Otoño 2017

Sophia - Despliega el Alma

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POR Virginia Gawel - Columnistas

15 Mayo, 2017

No estás roto, no estás fallado

No toda niñez carente de afecto y contención se traduce en una adultez mustia, vacía. "Mi pasado no me condena, solo me antecede", dice Virginia y nos da la mano para ayudarnos a reconstruir esos cimientos, en la búsqueda de una identidad verdadera.

No importa lo que te haya pasado en tu infancia: la soledad, el abuso, las enormes ausencias de los grandes, la mano firme que no sostuvo tu manito al cruzar la calle. No importa si te quedaste huérfano en mitad de la noche y no había ninguna estrella que te consolara del desgarro. No importa si tu pequeño cuerpo tembló solitario el primer día de clases, se afiebró cruzando vacíos desiertos, se crispó ante los monstruos de angustiantes pesadillas que nadie te escuchaba. No importa si nadie comprendía esa sensible manera tuya de manifestar tu naturaleza aún inobstruída (como dicen los sabios budistas).

Es decir, sí importa. Me importa todo lo que te haya sucedido. Lo que quiero decir es que una niñez carente, triste, dolorida, no es la obligada antesala para una adultez estigmatizada por su pasado. Tu infancia no es un cimiento donde se construye tu identidad: a cimiento torcido, identidad torcida; a cimiento húmedo, adultez mustia. Es, más bien, la plataforma desde la cual se yergue como un árbol vigoroso tu vigorosa humanidad, abonada por la penuria superada.

La Psicología es una disciplina que apenas está naciendo. Con frecuencia, observo que hay personas que han quedado estigmatizadas más por la idea de que un trauma las haya dejado rotas, que por el trauma en sí. Para aquella Psicología de hace no tantos años, el cerebro era algo así como un sólido que apenas si se gastaba con el tiempo, y cuando una neurona moría ya no se podía recuperar. Hoy sabemos, desde las Neurociencias, que el cerebro se teje y se vuelve a tejer una y otra vez en la vida, gestando una nueva identidad; y eso se refuerza aún más a medida que la persona se trabaja a sí misma para que lo antiguamente tejido se vuelva un nuevo diseño que sustente su presente y su futuro.

Así, “lástima que tuve una infancia tan dura que me quitó toda posibilidad de ser feliz”, se convierte en “esa infancia tan difícil me dio la capacidad de valorar lo que es realmente importante, y de generar una vida sin sufrimiento inútil” y en “esa infancia empobrecida me propulsó a autocrear una adultez enriquecida, buena, expandida”. O sea: mi pasado no me condena, solo me antecede, y de mi actitud depende ponerlo jugar a favor o no.

“Una niñez carente, triste, dolorida, no es la obligada antesala para una adultez estigmatizada por su pasado (…) Es, más bien, la plataforma desde la cual se yergue como un árbol vigoroso tu vigorosa humanidad, abonada por la penuria superada”.

Las personas resilientes tienen capacidades íntimas que a veces ni siquiera saben que tienen. Para apropiarse de ellas, les es necesario ponderar de manera diferente aquello que en su momento proveyó tanto dolor. Te quiero decir que, en ese punto en el cual una persona se libera de la condena que creía tener en su haber por sus antecedentes vitales (el momento en que alguien asume cabalmente que una niñez dolorosa no obliga a una adultez limitada), produce la sensación de recobrar prodigiosamente nuestra real identidad. Como si se develara una mentira que obstruía lo mejor que teníamos dentro, y eso liberado comenzara a germinar como una semilla húmeda al sol. La mentira es: “nací entero, pero quedé roto por tanta soledad, abuso, tristeza, incomprensión”.

No estás roto, no estás fallado: lo que sea que te haya sucedido hace que yo te quiera. Que te vuelvas mi héroe preferido, mi heroína personal. Ese niño que no pudo ser aplastado en el surco, germina ahora en Belleza. Transmutaste el carbón en diamante: eso eres. Tu esencia primigenia (la que no puede morir, pues es una porción del Todo, siempre ha permanecido intocada por los acontecimientos que viviste). Date ahora, a la edad que tienes, la posibilidad de vivir una niñez feliz. Críate. Compréndete en lo que nadie ha comprendido. Date el cariño tan hondamente anhelado. Y, por favor, si te es posible, ayuda a otros niños del ayer a saberlo hoy.

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