Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - La vida como camino

16 julio, 2012

Los dones del trauma silencioso

  Escuchando los aconteceres de tantas vidas al trabajar como terapeuta, mi mirada apuntó siempre a ver cómo activar los talentos emocionales que cada persona tiene para transformar el trauma en un recurso. Psicológicamente es como con las cicatrices del cuerpo: la piel es más gruesa y resistente allí donde se ha autorreparado a partir de una herida. Y existen heridas tan obvias, tan estruendosas, que no hay como ignorarlas cuando una persona describe su historia. Pero hoy quisiera mencionar otro tipo de herida: el trauma silencioso.

El trauma silencioso es aquél que quizás una persona, en primera instancia, no relataría como algo difícil que le sucedió. No es la muerte de un ser querido, una golpiza que le dieron cuando era niño, un accidente, una instancia de abuso sexual… Es eso que, si lo advirtiera, le sería inmensamente lacerante o enojoso… pero que ha quedado encubierto por la realidad cotidiana: se normalizó. Se volvió parte del escenario de los acontecimientos, más que un acontecimiento en sí.

Esto se conoce como trauma de omisión: se define como aquel tipo de situación repetitiva en la que no hay la comisión de un acto injurioso (es decir, no existe una instancia agresiva que haya sido cometida por nadie). Lo que ha dejado una cicatriz es “la ausencia de”: la ausencia de afecto, de soporte, de apoyo, de abrazo, de caricia, de contención emocional en un momento de miedo, de atención, de acompañamiento en situaciones de logro, de redes de seguridad cuando somos vulnerables…

La imagen es la del niño de cuatro años en cuya casa la regla es que “ya es grande y debe vestirse solo”, de manera que va con cualquier ropa al jardín, con el cabello mal peinado, sin que nadie siquiera lo mire antes de salir. O la imagen es la de la nena de seis que ha hecho un dibujo precioso, con todo tipo de brillos y colores, y al mostrárselo a su padre él repite su actitud de siempre: mientras lee, mira TV o habla con “un grande”, un gesto con la mano que significa, calladamente: “No molestes, estoy muy ocupado”. También la imagen es la de millones de niños que han resultado simplemente invisibles en sus casas, porque había demasiados problemas como para que se les tuviera en cuenta, o porque había una situación de duelo que absorbía toda la energía familiar, o porque, simplemente, para muchos padres ser niño es un error, y por lo tanto, hasta que se vuelvan adultos, lo mejor es que no molesten: que existan como niños de manutención emocional barata, pidiendo poco y recibiendo casi nada…

Estos niños, aunque no se les grite, aunque no se les pegue, aunque no se les ponga en penitencia, sufrirán un dolor difuso, difícil de registrar como tal: el dolor de no existir para aquellos que deberían amarlos. El punto es que… no existir ni siquiera para el maltrato es otro tipo de maltrato que, en vez de dejar la cicatriz del filo de un cuchillo, deja una que se parece más a la del ácido sobre la piel, corrosiva, esparcida y profunda.

A pesar de los poquitos recursos económicos con que contábamos en mi infancia, mi casa siempre fue un hogar de tránsito para niños que por un tiempo no tuvieran quienes los cuidaran (aunque no pertenecieran a nuestra familia ni a vecinos tan cercanos). Así, de pronto por semanas o meses un nuevo chico se sentaba a la mesa y recibía el mismo afecto que mi hermano y yo. Mi madre siempre ha sido enormemente afectuosa (pues, a pesar de haberse criado en dos orfanatos y haber sido una “niña invisible”, supo construirse una calidad emocional muy sana). Recuerdo a un chico en especial cuyos padres tenían que viajar a otro país en busca de trabajo. Ese niño, -que ya no era tan pequeño- quedó impactado por ver cómo en casa nos abrazábamos tan a menudo. “Se dan un beso antes de irse a dormir!!”, le dijo a sus padres cuando regresaron, como quien cuenta una exótica rareza. Cuando mi madre le acercaba afecto, él se ponía tieso, mas no huraño, como si dentro suyo se debatiera entre recibir, hambriento, la caricia… o huir ante lo desconocido. Y lo desconocido era eso: el afecto. Muchos niños empiezan a volverse conscientes de sus traumas de omisión cuando visitan otros hogares funcionales y advierten que en esa casa las cosas no funcionan como en la suya.

Con frecuencia los humanos repetimos, y quien ha padecido traumas por omisión necesita reconocerlos para, siendo adulto, poder elegir otro tipo de estilo vincular. Pues ya sabemos que lo que no conocemos de nosotros mismos tendemos a actuarlo en conductas (en este caso eligiendo relaciones que ejerzan esa palabra tan efectiva que culturalmente se ha instalado en nuestro país: el “ninguneo”. En nosotros estará el tomar debida cuenta de esta situación, y hacernos responsables de ella para no permitir, nunca más, ser “nadie” para aquellos a quienes consideramos afectivamente “alguien”. Ponerse a resguardo de cualquier nuevo trauma por omisión.

Y, en cuanto a nuestra historia, es en mi criterio siempre indispensable tener en cuenta que, ya sea por comisión o por omisión, todos tenemos cicatrices. Y que, como decía al principio, nuestra obligación para con nosotros mismos es hacernos cargo de ellas, convirtiéndolas en recursos. Con extremo coraje (porque puede dar mucho miedo), atreverse a mirar dentro para hallar a las situaciones y personas responsables de ellas, y atravesar todo el enojo y el dolor que eso genera, hasta poder cruzar ese umbral. El umbral implica soltar el pasado -que cada vez conlleva menos peso- y volvernos dueños de nuestro presente, constructores de nuestro futuro. Apoderarnos del don que el trauma guarda para nosotros: la fortaleza de espíritu.

Johann W. Goethe lo dijo así (con estas palabras, y un abrazo, me despido):

 

He llegado a la conclusión aterradora

de que soy el elemento decisivo en mi vida.

Para los otros y para conmigo mismo

yo puedo ser una herramienta de tortura

o un instrumento de inspiración.

Es mi respuesta la que decide

si una crisis escala o no.
Son mis acciones las que deciden

si yo me ennoblezco o me degrado

y si humanizan o deshumanizan a los demás.

Soy el poder de mi vida…

                                                                                                     .

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