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Sophia - Despliega el Alma

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POR Adriana Amado - Columnistas

24 junio, 2016

No ver para creer

En una recorrida por los distintos medios gráficos y audiovisuales, nuestra columnista no sale de su asombro y se pregunta si realmente alcanzamos a ver la profundidad de aquello que, como sociedad, nos pasa y nos atraviesa.

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Cuentan que un hombre fue encontrado de madrugada arrojando bolsos en la cerca de un convento. Un vecino vio en él un ladrón que amenazaba la tranquilidad de las monjas y llamó a la policía, que se encontró con que el supuesto caco, lejos de querer saquear el monasterio, tenía la intención de ingresar una donación por la medianera. Los pobres agentes se encontraron con un exsecretario de Estado en retiro reciente cargando tantos billetes, que les llevó casi todo el día encontrar la cifra exacta que exige el memorando forense. Sorpresas de la vida.

la plata de lopez

Del cuento vimos apenas imágenes de periodistas parados en la puerta el día después, que no vieron mucho más que lo que nos mostraron: imágenes de un convento sin personas, un señor de casco y armadura negra saliendo de un destacamento suburbano y unos videos de una abogada que canta cumbia, sin que podamos determinar cuál actividad es profesión y cuál hobby. Al señor de casco tampoco lo habíamos visto antes, a pesar de que llevaba años manejando toda la obra pública del país. Bueno, hubiera sido pública de haberse construido, pero como no, también es una imaginación.

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De todo ese dinero que nos cuentan que se robó gente que tuvo el mandato electoral de administrarlo, solo vimos esos ocho millones de dólares y algunas otras moneditas que portaba esa madrugada. Como no vimos, nos gusta repetir que está enterrado, oculto, abovedado. Y como de todos los ciegos, la más ciega es la Justicia, esa que anda con los ojos vendados, solo de escucharnos hablar de tesoros subterráneos ordenó trepanar estancias y jardines sospechosos esperando que florezcan verdes de papel moneda. Por no ver, lleva años sin pedir otra prueba.

Es raro, porque ver, lo que se dice ver con los propios ojos o los ajenos, solo vimos dinero en valijas que aterrizaban en jets alquilados o volaban en asientos contables hacia los paraísos fiscales o patagónicos de los nuevos ricos. Sin embargo, el cuento popular no habla de billetes voladores, sino que los relata enterrados, en bóvedas, en criptas, en cuartos subterráneos. A pesar de que sabemos que el dinero ya voló y debe estar gozando de otra vida, preferimos hablar de él como occiso, como si lo único que importara es que toda esa plata mal habida ya no está entre nosotros.

Somos una sociedad de mucha más fe que ese santo que pidió ver para creer. Nos alcanza con no ver para creer, unos en la inocencia, y otros en la corrupción de nuestros gobernantes. Para unos, no ver las obras de quién debía hacerlas (no vemos los puentes, las rutas, las viviendas) es prueba de que son culpables. Para otra parte de los argentinos, no ver que robaran es justamente prueba de inocencia, aunque sus declaraciones de rentas delatan más dinero que el que se hace trabajando en un puesto estatal. No solo no necesitamos ver para creer: no ver alcanza tanto para condenar como para absolver.

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Ver para no creer

Parece de película, advierten los que cuentan estos cuentos delatando su propia escepticismo. La mayoría de los argentinos no vimos juntos más de dos mil pesos, que solo parece mucha plata cuando el cajero automático nos condena a retirarla en billetes de $50. Por eso ver un metro cuadrado de billetes es una imagen ideal para titular con eso de que “la realidad siempre supera a la ficción”. Sin embargo, verlos no alcanza para saber.

La causa de nuestra credulidad o incredulidad no es la ausencia de imágenes o su exceso. No se necesita mucha cosa para abrazar certezas con mucha fe. Para que abandonemos ese mullido almohadoncito donde descansan cómodas nuestras creencias que canonizamos con el sagrado “sentido común”, la realidad nos tiene que sacar a los sopapos de las ideas cristalizadas.

Esas verdades cómodas no necesitan ser demostradas para que sean repetidas como refranes. La certeza sigue siendo “roban, pero hacen” aunque veamos por todos los lados que robaron pero no hicieron. Como suponemos que “el ladrón cree que todos son de su condición”, es fácil para los delincuentes convencernos de que no hay honestos que puedan arrojarles la primera piedra. Sin importar que la mayoría de nosotros esté rodeada de gente limpia de sospecha, aceptamos que somos un país de corruptos solo porque unos pocos chorros enjuagan su delito ensuciando nuestra decencia.

Si somos todos sospechables, se aplica eso de que “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”, entonces, por ese razonamiento, el acusado se autoexculpa y exime su delito en el supuesto prontuario de sus acusadores. Preferimos creer el refrán que dice que somos todos corruptos a confiar en el texto de la ley y en el peso de las evidencias. Vemos sueltos a los que nos robaron y no creemos que vayan a tener castigo. Vemos para no creer.

Creemos en cosas que no vemos. No creemos en lo que vemos. Sea la corrupción, la violencia doméstica, las promesas electorales o las ofertas de belleza en un aviso o envueltas en celofán. Y sin embargo insistimos en que la imagen es todo, que vale más de mil palabras. ¿Qué pasaría si decidiéramos por fin reemplazar las promesas por evidencias? Quizás la transformación de nuestras vidas esté al alcance de un pestañeo, un abrir de ojos lo suficientemente grande para reemplazar la realidad mental por la que experimentamos, día a día, con el propio cuerpo.

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