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Sophia - Despliega el Alma

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POR Adriana Amado - Columnistas

14 julio, 2015

Todas menos una

El escándalo nos interpela: ¿y si lo que pasó con Xipolitakis en el avión nos pone de frente a nuestras propias contradicciones? Opina Adriana Amado, opiná vos también.

Todavía rememoramos la mística de la marcha en la que miles gritaban #NiUnaMenos como testimonio de que, una buena parte de la sociedad, estaba cansada del maltrato para con las mujeres. Qué bello que fue ver tantas consignas juntas que recordaban que ninguna actitud, vestimenta, expresión de una mujer puede justificar la violencia verbal, física, moral contra ella. Por un momento hasta pareció que habíamos entendido que no hay víctimas inocentes o culpables, porque el maltrato no es un acto de justicia que merece alguno de los adjetivos. Esas consignas parecían invencibles, pero bastó que una mujer tensara la cuerda para que le cayera unánimemente la condena social en forma de escarnio, burla, sanción moral. Apareció una chica en la cabina de un avión de la aerolínea estatal y al unísono cayeron sobre ella la retahíla de lugares comunes que gritan “se lo buscó”. Una vez más, los medios exhiben implacables los trapitos sucios que no agitaríamos en ninguna marcha, pero que cuando bajamos la guardia nos delatan, impertinentes.

Es cierto que Victoria Xipolitakis cansa un poco con sus escándalos periódicos y que grabar su pilotaje y sus histeriqueos con el comandante en la cabina de un vuelo regular superó todos los anteriores. Conocemos a esta chica desde que tenía otra cara y otro cuerpo. Pero justamente por eso deberíamos saber que, probablemente, esta joven ande necesitando más ayuda que condena. La crueldad con que los medios se ensañan con el caso no me asombra tanto como el silencio de los que suelen criticar el maltrato televisivo a las mujeres. Hasta las mismas faranduleras que hace unas semanas desfilaban en los programas llorando historias de violencia doméstica en nombre de la concienciación del género, en estos días están mofándose en las mismas cámaras del episodio de Victoria. Esos que hace apenas unas semanas sostenían el cartel políticamente correcto, por estos días dedican parte de sus programas a repetir una y otra vez las escenas que la tienen como protagonista como excusa para despellejar, una y otra vez, a la muchacha.

El video que está circulando muestra dos hombres en posición de poder (los pilotos de un avión) y una chica (la pasajera) bastante desprovista de criterio y de ropa. Mientras los negligentes tuvieron incluso defensores, a la mujer la condenaron desde la foto que la mostraba en un traje ajustado. Que hayamos decidido discutir, condenar, burlar, humillar a la segunda delata de qué lado está el inconsciente colectivo. Si hasta ridiculizan al abogado por haber denunciado acoso sexual para su defendida. No solo confirmamos que todavía no estamos preparados para cobijar con comprensión las víctimas del maltrato, sino que ni siquiera estamos viendo las víctimas del sistema que genera condiciones para que el maltrato se dé.

Condenar a una, cargarle toda la responsabilidad de su desgracia, nos evita la pregunta que nos involucra a todos: ¿qué tiempos son estos que le hacen suponer a una persona que para ser reconocida tiene que exponerse obscenamente? Xipolitakis es una chica tan sobreadaptada que al bajar del vuelo y del susto declaró ante un micrófono que estaba agradecida y emocionada por haber sido “pilota”, como escuchó que es igualitario decir. Después, cuando arrecian las críticas, sale a pedir perdón por ser como es. Y cuando ve que hoy muchos viajan a pedir al papa absolución por peores pecados, va y viaja para ser perdonada por el suyo. Si no es la versión televisada del síndrome de la mujer golpeada, que ante la ira del victimario se excusa y empequeñece, se le parece bastante. Muchos dicen que la chica es adicta a la cámara, mientras que le dan más cámara, como si quisieran curarla con una sobredosis.

Ética es la discusión de aquellas cosas incómodas que por no tener consenso ni costumbre piden orientación. Así como en enero discutíamos si una caricatura de Mahoma merecía un atentando, ahora bien podríamos preguntarnos si una decisión o error, como repite la involucrada, merece semejante lapidación noticiosa. Va a ser difícil que el respeto hacia el género se haga costumbre cuando hay que indignarse en unos casos y callar en otros. Como cuando las políticas insultadas son de partidos minoritarios, o las periodistas defenestradas trabajan en medios críticos, o la escandalosa puede perjudicar intereses del poder. Los cambios culturales son difíciles de por sí, como para que haya que andar discriminando quién los merece y quién no. Los derechos o son para todos o no son derechos.

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