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POR Maritchu Seitún - Columnistas

11 febrero, 2016

Nuestros hijos y el dinero

Maritchu nos dice que es una de nuestras múltiples tareas que ellos aprendan el valorarlo y a su vez adquieran un buen criterio para usarlo conforme van creciendo. ¿Cómo lograrlo? Las claves, en esta nota.

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Los padres tenemos billeteras con dinero, a veces llenas, otras no tanto. Nuestros hijos nos ven gastarlo, pagar nuestras compras, y desde chiquitos se dan cuenta de que dependen de nosotros para alcanzar lo que desean o necesitan: “¿Me comprás un helado? Quiero figuritas, ¡muuuchos paquetes!”. Sus pedidos van creciendo en valor a medida que crecen en edad: el jueguito de la Playstation, los botines de Messi, el iPod, el iPad, las botas de una determinada zapatería, el celular…

Los chicos nos ven usarlo sin darse cuenta de que tenemos prioridades y presupuestos, y no saben la cantidad de veces que no compramos (las botas que queríamos, por ejemplo); solo ven lo que sí adquirimos: en el supermercado, en el kiosco, en la librería, en la farmacia, en la juguetería.

En nuestra infancia se usaba el dinero como presión (“con lo que me cuesta pagar el colegio, tenés que aprovecharlo”), como amenaza y castigo (“si no hacés lo que te pido, no te doy tu plata”), como premio (“te doy plata por tus buenas notas”) o como chantaje o soborno (“si te portás bien en lo de tu abuela, después te compro”). Revisemos con cuidado estas cuestiones que quedaron grabadas en nuestra memoria, y no hagamos lo mismo pero tampoco lo contrario: veamos cuál es el criterio más beneficioso y adecuado.

El dinero nos da cierto poder

Una accesibilidad que en la mayoría de los adultos está acompañada de buen criterio y responsabilidad, pero que ellos solo ven como una canilla que rara vez se abre para ellos y entonces se enojan y reclaman. Y comparan. Lo hacen porque no tienen idea de que mamá puede comprar botas más caras porque no se viste tan a la moda ni le crece el pie, y entonces le duran mucho, o porque al ser mayor tiene los pies más cansados, o porque trabajando ganó el dinero para comprarlas. Lo mismo pasa con papá. Es una de nuestras múltiples tareas que ellos aprendan el valor del dinero y que adquieran un buen criterio para usarlo. Por eso me parece ideal darles una semanalidad pequeña apenas entran a la primaria, de modo que ellos también tengan el suyo, aprendan a cuidarlo y a administrarlo.

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Nuestros hijos tienen que practicar y hacer un buen uso y también equivocarse y padecer esos errores. Además, al tener algo de ellos ya no se enojarán tanto porque nosotros tenemos “todo” y ellos “nada”.

Esta es una de las buenas razones para querer crecer: la edad les da acceso a cifras más altas y a mayor libertad para decidir qué hacer con su dinero. Poco a poco empiezan a necesitar más: para viajar en colectivo, para pagar el almuerzo, para comprar algún regalito, y tendrán que aprender a no perderlo ni olvidarlo en casa.

La semanalidad será muy chiquita en los primeros grados e irá creciendo con ellos. Así también irán aprendiendo a ahorrar. En la adolescencia iremos subiendo la cuota, atentos a que sigan siendo cantidades limitadas, porque eso los ayuda a priorizar, a esperar, a organizarse, a juntar para lograr algo más grande, e incluso a trabajar  con algún objetivo (haciendo pulseras, cuidando chicos de noche, lavando el auto); a elegir con cuidado los programas; a que no les resulte sencillo conseguir alcohol u otras sustancias, y a tolerar que en el tema del dinero, como en muchos otros, no se pueden tener “el sol, la luna y las estrellas”.

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