Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

19 julio, 2017

No encajar en el mundo: ¿escuchás tu propio tambor?

Nacer humanos implica ser formateados por la cultura. Pero hay quienes no se adaptan y, en cambio, se avienen a cumplir su verdadero destino. Lejos de padecer esa condición y de sufrir por ser llamados "raros", debemos celebrarla.

“Si alguien no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que escuche un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea lenta y remota”, dijo Henry D. Thoreau, el mismo que durante su vida siguió su propio son: se fue a vivir a los bosques, en una mínima cabaña, donde escribió Walden, su libro publicado en 1845 que inspiró a Gandhi y a Luther King.

¿Qué tambor escuchaba? ¿Qué tambor has estado escuchando hasta hoy? Lo que puedo decir es que todo aquel que se avenga a cumplir con su verdadero destino quizá sienta que no encaja en el mundo. Porque su tambor interno es único, y el paso que exigen los vendedores de lo innecesario le horripilan a su sensibilidad. Posiblemente al principio quiera, desesperadamente, ser uno más en la marcha colectiva. Pero no lo logrará.

Entonces se debatirá angustiosamente, pues la voz de su instinto gregario le dirá con urgencia: “¡Encaja en el mundo de una buena vez!”. “¿Quién te crees que eres?”, le dirá otra voz secreta, replicando algunas voces de su crianza. “¡No necesitas a nadie; que se vayan todos al demonio!”, clamará otra, oscilando entre el desprecio hacia el mundo y una sorda mendicidad de amor no recibido. Otra sentenciará como verdad absoluta: “Has nacido fallado”. Y le arderá su veredicto en cada vena, en cada nervio.

“Aquel que se avenga a cumplir con su verdadero destino quizá sienta que no encaja en el mundo”.

No es raro que alguien así sufra escarnio y burlas de niño o inclusive siendo ya adulto. Y que los más compasivos murmuren en su entorno: “Pobre, es raro”.

¿Qué se hace por alguien así? Primero, contarle lo que Hermann Hesse dijo en El lobo estepario: “Tienes, para el mundo, una dimensión de más”. Algo así como lo que le sucedería a una esfera viviendo entre círculos. Acompañarlo a valorar su condición, pues no está “fallado” sino que está menos olvidado de sí que la mayoría. Nacer humano implica ser formateado por una cultura a la que deberemos adaptarnos, con una callada y paulatina renuncia al Origen (ese Origen sagrado que, aunque su perfume está en nuestro espíritu, vamos olvidando al impregnarnos con los olores del mundo).

Eso le sucede a la mayor parte de los humanos, pero hay a quienes no les ocurre, y luego de años de investigación, a esta condición yo la llamo “complejo de inadecuación esencial”. Lo definiría, sencillamente, como aquel que vivencian quienes, por no haber quedado totalmente desconectados de su sí mismo (su porción de vida más íntima), no logran “encajar en el mundo”, y sufren por ello, autorrechazándose. El trabajo que les espera es arduo y, a la vez, portentosamente bello: el de amar su condición, ponderándola no como un defecto, sino como una bendición. Y al asumirla con casto sentido del honor, poder intervenir en el mundo desde la propia singularidad, alineándose con su verdadero destino. Así es como el sonido de su tambor percutirá en la gran partitura con ritmo exacto y sostenido. En ese camino posiblemente acompañe a otros a escuchar el propio son, a seguir el propio paso, pues todos estamos en el mismo peregrinaje.

Quien logra este propósito descansa en su propia naturaleza. Si así te sucede, un día escucharás que alguien te dice algo así como “Eres rara”, “Eres raro”. Y entonces sonreirás con peculiar brillo en las pupilas, y responderás: “Sí. ¡Muchas gracias!”

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