Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

16 julio, 2019

Negación, o el hábito de andar besando sapos

¿Cómo opera este mecanismo que adormece los sentidos para ayudarnos a perder de vista una realidad que duele? ¿Y cuál es el antídoto más eficaz contra ese autoengaño? Un llamado a dejar de lado la fantasía para vincularnos, cara a cara, con la verdad.

Gabriela tiene solo 5 años. Le gusta mucho más jugar sola que con otros chicos. Se la suele ver abrazada a su gato, pintando un librito con colores, o hablando con amigos imaginarios. Cuando sus papás discuten, habla más fuerte con ellos y sus amigos imaginarios, con el más alto volumen, le contestan. «¡Basta de gritar Gabriela! ¡Sos insoportable!«, le dice su madre zamarreándola del brazo. (Le dice “Gabriela” cuando está enojada. Detesta su propio nombre. Detesta que no la llame “Gabi”, como cuando la ama…)

Sale corriendo hacia el jardín del fondo, llorando bajito para que no la reten… y se sienta en el suelo a jugar con su baldecito y su palita, que quedaron con arena de las vacaciones. Hormigas coloradas suben desde el suelo por sus breves piernas; ronchas coloradas comienzan a brotar como amapolas sobre su piel blanca.

«La negación es un mecanismo de defensa, desde ya, que tiene por función, en cierto grado, hacernos más vivible el estar en este mundo. Pero cuando ese mecanismo se enraiza, las consecuencias serán dolorosas».

Pero ella no las siente. Tampoco escucha más los gritos de sus papás, que siguen y siguen y siguen… Porque Gabi ya no está en el jardín: está frente al mar, jugando con un nene que conoció en enero.

Su única manera de sobrevivir emocionalmente es desaparecer imaginariamente.

Ha logrado ignorar a las hormigas, inclusive el zamarreo de su madre. Pero su piel no: las piernitas están color carmesí y en el pequeño brazo hay dos marcas moradas, como de tinta, con las huellas digitales de su madre. Le duele la cabeza porque se quedó congelada al escuchar los primeros gritos, como en el juego de las estatuas. Pero no es un juego: es su intento por desaparecer.

Así funciona el mecanismo que en psicología se llama negación. Sus dos modalidades básicas, en lo práctico, son:

a) Percibir que algo doloroso está ocurriendo, pero actuar como si no fuera relevante, minimizándolo, restándole importancia. Es decir, poniéndole un silenciador a las emociones que ese hecho despertaría, bajando su volumen al mínimo posible, como si se tratara de una fórmula matemática, más que de algo que nos afecte en las entrañas.

b) Directamente cerrar los sentidos, sin siquiera percibir nada de nada, como si realmente nada estuviera pasando. El sentido de la vista, del tacto, del oído, del gusto… y aun el sentido común. Cuando alguien o algo nos hace notar lo evidente (aquello que la negación está velando), lo justificamos para seguir teniendo la ilusión de que lo que acontece no está sucediendo.

La negación es un mecanismo de defensa, desde ya, que tiene por función, en cierto grado, hacernos más vivible el estar en este mundo. Pero cuando ese mecanismo se enraiza, las consecuencias serán dolorosas.

Negar: un mecanismo peligroso

Podría suceder, por ejemplo, que cuando Gabriela fuese grande percibiera los maltratos o las mentiras de su pareja, pero si alguien de su entorno se lo señalara para abrirle los ojos se encogiese de hombros y dijera: «Ya lo sé; en verdad no me importa«. Quizás con una expresión apática, o tal vez con una risa que a nadie que la quisiera bien podría engañar. O quizás pudiera ella cambiarle, inclusive, su valor: “Él me cela porque dice que no podría vivir sin mí” (¡hasta sintiendo orgullo de las amenazas de él!).

«La ayuda de un terapeuta suele ser un antídoto para el autoengaño. Trabajar sobre sí (sea uno mujer o varón, pues el mecanismo no distingue géneros), para que ese patrón sea el que se transforme. Pues es solo eso lo que podemos transformar: a nosotros mismos. ¡Y no es poco, para nada!».

En la segunda posibilidad de expresión de ese mecanismo (b), tal vez el engaño o el maltrato ni siquiera fuese percibido, refugiándose (para lograr esa negación extrema) en muchas actividades, agotamiento por responsabilidades que no debieran ser suyas, o inclusive mediante aquella vieja compañera de la infancia: la fantasía. En este caso, cuando el mecanismo está por ceder para dejar entrar la realidad y que la perciba, ella, inconscientemente, hace lo que le salvó la vida cuando era pequeña: imaginar qué harán juntos durante las vacaciones, imaginar que él cumplirá con lo que le promete tan a menudo, imaginar que están unidos por el destino y que él “finalmente cambiará por amor a ella”…

Así, besará sapos que nunca se convertirán en príncipes, pero hay algo peor: ¡ella creerá que sí se han convertido!

Así de absurdo es el mecanismo de negación. ¿Qué nos salva de él?

La ayuda de un terapeuta suele ser un antídoto para el autoengaño. Trabajar sobre sí (sea uno mujer o varón, pues el mecanismo no distingue géneros), para que ese patrón sea el que se transforme. Pues es solo eso lo que podemos transformar: a nosotros mismos. ¡Y no es poco, para nada!

Es trocar nada menos que nuestro destino.

Y cuando se sale de ese hechizo… la vida misma puede pegar un vuelco alucinantemente bello, porque nos estaremos vinculando, por fin, con la verdad. Y porque Gabi estará orgullosa de ser Gabriela: completa, entera, percibiendo la realidad completa. Ése es el cimiento de la real libertad (que, en verdad, anhelamos mucho más que el amor, pues el amor es Amor si es en libertad: sin negación, sin distorsión, sin maltrato, sin engaños).

En el video te comparto un breve “sentipensar” sobre este tema, y te invito a expresarte más abajo, en esta página:

¿Hay algo en estas palabras en lo que sientas que refleje tu propia vida, o algo de tu historia? Me encantará que nos lo compartas. Lo leeré: te estaré escuchando. ¡Y, desde ya, te abrazo!

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