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POR Cristina Miguens - Columnistas

20 marzo, 2015

Un bautismo colectivo

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Cuando aún no había salido de mi estupor por la masacre de Charlie Hebdo, irrumpió la denuncia del fiscal Alberto Nisman que acusa al gobierno de encubrir a los iraníes en la causa AMIA. Cuatro días después, en la víspera de su presentación en el Congreso, Nisman apareció muerto de un tiro en la cabeza.

La muerte de Nisman destapó las cloacas de un submundo infernal, dejando a la sociedad otra vez en shock. Las escuchas que surgen a diario revelan a siniestros personajes que integran lo que parece ser un Estado paralelo. En la investigación se multiplican insultos, amenazas, bandos de espías y carpetazos, testigos aterrorizados, indicios de que la escena deliberadamente no fue preservada, sospechas de zona liberada y de participación de servicios de inteligencia militar… Mientras esto sucede, luego de haber denunciado un golpe blando del “Partido Judicial”, en su discurso en el Congreso, CFK acusa al doctor Ricardo Lorenzetti y a la Justicia de interferir con su gobierno, y él le contesta pidiendo más madurez y cooperación entre los poderes del Estado para resolver los problemas de la gente.

A los que ya pasamos los 60 años y vivimos la trágica violencia setentista, toda esta versión K de opereta vintage que reedita el discurso ideológico de la confrontación excluyente amigo-enemigo como metodología para resolver conflictos, nos trae malos recuerdos, aunque ya no pisamos ese palito como a los 20. El relato épico desde la perspectiva de mi generación, es un engaño obvio porque se contradice con la historia que vivimos, no la que quieren contar. Bajo vanas promesas (de unos y otros) de liberación aparece la continuidad de una siniestra red delictiva y mafiosa de intereses económicos, corrupción endémica e impunidad sistemática, enquistada en el poder político y en sus instituciones, a todo nivel y desde hace muchas décadas. Algo huele a podrido en la
Argentina y no es de ahora, es algo muy viejo. Solo que ahora la crisis moral es mucho más profunda y terminal, y gracias a las nuevas tecnologías y a Internet, está impúdicamente a la vista de todos.

Marcha y oración

Indignación, dolor, bronca, impotencia, hartazgo era lo que sentía y por lo que decidí asistir a la Marcha del Silencio, además de rendir un homenaje al fiscal. Porque antes de que la convocaran los fiscales con este objetivo, la marcha ya había sido autoconvocada por los ciudadanos en las redes sociales. Había mucha fuerza y rebeldía cívica en ese silencio. Había sucedido algo muy grave: mucho más allá de la consistencia o no de su denuncia, un fiscal había muerto de muerte mas que dudosa luego de acusar al poder y de pedir una investigación, o sea, luego de hacer su trabajo por el que le pagamos todos. Y por eso la gente salió a las calles de todo el país. Entre otras cosas, la “mayoría silenciosa” decía basta.

El 18F no fue como las marchas anteriores. El silencio la hizo diferente. Caminé más de tres horas bajo la lluvia torrencial, empapada de pies a cabeza a pesar de tener impermeable y paraguas que demostraron ser totalmente inútiles. La lluvia me caía a chorros del paraguas vecino, en la cara, el pelo, el cuello; el agua me subía por el pantalón hasta las rodillas, mientras los truenos daban un tono dramático. Pero nada me importaba más que estar ahí, caminando como una más, dar mi testimonio y meditar acerca de ese momento sin duda histórico. Ese clima de recogimiento me recordó otra “marcha”, hace casi treinta y siete años y en plena dictadura militar, cuando peregriné a Luján junto a un millón de jóvenes para pedir a la Virgen por la paz entre la Argentina y Chile, mientras ambos gobiernos de facto movilizaban las tropas en la cordillera de los Andes. Y sentí un profundo dolor y una insoportable sensación de déjà vu.

También el 18F aproveché para rezar a Dios. Por Nisman, por su familia, pero también por el país, por todos los argentinos, incluidos “ellos”, algunos de los cuales sospecho que caminaban entre “nosotros”. Sentí escalofríos al oír los desgarradores gritos de “Nismaaaan”, a los que la multitud respondía “¡¡Presentee!!”, y debo de haber estado muy movilizada interiormente porque por momentos me saltaron las lágrimas al cantar las estrofas del Himno o al escuchar repetir “nun-ca-más, nun-ca-más”. Pocos días después de la marcha moría el fiscal Julio César Strassera, el que pronunció esa inolvidable frase en la acusación a los comandantes de la última dictadura. Dos fiscales emblemáticos separados por una generación, muertos con pocos días de diferencia, unidos en la memoria colectiva por la misma frase: “Nunca más”. Todo un símbolo y un mensaje. Acaso el de que, además de que todos somos Nisman, todos somos Strassera, todos somos fiscales…

Un cambio de la consciencia colectiva

Por esos turbulentos días de febrero entrevistamos a la antropóloga Ana María Llamazares (ver nota pág. 68), quien explicó los orígenes de la profunda crisis espiritual que atraviesa Occidente desde hace varios siglos y cómo lentamente se está produciendo el despertar de una nueva consciencia global. Ella señala que para que ese cambio se produzca es necesario un hecho desencadenante y un camino espiritual que permita ampliar la mirada para superar las viejas antinomias e integrar las polaridades excluyentes: Lo verdaderamente transformador es cuando esa comprensión no se da solo desde la cabeza sino desde el cuerpo. Hay emoción, insight, intuición. Cuando la comprensión está solo al servicio de una excelente descripción intelectual de la situación, es un ensayo más pero no hay cambio. ¿Cuándo hay transformación a nivel personal y a nivel social? Cuando ocurre un hecho en nuestras vidas que puede estar dado por una enfermedad, por tocar un límite, o por un proceso de compromiso profundo con tu autotransformación.

La muerte violenta de Nisman marcó un límite, un antes y un después en la sociedad. Una crisis donde el dolor, la angustia o la frustración sobrepasan lo tolerable. Y de manera un poco misteriosa se produce una transformación interior, un cambio de consciencia. Carl G. Jung habla de la “individuación” y postula que para que se den el crecimiento y la integración de las polaridades de la personalidad es necesario un sacrificio voluntario del ego, una entrega a una instancia superior, el sí mismo. Algo viejo debe dejarse ir para que surja una nueva consciencia.

Jesús, en su lenguaje menos racional y más mitológico, también nos dio una pauta de cómo ocurre ese proceso de sanación espiritual, cuando luego de curar a un endemoniado, dijo: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. O sea, la división y el enfrentamiento entre fuerzas opuestas (del mundo interno o externo) no permiten la integración de la persona ni de la sociedad. Al contrario, ese “reino” desaparecerá.

La Argentina no puede subsistir dividida y enfrentada en una perversa lucha de poder y de egos. Para alcanzar la madurez que requiere pasar de la competencia estéril a la cooperación, necesitamos hacer una autocrítica y un camino espiritual. Creo que la marcha del 18F fue un rito de paso, un acontecimiento capaz de generar un cambio de la consciencia nacional. Me atrevo a llamarlo un “bautismo colectivo”. Y como corresponde a ese ritual, la lluvia torrencial que caía sobre nosotros ofició de agua bautismal, el símbolo de la nueva vida que empieza.

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