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Sophia - Despliega el Alma

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POR Virginia Gawel - Columnistas

12 septiembre, 2017

Niveles de conciencia: sobre los vínculos desparejos

Dice Virginia que todos nacemos en un determinado nivel de conciencia y que es nuestra tarea, a lo largo del tiempo, sostener un esfuerzo consciente para desarrollar cada vez mayor sabiduría. ¿Pero qué pasa cuando en nuestras relaciones esos niveles crecen a destiempo?

Quiero compartirte algo que es muy importante para mí, y que creo que podría serte útil. No se trata de una abstracción sino de un concepto que tiene alto impacto para describir cosas que pasan en tu vida, en la mía. El concepto es el de los distintos niveles de conciencia.

Me enamoré de la Psicología Transpersonal cuando era muy jovencita (a eso de los 19 años). Y ese amor sólo pudo crecer con el tiempo: sus ideas, sus prácticas, su amable textura en la que se entreteje el psiquismo cotidiano con la espiritualidad le dieron cobijo a mi ser, afligido por tener que aprender otras teorías de la mente que no reverberaban en mi interioridad.

Uno de los conceptos de este enfoque que me resultó revelador es que la Humanidad está organizada intrínescamente en distintos niveles de conciencia. Tal como lo describen autores como Clare W. Graves, Christopher Cowan y Don Beck, podríamos imaginarlo como una espiral ascendente (como un inmensísimo resorte) en la cual cada vuelta tiene un distinto color. A medida que se asciende por ella la visión es más honda, más clara; los valores necesitan ser puestos en práctica para sentirse coherente; importan otras cosas, y lo que en una vuelta anterior era un problema, en la vuelta siguiente encuentra su solución. (No es casual que Einstein lo haya dicho exactamente así: “Ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de conciencia en el que se creó”).

La vida no nos empuja para derribarnos: nos empuja para que subamos. Y cuando vamos subiendo todo cobra otra perspectiva, todo puede comprenderse de otro modo, e inclusive podemos renunciar a querer comprender lo no comprendido, porque nos damos cuenta de que nos faltarían para ello algunas vueltas más en esa espiral ascendente.

El nivel de conciencia no está determinado por el nivel de instrucción: así como hay personas instruidas que tienen una conciencia primitivamente autocentrada, hay quienes no tuvieron posibilidad de recibir educación, pero un sol sabio les brilla a través de la mirada: tienen la palabra justa, la actitud necesaria, el temple vibrante.

Según las Psicologías Contemplativas de Oriente cuando nacemos lo hacemos en un determinado nivel de conciencia (quizás determinado por esfuerzos por llegar a mayor lucidez, realizados o no en vidas anteriores), y es nuestra tarea a lo largo de nuestra historia sostener un esfuerzo consciente para desarrollar cada vez mayor sabiduría, mayor congruencia, mayor capacidad de compasión. Y es que es posible que un niño con una conciencia evolucionada nazca en una familia donde el promedio de conciencia está muy por debajo del suyo. De allí con frecuencia deviene sufrimiento: el sentimiento de “no encajar”, de “estar fallado”, de ser “la oveja negra de la familia”. A este sentir le he llamado Complejo de Inadecuación Esencial, tema como para desarrollar otro día.

Un hecho bastante usual que he observado cuando hacía práctica clínica (¡y en la vida misma, claro!) es el de vínculos que comienzan cuando ambos partícipes tienen un mismo nivel de conciencia (con toda la afinidad que eso conlleva), pero en los cuales uno de ellos comienza a desplegar su evolución más nítidamente (o bien el despliegue natural de la conciencia se ve en uno de ellos floreciente y en el otro, por el contrario, en franco repliegue, peor que estancado).

Puede suceder en cualquier ámbito relacional, pero donde incide muy visiblemente es en la amistad y en la pareja. Es como si en un cuerpo hubiese crecido un brazo normalmente, con el paso de las edades, pero el otro se hubiese quedado como el de un infante pequeñito. Ese vínculo queda desbalanceado, y las consecuencias se van haciendo notar. La afinidad queda desteñida, y todo se convierte en un esfuerzo por hallar alguna vía de comunicación. Lo que está pasando es que ambos se relacionan haciendo pie en una vuelta distinta de la gran espiral. Cada vuelta tiene su lógica, sus valores, su idioma. Y para quien aún no subió a la siguiente, el lenguaje de ese otro nivel de conciencia le es extranjero.

Tal vez algo de todo esto te sucedió, y estas ideas te ayuden a comprender qué te pasaba, qué les pasa. Cuando los niveles de conciencia crecen desparejos en cualquier relación no es necesariamente señal de que no sea posible el vínculo: a veces sí, los caminos se bifurcan. Otras, con sólo comprender qué es lo que está sucediendo, podemos compartir aquello en lo que sí coincidimos. Y la vida es larga (¡las vidas!), por lo que es posible que los roles se inviertan, y en algún punto de inflexión quien parecía rezagado se despierte, y quien parecía más despierto se duerma (lo cual es un buen antídoto para cualquier arrogancia espiritual).

En la larga espiral vamos todos como hormiguitas. El camino es hacia arriba. Aunque cueste, es hermoso. Como en una danza, nos encontramos, nos perdemos, nos volvemos a encontrar… o son otros los danzantes con quienes nuestro paso marcha, franco y parejo, con la liviandad que da la afinidad de espíritu. Dicen los Evangelios que han sido llamados apócrifos, que Jesús enseñaba danzas sagradas a sus apóstoles y desde siglos y siglos viene rodando una canción que se dice acompañaba aquellas danzas: “Soy el centro en el Todo que rueda / soy la música y el alma de la danza. / Para ti, que tienes esperanza/ no dejes de danzar, no dejes de danzar…”.

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