Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

POR Adriana Amado - Columnistas

29 noviembre, 2016

Preguntas por la mujer rota

¿Qué se hace con ella, con todas ellas, luego de que su dolor ha quedado expuesto ante las cámaras y en las redes sociales? Nuestra columnista parte de una experiencia propia, para reflexionar acerca del lugar que realmente les damos en nuestra vida a las víctimas de la violencia.

mujer-rota

Todavía sobrevive como avatar esa silueta rosa de media mujer, con un corazón agujereando la mano con que cubre su rostro, o ataja el golpe, o las dos cosas. Pero ya se va apagando en las redes hasta la siguiente convocatoria, el futuro logo, el próximo hashtag. Queda la consigna de “visibilizar” esa violencia íntima que mata tanto como la peor enfermedad. Después de años de protestar por la exhibición del cuerpo femenino, ahora pedimos que las mujeres salgan a mostrar su dolor. Pero ya sabemos que los delincuentes tienen el derecho de subir al patrullero a cara cubierta, mientras a las víctimas queda clamar justicia mostrando en cámara las marcas del cuerpo y del alma. El acusado tiene derecho a guardar silencio. Las dañadas tienen que salir a escribir sus dolores en pancartas. ¿Cura las heridas mostrarlas?

En nuestra adolescente cultura democrática aprendimos a marchar en las calles para denunciar los males sociales, para reclamar los derechos cívicos. Después extendimos ese espacio público a las pantallas de nuestros celulares y empezamos escribir consignas en esos muros virtuales. La falta de confianza en quienes deben impartir justicia y protección nos llevó a apurar el castigo de los acusados en el juicio sumario del escrache público, que va desde el abucheo en un avión hasta el linchamiento entre vecinos. Con las mismas armas que usamos para lo social, ahora intentamos solucionar un tema que lleva siglos encerrado en la intimidad familiar. ¿A quién le pedimos ni una menos?

destacada

Muchas hemos padecido la violencia en la intimidad del hogar. Algunas desde tan chicas, que de grandes no vimos la diferencia entre la violencia del marido de aquella del hermano. La peor incomprensión no era la social sino la de quien debía cuidarnos y que, víctima también, no podía recomendarnos defensas que no tenía para sí. Relatos que muchos cercanos no quieren escuchar se hacen oír en noticias del diario o publicidades de la televisión. Hace poco una guionista compartió su historia de noviazgo violento en su columna del domingo y las redes reaccionaron con lo que les sale, mayormente indignación, retuits o escraches. El debate que nadie se animó a sostener es qué le queda a una mujer que, como cuenta en su relato, no cuenta con la intervención de la seguridad de un lejano hotel cinco estrellas y de una asistente que le tramita el pasaje para un pronto regreso a su ciudad de terapia diaria y rivotriles.

Hace poco, una colega gritó en su muro que en uno de esos centros que se llaman para la mujer, la funcionaria le recomendó que iniciara una terapia porque los hombres son violentos con aquellas mujeres que no saben poner límites, mientras les recordaban a otras que la repartición pronto estaría de vacaciones. Al conversar con ella me di cuenta de que no tenía para acompañarla más que el recuerdo del número telefónico de una oficina similar, que ni siquiera sabía cómo funcionaba. ¿Qué hacemos con las mujeres después de las marchas?

marcha1

Hace poco la periodista catalana Pilar Rahola contó en una charla organizada por Sophia que en España pasó lo que hoy vemos acá: cuando se hacen públicas las denuncias, los crímenes recrudecen porque el violento pierde la protección del secreto y castiga a la víctima por su condena social. Sabemos que tenemos que gritar en la calle la injusticia general para que alguien la pare, pero no sabemos muy bien qué hacer, cada una, para pararla. Clamamos por soluciones, marchamos porque el Estado, ese ente impreciso en el que colgamos todos los pedidos, tome medidas. Pero los violentos son amigos, hijos, hermanos, vecinos. Las víctimas son amigas, hijas, hermanas, vecinas.  ¿Estamos dispuestas a ofrecerle ayuda a una prójima con la misma generosidad con que marchamos para todas?

De la época en que vivía con la amenaza del ser querido, me queda la culpa con que muchos creían mostrar interés, pero lo único que me dejaban era incomprensión. ¿Cuánto hace que vivís así? ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué no intentan una solución? ¿Estás poniendo todo de tu parte? ¿Por qué no te vas? ¿Por qué no se separan? La víctima, no el victimario, recibe la indagatoria y a ella le hablan la publicidad que la muestra con ojos morados y las negras vivencias que aparecen en las tandas de la novela o del programa de chismes faranduleros. Cuidate, querete, correte. Ahora también mostrate, mostranos tus heridas porque somos gente de poca fe y solo después de ver creemos. ¿Pero  entendemos? O mejor, ahora que vemos, ¿sabemos cómo ayudar a reparar?

Lo esencial es invisible a los ojos, leímos en “El Principito”. Sin embargo, insistimos en que nada es importante hasta que lo vemos la televisión. No importa que nuestras sociedades estén llenas de injusticias perpetradas ante la mirada de todos, que se pavonean diariamente en el noticiero. A lo sumo disparamos un llamado a la solidaridad para que un evento mediático movilice a ciudadanos apáticos la mayor parte de sus días, a donar dinero para los niños desamparados, ropa vieja para los inundados, alimentos imperecederos para estómagos perennemente hambrientos. Y ahora también a detener el maltrato replicando una consigna en el avatar. El que no tiene el problema se activa, marcha, dona, habla, pone megusta a todos los videos de Facebook que hablan de los problemas de los otros. Si aumentan los índices de atrocidades, se contentan, es porque ahora hay más denuncias. Pero los violentos siguen violentos y las víctimas, desamparadas. ¿Seremos capaces de alojar en casa a una víctima con el mismo fervor que colgamos una consigna en la red social?

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()