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POR Adriana Amado - Columnistas

21 Julio, 2017

Princesas argentinas

"La historia de la humanidad está tejida de cuentos que nos permiten compensar los pesares diarios con sueños extraordinarios", dice Adriana Amado en esta columna en la que analiza qué hay detrás de las apariciones femeninas mediáticas más recientes, y qué refleja esto sobre nuestros tiempos.

Con las princesas nos pasa como con las papas fritas: sabemos que deberíamos evitarlas, pero son irresistibles. En cuanto aparece alguna por ahí, las miramos de reojo o no tanto, cuando resulta que se agota la edición de las revistas que las tienen en la tapa. Especialmente cuando van vestidas de novias. Julio fue el mes en que nos dimos atracón de princesas fritas al gusto argentino, y esa fascinación dice algo de nuestros tiempos.

Primero fue la boda de Lionel Messi con su novia de la infancia. Aunque los medios argentinos culparon al interés global, lo cierto es que Google Trends no me deja mentir y confirma que solo interesaba mucho en Argentina y alguito en los países que enviaron sus insignes invitados. Y eso que fue un casamiento a puertas cerradas en el que los invitados cumplieron el pedido de los novios de no difundir fotos y de cambiar el regalo por una donación a la fundación Techo. Así que las poquísimas imágenes que salieron de la fiesta, circularon una y otra vez y en su escasez, estimularan mucho más la curiosidad . Acostumbradas a que cualquier tilinga hace de su casamiento un álbum que ocupa varias ediciones de las revistas de peluquería, fue más llamativo que el rey del fútbol eligiera la discreción y la solidaridad para su celebración. Puede ser que esa nueva aristocracia global esté desafiando los protocolos.

Pero si alguien se había quedado con abstinencia de realeza, ahí no más enseguida llegaron los reality shows de otras princesas más extrovertidas que la enigmática consorte Antonela. La segunda entrega vino de la mano, no de un rey, sino de la reina madre Susana Giménez que presentó en sociedad a la princesa que quería vivir, pero en versión argenta. El personaje de Audrey Hepburn quedó en la versión local a cargo de Vicky Xipolitakis, ya reencauzada por el recto sendero de la mano de su príncipe empresario, polista, generoso, cariñoso y, por si faltara un adjetivo para el asombro, soltero. Lejos del cachivache que solía ser, la chica apareció enfundada en un Carolina Herrera dorado y vaporoso con un mensaje de que quería convertirse en la abanderada de los niños con tristeza, atenta a que su nombre Victoria Jesús la predestina a la gloria y al servicio. Mientras tanto, el príncipe festejante se apuró a inmortalizar sus iniciales en un tatuaje color sangre en el talón que, como el de Aquiles, delata su debilidad.

La trilogía principesca cerró con un especial de Susana visitando a Luisana Lopilato y su mundo encantado. Que resultó más encantador al ver que la señora de Bubble se ocupa afanosamente, como cualquiera, de la comida y de los chicos y de la torta, que le sale medio fea de ver pero rica de comer, como a cualquiera de nosotras. Claro que la realeza se le nota cuando confiesa que cambia las toallas todos los días y las sábanas, cada dos. Y que va al gimnasio en Mercedes descapotable y alterna domicilio en Buenos Aires, Los Ángeles y Vancouver. Para nuestra delicia, ni todo ese despliegue de real state la exime de los disgustos del service de lavarropas argentino, claramente no preparado para la renovación diaria de blanquería a la que el norte la tiene acostumbrada.

Aunque los tres episodios parecen casi anodinos, resultaron ser noticias concurridas y conversadas y posiblemente no por las razones que solemos criticar en el “princesismo” clásico. Quizás, lo que nos llama la atención de estos cuentos de hadas argentos es que nos permiten soñar con la reversibilidad de la vida: por un lado, unas chicas corrientes que se convierten en reinas de una vida que no es tan de sueño, y a la vez, la diva Susana que se descubre como una tía que se preocupa porque Vicky encauce de una vez su vida, o que se va a dar una vuelta en auto con Luisana y aprovechan para comerse un pancho sentadas en la vereda.

La historia de la humanidad está tejida de cuentos que nos permiten compensar los pesares diarios con sueños extraordinarios. Y así como cada tanto jugamos a cómo sería la vida si nos ganáramos la lotería, también ejercitamos la fantasía de encontrar un compañero cariñoso y atento, que nos mire con amor y que no tema demostrarlo en público, como estos príncipes contemporáneos. Que este sueño muchas veces nos sea esquivo hace más necesaria alguna historia con final feliz como la que comparten estas chicas de cabotaje que lograron concretar el deseo universal de viajar en primera. Entre tanta adversidad, estas historias ni siquiera necesitan ser reales para traernos un poco de fantasía al realismo duro cotidiano. Qué quieren que les diga, a mí me gustan mucho los cuentos en donde la gente se quiere y viven felices y comen perdices. Más de una vez fueron esos cuentos, y no el príncipe, los que acudieron a mi rescate.

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