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POR Virginia Gawel - La vida como camino

8 enero, 2018

Tocar fondo… y salir a flote: el error reparado

Cuando las olas de este mar rotundo que es la vida nos envuelven y nos sumergen, a veces despojándonos de sentido, o cuando incluso nosotros mismos nos autoinducimos a bajar a las profundidades, solo hay una condición para emerger a la superficie: admitir los errores, las derrotas, las dependencias, y rendirnos a ver lo que es, tal como es.

Tiaga era menudita, bajita, toda diminuta a sus cinco años. Venía a hacer terapia ya no me acuerdo por qué (ha pasado mucho tiempo). Recuerdo que para que se sintiera segura en su grácil y pequeño cuerpecito su papá la llevaba a aprender natación. Un día, riendo, el padre me contó que Tiaga había cambiado hacia la piscina para adultos, y quiso mostrarle, orgullosa, su debut: se tiró con los piecitos para abajo, tapándose la nariz, y desapareció dejando sólo ondas de agua que se expandían. De pronto emergió con cara de desconcierto por la inusual profundidad. El padre le preguntó: “Haces pie, Tiaga?”. Y ella le respondió: “Hago pie, ¡pero no hago cabeza!”.

Claro: no alcanza con tocar fondo, sino que es indispensable dar vida al impulso de volver a salir a flote. Aun así: esmirriados humanitos, pequeños, inciertos, sin saber cómo.

Así en la vida: tocamos fondo cuando las olas de este mar rotundo nos envuelven y nos sumergen casi hasta dejarnos sin sentido. Pero también esto nos sucede cuando nosotros mismos nos autoinducimos a ese “tocar fondo” como si nos aferráramos a un lastre que podríamos soltar, pero no lo hacemos.

Sobre todo en ese segundo caso hay una condición para volver a salir a flote: la de no mentirse. Admitir el error, la derrota, que hemos dañado a otros (ya sin justificarnos), la dependencia, o lo que sea que haya sido que nos llevó a casi ahogarnos. El pasado exigirá ser revisado. Y si la revisión es inteligente, vendrá tristeza. Una tristeza inteligente también. Quienes conocen este proceso dicen que lo que la situación requiere es rendición incondicional. ¿Rendición a qué? A sostener cualquier ilusión, cualquier minimización, cualquier justificación. Ver lo que es, tal como es.

De pronto un hálito de Vida querrá entrar a nuestros pulmones, para ser respirado por nosotros. Y nos hablará no sólo de Vida, sino también del dolor de los demás. Entonces nos daremos cuenta de que no estamos solos, sino inscriptos en el Dolor universal, simplemente.

Vemos que nos hemos equivocado, que nos quedamos de donde debíamos irnos, que elegimos lo torcido en vez de lo derecho, que hemos permitido que nos injuriaran o hemos injuriado. Nos enojaremos con nosotros, con los demás, con la vida misma… Y estará bien que así sea: es parte de un proceso; humano, tremendamente humano. Y no es verdad que “errar es humano, perdonar es divino”. Perdonar y perdonarse también es humano. Sólo que requiere de un extraordinario proceso, en el que, inevitablemente, tenemos que tocar fondo para auto-impulsarnos a salir a flote. Pero ya no seremos los mismos. Por suerte, ya no.

Si dejamos que el proceso acontezca, desde el fondo, habituados a la oscuridad, es posible que poco a poco atisbemos la superficie luminosa. El requisito es, desde ese fondo, mirar insistentemente hacia arriba. Hasta volver a ver. Porque en el fondo estaremos transitoriamente ciegos. Pero de pronto un hálito de Vida querrá entrar a nuestros pulmones, para ser respirado por nosotros. Y nos hablará no sólo de Vida, sino también del dolor de los demás. Entonces nos daremos cuenta de que no estamos solos, sino inscriptos en el Dolor universal, simplemente. Por ser humanos. El ajeno, el propio, el de todos. La conciencia se habrá ampliado; se habrá ampliado nuestra capacidad de compasión y nuestra responsabilidad ante esa porción de Vida que nos ha sido dada para cultivar, aceptando asumir nuestra cuota. Nos disponemos entonces a pegar el salto y respirar hondo, hondo, hondo… Y en ese re-flotar, nos disponemos a remangarnos los brazos, a acompañar, a dejarnos otros a acompañarnos. A estar de nuevo vivos. Rotos y zurcidos. Quebrados y soldados. Derruidos y reciclados. Habiendo derrotado la derrota. No hay otra victoria necesaria.

Mario Benedetti lo dijo tan bellamente, en su poema “Otra noción de Patria”:

 (…) y los otros los otros y los otros

otros innumerables y fraternos

mi tristeza los toca con abrupto respeto

y las otras las otras y las otras

otras esplendorosas y valientes

mi tristeza las besa una por una

no sé qué les debemos

pero eso que no sé es muchísimo

esto es una derrota

hay que decirlo

vamos a no mentirnos nunca más

a no inventar triunfos de cartón

si quiero rescatarme

si quiero iluminar esta tristeza

si quiero no doblarme de rencor

ni pudrirme de resentimiento

tengo que excavar hondo

hasta mis huesos

tengo que excavar hondo en el pasado

y hallar por fin la verdad maltrecha

con mis manos que ya no son las mismas

pero no sólo eso

tendré que excavar hondo en el futuro

y buscar otra vez la verdad

con mis manos que tendrán otras manos

que tampoco serán ya las mismas pues tendrán otras manos

(…) rescatar la verdad más sencilla

y una vez que la hayamos aprendido

y sea tan nuestra como

las articulaciones o los tímpanos

entonces basta basta basta

de autoflagelaciones y de culpas

todos tenemos nuestra rastra,

claro, pero la autocrítica

no es una noria

no voy a anquilosarme en el reproche

y no voy a infamar a mis hermanos

el baldón y la ira los reservo

para los hombres de mala voluntad

(…) con mis hermanos porfiaré

es natural

sobre planes y voces

trochas atajos y veredas

pasos atrás y pasos adelante

silencios oportunos omisiones que no

coyunturas mejores o peores

pero tendré a la vista que son eso:

hermanos

si esta vez no aprendemos

será que merecemos la derrota

y sé que merecemos la victoria.

(…) y la victoria crecerá despacio

como siempre han crecido las victorias.

Maravilloso, Don Mario. ¿Qué más puede decirse? Nademos juntos. Respiremos juntos. Juntos construyamos.

 

 

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