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POR Adriana Amado - La mujer en los medios

21 junio, 2015

Mujeres de novela

La fuerza de las telenovelas volvió con todo su impacto. ¿Eso es bueno o malo? Dependerá de qué buscamos encontrar en la pantalla y a la vez de si se trata (o no) de contenidos de calidad.

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En los últimos tiempos aparecieron grupos y observatorios dedicados a criticar estentóreamente lo que hacen mal los medios. Muchos están tan obsesionados por encontrar contenidos reprobables que se pierden la mirada del conjunto y se quedan en los casos aberrantes, que los hay, pero que las más de las veces no tienen más atención que la de sus críticos porque las audiencias los condenaron antes con la indiferencia o el olvido. Antes bien, los televidentes confirman que no necesitan ninguna tutela cuando eligen contenidos de calidad y prefieren programas con arquetipos femeninos queribles a las propuestas con estereotipos repudiables.

Muchos dicen que lo que convirtió a Avenida Brasil en una de las telenovelas más vistas en el mundo fue el acierto de poner en pantalla a la clase popular brasileña en ascenso social. Pero un mérito no menor de la propuesta es que es un manifiesto femenino y no solo porque reencarna la venganza de Montecristo en una mujer que desafió su destino de niña abandonada en un basural. Más allá del conflicto de Nina y Carmiña, que trenzaba egoísmos y revanchas de dos personajes un tanto noveleros, había muchas historias que mostraban lo extraordinaria que es la vida de las mujeres corrientes. Monalisa desde su peluquería les enseñaba a las mujeres del barrio a cuidarse y a superarse. Muricy contaba cómo se podía ser una abuela sensual y convivir armónicamente con su familia y su joven enamorado. Lucinda pudo construir en el basural un hogar con lo que descartaba la sociedad, fueran niños o desechos. Janaína contaba la lucha de una madre que tenía que lidiar con un adolescente tentado por esa vida fácil que como hijo de una doméstica nunca tendría. Todas son bellas mujeres, plenas en sus redondeces, arrugas y colorinches.

“Si todos estamos encantados con estas series y telenovelas, es porque unas y otros tenemos necesidad de reconocer en la pantalla nuestra humanidad”.

Para la misma época se estrenó Pablo Escobar, el patrón del mal, que dramatizó la vida del famoso traficante de droga. Ambientada en la Colombia de los ochenta, los personajes femeninos nos recuerdan ese matriarcado callado pero intenso tan latinoamericano. Nos muestra hombres temerarios que no salen a la calle sin la bendición de la madre, “la Virgen y el Santo Niño de Atocha”, matones temibles que se desarman frente a sus mujeres poderosas. Más jefe que Escobar es su progenitora, más valiente que el político en campaña es su esposa, más audaz que el dueño del periódico es su periodista estrella.

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Por estos días atrapa a las audiencias Las mil y una noches, una telenovela turca que cuenta la historia de una arquitecta reconocida públicamente por sus méritos que cría a su hijito contra las adversidades. Contrariando cualquier prejuicio que pudiéramos tener de la cultura musulmana, las mujeres son el puntal del relato. Pero si esa historia tan lejana se siente cercana es porque distingue la vida pública de la intimidad femenina con una delicadeza desusada: afuera el maquillaje, adentro la cara lavada; afuera las reuniones de trabajo o los encuentros en los bellos cafés de Estambul, adentro las cocinas humeantes, el rato en que se comparte la televisión, el privilegio de arropar a un niño. Mientras que los programas argentinos intentan maquillar la vida cotidiana con ropa de canje y unos zapatos que ni usaríamos en un casamiento, Sherezade recibe declaraciones de amor cuando abre la puerta de su casa en piyama y pantuflas. Al convertir en escena televisiva un hecho sencillo como pelar una fruta o descalzarse al entrar a la sala, se evoca en el espectador el placer de estar de entrecasa. Y en ese acto se celebra el arquetipo ancestral de la mujer protectora, que es más atrayente que el estereotipo comercial de la minita vana.

Los seriados norteamericanos ya habían acusado recibo de los cambios vinculares y supieron incorporar en sus guiones la crisis de la masculinidad. A diferencia de los hombres rudos de El Padrino, los mafiosos de Los Soprano eran tipos que andaban confabulando en jogging detrás de un líder con ataques de pánico, un grandulón que necesitaba la ayuda de su psicoterapeuta para lidiar con los conflictos familiares. Donald  Draper, el publicitario de los libérrimos años sesenta que pinta Mad Men, derriba el mito del hombre de éxito y muestra que del vacío existencial de la mundana vida corporativa solo se salvan las mujeres, únicas que pueden mirar más allá del cubículo de la oficina.

Si todos estamos encantados con estas series y telenovelas es porque unas y otros tenemos necesidad de reconocer en la pantalla nuestra humanidad. Que muchas veces se ofrezca y consuma basura televisiva no tiene que hacernos olvidar que cuando hay opciones de calidad, que cuentan con respeto historias que reverberan en las sensaciones de los televidentes, estos las eligen unánimemente. Telenovelas como la de Sherezade fueron las primeras ventanas que me mostraron un mundo que parecía lejísimos de ese barrio suburbano encerrado en el perímetro de la vía del tren. Después, cuando finalmente salí, confirmé que el mundo de la vida, como el de la tele, tenía de todo, de lo bueno y de lo malo. La televisión, que a veces nos ofende, otras nos regala lindos momentos como esos en que nos recuerda que podemos ser hermosas y poderosas, incluso en pantuflas.

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