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POR Cristina Miguens - Columnistas

6 noviembre, 2015

Ni Heidi ni Juana Azurduy

Hace pocos días María Eugenia Vidal ganó las elecciones para la gobernación de la provincia de Buenos Aires, principal distrito electoral del país, enfrentando a todo el aparato político del PJ. Un nuevo modelo de mujer, que cuestiona esos estereotipos patriarcales...

Hace pocos días María Eugenia Vidal ganó las elecciones para la gobernación de la provincia de Buenos Aires, principal distrito electoral del país, enfrentando a todo el aparato político del PJ, en especial el del conurbano bonaerense donde se concentra la mayoría de las peores mafias y narcos –algo así como un aterrador dragón de siete cabezas– que gobierna la provincia desde hace más de un cuarto de siglo. El candidato oficialista, ungido por la presidente CFK y por el PJ, era Aníbal Fernández, acusado de ser el responsable de la penetración de la droga en el país y de un triple crimen, en el caso de la efedrina. El otro candidato derrotado era Felipe Solá, ex gobernador dos veces de la provincia, también peronista y que había tildado a María Eugenia de “Heidi”, una niña ingenua y por lo tanto una candidata inofensiva.

Vidal fue la gran sorpresa de la elección, el “cisne negro” para los politólogos. Nadie daba un peso por su candidatura. La pelea entre “Heidi” y la Morsa parecía ganada de antemano (of course, dijo Aníbal), por lo que el resultado, un aluvión aplastante de votos, sorprendió a casi todos. Sin duda pegó debajo de la línea de flotación en el PJ y también en el kirchnerismo que contaba con ese distrito –históricamente un bastión peronista– para atrincherarse durante cuatro años en caso de perder la presidencia.

Nada de eso. “Heidi” le ganó de punta a punta la carrera a Aníbal y su poderoso aparato militante partidario y publicitario, con una estrategia sencilla y barata, no apta para soberbios: tocar timbres y escuchar los reclamos de la gente. Con humildad y paciencia recorrió varias veces la provincia, aceptando los reclamos de los vecinos hartos de promesas incumplidas de los políticos. Muy lejos del estereotipo de mujer guerrera y violenta que simboliza Juana Azurduy y que tanto admira la presidente hasta para entronizarla frente a la Casa de Gobierno, Vidal nunca alzó la voz, nunca agredió a sus adversarios y ni siquiera contestó los agravios recibidos. Esa mansedumbre fue confundida con debilidad, pero con los resultados quedaron muy en claro dos cosas: una, que MEV dista mucho del estereotipo de la niña ingenua, y la otra, que a la clase política argentina y a la mayoría de los analistas y encuestadores (por no decir a todos) se les pasó por alto un elefante, no solo político sino también simbólico.

Vidal no es una mujer “Heidi” pero está claro que tampoco es ni quiere ser una Juana Azurduy. La confusión nace en las cabezas de los analistas y políticos, que en su mayoría son varones, para quienes las únicas categorías de mujer que existen (en la política y fuera de ella) son esas dos: mujeres masculinizadas y guerreras como ellos, o bien débiles e inofensivas féminas que si se atreven a jugar con los bigotes del león, son fácilmente devoradas de un zarpazo. Error.

La mujer que venció en la contienda electoral el domingo 25 encarna un nuevo modelo de mujer que cuestiona esos estereotipos patriarcales, ya que muy lejos de un ego sobrevaluado, ella se apoya en su equipo y en la comunidad, y que no tiene temor a nada ni nadie porque su misión está inspirada en valores espirituales. Lo suyo es una misión antes que una contienda electoral, que apunta a ayudar a los más necesitados, en especial a las mujeres más vulnerables por quienes siente una real empatía. Más que un libreto de campaña, Vidal tiene una mística que comparte con cientos de miles de mujeres que a lo largo y a lo ancho del país se reúnen –por fuera de los partidos políticos– en fundaciones y ONG y que donan su tiempo y sus recursos para ayudar a los más necesitados, sin pedir nada a cambio: ni votos, ni cargos, ni fama.

Pero más allá del caso de MEV, a los analistas se les pasó por alto el valor simbólico de este triunfo, el nuevo paradigma que está surgiendo en todo el planeta y que se manifiesta en estas mujeres coraje, sencillas y prudentes, a la vez sabias, comprometidas, que se apoyan en valores espirituales y no materiales, y que, ayudadas por la tecnología, están revolucionando el mundo. No se venden al dinero ni al poder de turno porque responden a otra lógica, otra cosmovisión del ser humano, en cuya alma se manifiesta lo sagrado que nos mueve a la unidad y la solidaridad con toda la humanidad.

Ni Heidi ni Juana Azurduy. Surge otro modelo de mujer, fuerte y espiritual, tal como anuncia el Apocalipsis. Al que tenga dudas, le sugiero meditar sobre “la Mujer del capítulo 12”, que, protegida por Dios, enfrenta al Dragón de siete cabezas, símbolo del Mal. Otro paradigma surge de la mano de nuevas generaciones de varones y mujeres que están entrando en acción y que eligen la unidad y la cooperación antes que la división y la confrontación. Sopla otro Espíritu que está renovando todo el planeta y no solo la Argentina, y por lo visto, parece que además de liberarnos de las ataduras del error y del Mal, también hace ganar elecciones.

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