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POR Miguel Espeche - Columnistas

7 febrero, 2018

Tolerancia a la frustración

Convertirnos en protagonistas y no en víctimas de aquello que nos toca vivir, es la clave para hacer de esta capacidad un aprendizaje constante y lleno de nuevas oportunidades. Los límites existen, podemos tolerarlos.

Uno de los conceptos más conocidos de la psicología es el de “tolerancia a la frustración”. Se trata de una característica o actitud que define a la “personalidad sana”, según muy bien enseñan en la facultad. El concepto, sin embargo, salió de las fronteras académicas y hoy es mencionado en conversaciones parentales y, ni qué decirlo, en todo intercambio entre docentes a la hora de evaluar a sus alumnos.

Lo interesante es que la idea de tolerar la frustración emerge con fuerza justo cuando en nuestra cultura está en auge la noción de que “el cielo es el límite” y que “si tú lo deseas de verdad, lo conseguirás”. Es la época en la que los padres siguen sintiendo como pecado marcar la cancha a sus hijos y pasar a jugar en el equipo de los adultos, ejerciendo esa autoridad que les compete y que a veces frustra a los chicos y adolescentes.

Es bueno “bancar” las frustraciones. La verdad es que no se puede todo y, de hecho, en ocasiones las ganas de que algo sea como nosotros deseamos terminan en el depósito de lo que nunca será por causa de fuerzas superiores. Cuando eso ocurre, y una puerta de acero se cierra entre nosotros y aquello que deseamos tanto, viene la frustración y… a llorar a la iglesia.

Es verdad que la historia siempre sigue su curso y no se detiene ante un “parate” que nos frustra. Un “no” de la vida en un sentido suele ser un “sí” de esa misma vida en alguna otra dirección. Hay que saberlo ver, al menos en algún momento, tras el primer impacto de la frustración. Pero, ¡cuidado!, esto que digo no ayuda mucho a quien está en ese momento en el que la frustración se encuentra en su apogeo.

La frustración duele porque es fruto del choque contra una realidad que no nos obedece. Se pueden correr las fronteras de lo posible, pero no abolir lo imposible. Tarde o temprano nos damos cuenta de que no somos dioses, lo que nos dolerá, si bien nos hace aceptar nuestra humanidad y despojarnos de la carga de llevar el universo sobre nuestros hombros, creyendo que ser testarudo es, en sí mismo, un valor absoluto.

“Tras la frustración, con los retazos de sabiduría que sepamos conseguir, podremos amigarnos con lo que el destino ha fijado para nosotros, para poder hacernos parte protagónica de ese destino, y no sus víctimas”.

Es verdad que es muy difícil tener la lucidez para definir cuándo es el momento de decir que algo que se deseaba no podrá ser. O bien que una expectativa determinada no se cumplirá, asumiendo ese “no va más” que, cuando no es bien entendido, pareciera ser signo de una rendición propia de los débiles, los fracasados o los derrotados.
En realidad, más allá de la importancia de la perseverancia y de la valentía para asumir una meta determinada, ese momento de frustración ante un límite que la vida nos impone no es necesariamente fruto de una rendición, sino de la aceptación de ese límite. Recordemos que aceptación no es resignación melancólica y que, tras la bronca o la tristeza, el juego sigue, pero por otro lado.

Tras la frustración, con los retazos de sabiduría que sepamos conseguir, podremos amigarnos con lo que el destino ha fijado para nosotros, para poder hacernos parte protagónica de ese destino, y no sus víctimas. Aceptar la frustración como parte del camino nos ayuda a madurar, pudiendo de esa manera diferenciar los caprichos de lo que son los deseos más profundos y verdaderos que nos habitan.

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