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POR Adriana Amado - Columnistas

13 enero, 2018

Tendencias de la vida moderna que Oprah descubrió antes

Con su potente discurso en los Globo de Oro, la presentadora estadounidense generó una conversación planetaria. La mujer de quien se habla como la próxima candidata a la presidencia de los Estados Unidos, entendió hace mucho la potencia de la comunicación emocional y de la compasión como fuerza más poderosa que la indignación.

El mundo está hablando de la señora Winfrey con respeto y admiración. Y su mérito no se reduce a haber logrado captar la conversación planetaria desde un discurso inspirador en la gala de los Globo de Oro que parecía que iba sobre el acoso pero resultó sobre la condición humana. No es menos relevante que una mujer afroamericana de Misisipi que se construyó desde un talk show de televisión fuera escuchada con atención. Lo que muchos no saben es que no se premió tanto su trayectoria en cine como su ascendente en la cultura pop, donde fue pionera en tendencias que hoy parecen de lo más normales pero que podríamos decir que Oprah inventó:

  • La comunicación de la emoción antes de que Facebook usara el corazón

Hasta los ochenta el talk show era un género menor de ignotos opinando de cualquier cosa. Oprah se puso a hablar de sí misma y en ese acto inventó en 1986 el confesionario en televisión adelantándose treinta años a la generación Yo yo yo (Me, me, me como la llamó la revista Time). The Oprah Winfrey Show fue de los primeros que entendió que la intimidad del otro iba a ser la clave para entender la propia. Que las confesiones de madres solteras, mujeres golpeadas, hombres lastimados, personas adictas, puede ser algo más que espectáculo: para muchos es la única terapia que se pueden permitir; para otros, la forma de enterarse de problemas sociales que no suelen estar en el noticiero de las ocho. También fue de los primeros que ayudó a comprender que las celebridades tienen los mismos problemas que la gente común, y entonces se entiende por qué fue durante 25 años el programa más visto en la historia de la TV norteamericana. Fue ahí que Ellen De Generes confesó que era gay; Michael Jackson, que su padre lo maltrataba; Tom Cruise que estaba loco de amor (más loco que de amor); Lance Armstrong, que sí se había dopado para ganar los trofeos; Whitney Houston, que no estaba bien. Ni la propia Oprah se salvó de televisar el reencuentro con la hermana que su madre había dado en adopción, su lucha incesante contra el sobrepeso, la amistad de toda la vida con Gayle King y el pedido de matrimonio fallido con su compañero de toda la vida. Que el presidente Obama y la primera dama volaran especialmente a Chicago para ir a su programa confirma que era el lugar a donde todos querían estar.

  • La pertenencia como necesidad básica:

Oprah como Susana Giménez o Mirtha Legrand tuvieron sus éxitos en la madurez. Pero a diferencia de ellas, supo cuándo dar fin a su gran éxito y convertirlo en algo mucho mejor: una fundación filantrópica y una cadena de televisión, OWN. Que además de ser la sigla Oprah Winfrey Network, significa en inglés “propio“, idea que se relaciona con la misión que trasunta todo lo que hace esta mujer. Habiendo nacido pobre y descastada sabe lo que significa tener algo para las clases menos favorecidas. Por eso los premios han sido parte importantísima en sus programas al punto que en uno llegó a regalar un auto a todo el público presente en la transmisión. Entiende que es parte del cuidado que les regala a sus becarias invitarlas a su casa y mimarlas con un regalito, así sea un delineador. Para el que no tiene, o no tuvo alguna vez, las pertenencias tienen una dimensión vital. No en vano lo que divide la línea de pobreza es el tener. Pero también pertenecer a un grupo, a un lugar, a una causa, a un proyecto.

  • La humanidad como punto de encuentro:

La fortuna de Oprah pasa los tres mil millones de dólares (para que se entienda, es equivalente al presupuesto de los préstamos de vivienda del Plan Procrear). Sin embargo, esta millonaria empezó su discurso más famoso recordándose con ternura como esa niñita pobre, sentada en el piso de linóleo, mirando el vestido fabuloso de Anne Bancroft y alucinada con la elegancia de Sidney Poittier. Por fin alguien que explica en qué consiste esa comunidad de ilusiones a la que convocan esas ceremonias de las celebridades. Hizo más plata que Madonna y que J. K. Rowling pero no le preocupa mostrarse en su Instagram despeinada y con los anteojos de entrecasa en una cocina que no delata los millones que cuesta la casa. No responde en nada a la mujer ideal. No tuvo hijos y suspendió su casamiento con Stedman Graham aunque conviven hace más de treinta años. Engorda con más facilidad que adelgaza y lucha contra la rebeldía del cuerpo con la misma pasión con que disciplina su cabello ensortijado que pasa de lacio a rulo, de rulo a batido, para volver a la mota. Aunque su vida debiera sentirse inalcanzable, es de esas mujeres que despiertan una inmediata hermandad y que todos llaman por su nombre de pila. En estos tiempos, esa cercanía que cierto feminismo critica es algo que muchos hombres públicos quisieran y jamás podrán despertar en su comunidad.

  • La compasión como fuerza más poderosa que la indignación:

Lo prodigioso del discurso de Oprah es que, por un ratito, nos hizo parte del deseo de un mundo mejor expresado sin sectarismo, sin desprecio al victimario, sin devolver con violencia la violencia que repudiamos. Mostró que la compasión puede hacer universal el pedido de un sector. Que mejor que la acusación que persigue es la comprensión que plantea el problema desde la empatía, la calidez, la historia de vida. La autenticidad se ha vuelto un bien muy escaso en una época donde exhibimos una vida que no tenemos en esas vidrieras permanentes en que hemos convertido las relaciones, la política, las redes, la televisión. Solo alguien que supo contar al mundo las imperfecciones y debilidades de su gente conoce el valor que tiene en estos tiempos mostrarse humana, genuina, imperfecta.

Su mérito es haber entendido mucho antes que la emoción es una fuerza más auténtica que la indignación. La prueba es que esta puede fingirse, pero la primera no. Mientras Donald Trump acapara el monopolio de la indignación global, Oprah Winfrey vino a recordarnos que ella es la que más sabe de emocionarnos por televisión. Los dos son líderes impensados. En un mundo lleno de incertidumbre, su carrera construida con éxito desde la nada es vista como una garantía de solvencia. En una política llena de descrédito, es un activo no pertenecer a la casta partidaria sino ser parte de la familia cercana de las celebridades pop. La diferencia entre ellos es que a Oprah hasta sus detractores le dejarían la llave de su casa con la familia adentro. Si muchos están pensando en su candidatura presidencial es porque, por suerte, ya vamos entendiendo que éxito, poder y fama no significan nada si no están bendecidos con la confiabilidad.

Fotos: Facebook.com/oprahwinfrey

 

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