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Sophia - Despliega el Alma

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POR Adriana Amado - Columnistas

2 noviembre, 2018

¿Seguro queremos ser estrellas?

Las mujeres hemos logrado un enorme cambio cultural y ahora debemos enfrentarnos a un desafío: ¿cómo no convertirnos en aquello que queríamos transformar? Nuestra columnista nos invita a reflexionar sobre la necesidad de buscar un mejor lugar para todas.

Una mujer talentosa desaprovechada en un trabajo triste, hasta que un hombre exitoso posa sus ojos en ella. Se enamoran. Él la ayuda a desplegar sus alas y ella se convierte en la estrella que él vislumbró. The end.

La historia es tan universal que cuenta con versiones cinematográficas de 1937, 1954, 1976 y 2018. Aunque en la última versión de Nace una estrella, de Bradley Cooper y Lady Gaga, el protagonismo pasó de la chica al muchacho. Hace ochenta años la novedad era que una mujer sencilla pretendiera una carrera importante. Hoy, el asunto es entender qué queda de esas personas (varones, mujeres) que ocupaban esa posición que nosotras pretendíamos.

Hace ochenta años, el guión basado en la mujer que logra su ambición ya era un clásico. En 1975 se había celebrado el Año Internacional de la Mujer y la película de entonces se hizo eco de esa efervescencia. La versión de 2018 nos pregunta si seguimos disputando ese éxito masculino que las cuatro películas coinciden en pintar como un agujero que ni el amor puede llenar. Mucho menos esos paliativos como el alcohol, las drogas, o adicciones más aceptadas socialmente como el trabajo y la aprobación de los otros. Por eso hablamos de los estereotipos de belleza, de roles, de éxito, como el adicto habla de las sustancias: como si fuéramos víctimas de lo que nos imponemos para distraernos de lo que verdaderamente deseamos.

Un cambio verdadero

Las mujeres seguimos reclamando espacios, cuando lo que necesitamos es una transformación. La 74ª asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa le dedicó un panel a “El papel de la mujer en la transformación de la industria informativa”. Pero en esa mesa solo hablaron mujeres, mientras que en las que se discutían los temas generales de la prensa seguían predominando los  hombres. Pero, a esta altura, no se trata de contar cabezas sino de producir los cambios para que la cuota deje de ser la medida.

De los 71 presidentes de la Sociedad Interamericana de Prensa, puede decirse que solo hay cuatro mujeres. O ver que hace cuarenta años ya empezó el proceso que nos demanda otras medidas para consolidar sus efectos. En 1977,  la primera presidente de la asociación, Argentina Hills, llegó a la prensa como heredera, igual que Katherine Graham, del diario The Washington Post, aunque enseguida supieron hacer valer sus méritos y quedar en la historia por sus talentos. De ese diario es la segunda mujer en llegar a la presidencia de la asociación, treinta años después de la primera. Pero a la tercera le llevó diez años, y la cuarta, la de 2018, la mitad.

“Ya no se trata tanto de reclamar lugares sino de ver cómo los transformamos para no convertirnos en lo mismo que veníamos a cambiar”.

Ya no se trata tanto de reclamar lugares sino de ver cómo los transformamos para no convertirnos en lo mismo que veníamos a cambiar. Las mujeres reclaman igualdad en los medios y ya son dos de los cuatro nominados a la categoría Coraje del Premio 2018 de Reporteros sin Fronteras y un tercio de los periodistas agredidos en las elecciones de México. No se trata de sobreactuar la igualdad si es para cubrir el cupo en la lista de arrepentidos de la corrupción, o ser un porcentaje igualitario entre las víctimas de la violencia profesional o la injusticia laboral. Libertad es no ser excluidas pero, sobre todo, es poder elegir un mejor lugar.

El arte y la vida guardan las fechas de ayuda memoria para recordarnos que la lucha de las mujeres por el reconocimiento público no empezó recién. Antes bien, toda esta ebullición que vemos hoy es el resultado del fuego lento que mantuvieron encendido muchas mujeres, a veces con modestia, a veces con fragor. Pero siempre con el empuje y el coraje que demandaban tiempos mucho más hostiles y desiguales que estos que vivimos. Que siguen siendo difíciles, claro, pero ya no son los mismos.

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