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POR Adriana Amado - La mujer en los medios

29 diciembre, 2015

Todo el año es fin de año

“Necesitamos desestacionalizar la amabilidad navideña”, escribe Adriana Amado con humor y con la esperanza de que la buena voluntad y el afecto bien entendido perduren más allá de las Fiestas.

Nunca entendí el frenesí de la mayoría de las personas que antes de fin de año se apuran a saludar a todo el mundo como si los buenos deseos no fueran tan buenos después de diciembre. No entiendo a los que se imponen ver amigos y no tan amigos antes de las fiestas como si fuera la última oportunidad de encontrarlos. O se obligan a hacer obsequios como si la Navidad fuera la única oportunidad de agasajar a los seres queridos. Más incomprensibles son los que llenan las casillas de correo de salutaciones tan despersonalizadas como los cupones de descuento.

Lo terrible es que de esta ola de afecto universal queda poco cuando baja la marea de las fiestas y vuelven a su nivel normal los índices de afecto en sangre. Ese cariño ofrecido como oferta de temporada se parece a las cajas de Navidad que distribuyen en las empresas con envoltorios prometedores pero que resultan una decepción de sidra de mala muerte y turrones asesinos de dentaduras. El patrón, obligado a tener una atención con sus empleados, termina regalando cosas que ni los más modestos sueldos comprarían. Algo parecido ocurre con los regalos del arbolito que vuelven mezquino hasta el presupuesto más generoso, obligado a repartirse en tantas atenciones que demandan las familias ensambladas.

De las celebraciones y obsequios impuestas por decreto navideño se benefician principalmente los mercaderes que esperan diciembre como el mes de los milagros que les compensará los quebrantos del año. Por eso llevan los precios al tope al punto de que resultan inocuos descuentos porcentualmente impactantes, como son insuficientes esas bonificaciones furiosas que algunos comercios ofrecen sorpresivamente para compras realizadas, por ejemplo, de 20.10 a 20.25 horas. Son semanas llenas de “ofertas de” espumantes, turrones, frutas secas y otras tantas cosas que no necesitamos durante el resto del año. Y de horarios trasnochados para centros comerciales, como si el problema para adquirir un regalo fuera que el shopping cierra a las 22 horas.

Pasadas las fiestas, muchos quedan con un montón de objetos que no precisaban y otras tantas cuotas en las tarjetas, algunos kilos de más que dejan tantos convites forzados y las casillas de correo llenas de tarjetas navideñas con deseos de gente que solo ofrece buenos augurios cuando las efemérides se lo imponen. A pesar de todo, las navidades tienen tan buena prensa que es difícil señalar sus excesos comerciales sin quedar como una desalmada. A los que me acusen de inadaptada les dejo todo el año que comienza para que me convenzan de que su espíritu navideño no es una pose de ocasión y que su bondad ha impregnado los corazones argentinos.

A todos los hombres y mujeres de buena voluntad navideña van mis deseos de que la convicción en el poder transformador de los mensajes de salutación les dure todo el año, con la esperanza de que nos sorprendan un día cualquiera con mensajes cargados de muérdagos y felicidades. A los que no pueden parar de alzar la copa en cuanto brindis encuentran, les ruego que esa compulsión al encuentro les brote también (y especialmente) cuando las circunstancias nos separen. A los comerciantes les reclamo que la generosidad del descuento de fin de año les renazca cada fin de mes, cuando nuestras billeteras se desvanecen. A quienes se afanan en las cocinas preparando manjares para la mesa navideña les propongo que esa vocación por decorar los platos con hortalizas esculpidas y corazones de lechuga les dure para cualquier comida y que puedan vivir todas como un agasajo. A los que se engalanan primorosamente para la Nochebuena les encarezco que se vistan con igual esmero cada noche, buena o mala, y dejen de presentarse a la mesa familiar con la remera manchada y en calzones de elásticos vencidos. Solo así me convencerán de que este espíritu fraterno que hoy los desborda es sincero y que no depende de que el arbolito esté armado. No me resigno a que diciembre sea el único mes en que se lleve la cordialidad y la obsequiosidad indiscriminada. Necesitamos desestacionalizar la amabilidad navideña.

Dra.  Adriana Amado

www.catedraa.com.ar

 

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