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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 mayo, 2014

Otro juego de tronos

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La primera vez que escuché hablar de Juego de Tronos (Game of Thrones) fue el año pasado y no supe más nada hasta hace unos días, cuando haciendo zapping vi un documental sobre la serie y me prendí. Siempre me interesó más la vida real que la ficción, y pensé que era tiempo de que supiera de qué trata la serie que tanto cautiva a una gran audiencia de todo el mundo, incluida nuestra presidenta.

Por lo que explicaban ahí, la saga de mitología medieval, basada en la novela homónima del norteamericano George R.R. Martin, trata sobre la lucha por el poder entre familias nobles, concretamente la disputa por el Trono de Hierro de los Siete Reinos, imaginario y lejano feudo que una de ellas busca recuperar. Las pocas imágenes que vi fueron suficientes para comprobar que la lucha está inmersa en una atmósfera de odio, violencia, muerte, venganza y traición, y que abunda en escenas de sangre y de sexo explícito. Castillos, fortalezas, torneos con armaduras y estandartes, caballeros, princesas, dragones y otras criaturas mitológicas conforman el marco de esta oscura saga que acaba de comenzar su exitosa cuarta temporada.   

Admito que me agarró curiosidad y un interés entre psicológico y sociológico. La figura central es Daenerys, apodada “Madre de los Dragones”, quien luego de una historia de orfandad, exilio y maltrato se vuelve muy poderosa porque es inmune a las llamas y domina a tres pichones de dragón a los que amamantó. Por eso, ellos la siguen como si fueran sus mascotas y le obedecen ante la orden de quemar a sus enemigos. Según anuncian los propios realizadores, el poder de Daenerys irá en aumento ya que con el correr del tiempo “los dragones se vuelven realmente grandes”.

Una fantasía estereotipada y machista, proyectada sobre la mujer. La Madre de los Dragones encarna tal vez los peores defectos masculinos: la desmedida ambición de poder, sentimientos de fría venganza, violencia y crueldad, al tiempo que exhibe una siniestra “maternidad” respecto de tres terroríficas criaturas, sus tres pichones de dragón, a quienes usa como armas letales.

Los viejos estereotipos

Sin duda, esta saga medieval del siglo XI debe de estar muy bien escrita, adaptada, actuada y filmada con geniales efectos especiales para haber logrado toda esa audiencia y tantos premios. Sin embargo, cuesta entender que en el siglo XXI –con el avance de la democracia, los derechos humanos y la psicología moderna– tanta gente quede atrapada con un planteo tan primitivo, elemental y maniqueísta sobre el poder: la eterna lucha entre el Bien y el Mal (encarnado siempre en el otro), las polaridades extremas enfrentadas en una lucha terminal por la hegemonía, el absurdo de matar o morir en el combate. Cuesta creer que las peores costumbres y las abyectas fantasías del oscuro bajo Medioevo hayan revivido con tanta fuerza en el imaginario de personas del siglo XXI, como si se tratara de los demonios del alma humana que se niegan a desaparecer de la mentalidad del hombre moderno. Y con la excusa del reino mitológico en tiempos inmemoriales,  se justifica el brutal despliegue de los peores estereotipos machistas, donde la mujer es objeto de la violencia sexual, moneda de cambio del poder, bruja o prostituta. Este enfoque omite el ¿antiguo? estereotipo femenino de mujer sabia que encarna valores como el amor, la piedad, la tolerancia, la ternura, la capacidad de mediación en los conflictos, además de la espiritualidad, algo esperable si se trata de mujeres en la baja Edad Media.

Nada es inocente o neutro en la cultura –tampoco los libros ni las series que estos inspiran–. En nuestro país ya se celebran fiestas medievales donde se busca revivir el espíritu de estas luchas, aunque por ahora con armas sin filo. Fantasías alarmantes y juegos peligrosos en una sociedad como la nuestra, atravesada por la intolerancia y la violencia, y marcada con huellas de sangre y muerte en la historia reciente. Me pareció todo muy diabólico y me preocupaba un poco.

Réquiem para la cultura del enfrentamiento

Sin embargo, cada tanto la vida me depara alguna sorpresa, que en este caso fue como un guiño tranquilizador y una respuesta. Coincidió justamente por estos mismos días –mientras curioseaba en una librería los cuentos para niños– que caí sobre un libro con ilustraciones y casi sin texto, que precisamente trata sobre un caballero, una princesa y un dragón, todo en clave medieval.1 La ternura y la belleza de los dibujos del autor, Tomie de Paola, además de la fábula en sí, me devolvieron la esperanza y me hicieron soltar varias carcajadas. La historia es muy simple, diría que para niños de 3 años: un caballero “que nunca antes había peleado con un dragón” encuentra en la biblioteca del castillo un libro con el título Cómo pelear con dragones. Y no lejos de ahí, un dragón “que nunca antes había peleado con un caballero” encuentra en su cueva un libro de sus ancestros que se llama Cómo luchar contra los caballeros. A partir de esta lectura, cada uno se prepara para la lucha y aprende a desarrollar sus armas: el caballero funde el hierro para hacer su armadura, su casco y sus espadas, y el dragón se entrena para atemorizar a su enemigo, mover su amenazadora cola y echar fuego por la nariz. Una vez listos ambos, se desafían por carta y se produce el enfrentamiento, del cual ambos salen maltrechos: el caballero choca contra un árbol y termina colgado de una rama sin un zapato mientras su caballo lo mira azorado; del otro lado arden los árboles en vez del caballero y el dragón aparece caído en medio de una laguna. Toda la escena, tierna y risible, es observada a cierta distancia por la princesa-bibliotecaria, que casualmente pasa por el lugar…

Ante tan deplorable espectáculo del campo de batalla, la princesa interviene con la autoridad de quien no va a aceptar un “no” como respuesta y le da a cada uno de los contrincantes otro libro, con la implícita orden de leerlo: al dragón, uno titulado Cocina al aire libre y al caballero, Cómo construir una parrilla. Ambos se sientan juntos como amigos (¿en penitencia?) a leer sus respectivos libros y la última ilustración muestra el resultado de tan sabia mediación. El dragón-chef sopla fuego por la nariz, con el que cocina unas hamburguesas pinchadas en una espada-brochette  sobre la parrilla construida con los restos de la armadura del caballero-herrero. Este, a su vez, devenido en solícito mozo, atiende a los comensales de la Parrilla del Caballero y el Dragón, un próspero emprendimiento que ostenta los nombres de ambos propietarios. Sabiduría, amor y humor en clave medieval infantil, para cualquier edad.

Me quedé tranquila. Si miramos bien, los viejos estereotipos de la cultura del enfrentamiento se caen porque mueren de muerte natural. Hay otros modelos de mujer, y de varón, por suerte. Sin duda, la princesa-bibliotecaria está lejos de ambicionar el poder de las armas o la capacidad de destrucción del dragón. Tiene algo mucho mejor y más efectivo: la autoridad que surge de la sabiduría de quien sabe integrar las aparentes antinomias y resolver los conflictos para el bien de todos. Y el caballero también es sabio porque es capaz de aprender del dolor, y prefiere cambiar en vez de morir.

La fábula me hizo recordar la bellísima profecía de Isaías cuando anuncia los signos de los tiempos mesiánicos de paz: “Forjarán rejas de arado con sus espadas, y podaderas con sus lanzas. No alzará la espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra” (Is 2, 4).

Superado el paradigma de la estéril lucha por la hegemonía, se trata de buscar la sabiduría para aprender a jugar otro Juego de Tronos… eso sí, en otro Reino. 

1 Tomie De Paola, The Knight and the Dragon, Nueva York, The Putman and Grosset Group, 1980.

ETIQUETAS machismo

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