones populares no nos ayudan a reconocer como propios problemas difíciles de asumir. La explicación de la popularidad y permanencia de expresiones que cantan situaciones que la moral o las leyes no permitirían hay que buscarla en la identificación que despiertan en la gente. Hay algo en la canción, la telenovela, la poesía que las multitudes premian convirtiéndolas en masivas.

La cultura popular es como el espejo de casa en el que terminamos de mirarnos sin vernos. Creemos que conocemos nuestro rostro mejor que nadie, pero cuando nos vemos en esas fotos que subieron los amigos en sus redes, o esa selfie con que intentamos retener la fugacidad del momento, nos incomoda la imagen que nos devuelve la instantánea. Algo parecido nos pasa con nuestra identidad social: nos sabemos argentinos, pero no siempre nos reconocemos en las expresiones que nos retratan. Y como con las fotos domésticas, tratamos de elegir la más favorecedora, o pasarle algún filtro mágico para disimular esos rasgos que creemos ajenos.

1 “Chorra” (1928), de Enrique Santos Discépolo.
2 “La morocha” (1905), de Saborido y Villoldo.
3 “Aquel tapado de armiño” (1929), de Delfino y Romero
4 “Amablemente” (1963), de Diez y Rivero.

 

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