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Sophia - Despliega el Alma

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POR Maritchu Seitún - Hijos

3 agosto, 2018

¡Mamá, quiero, quiero, quiero!

Muchas veces los chicos tienen el "quiero" fácil. Pero el exceso de compras e idas al kiosco saturan sus sentidos y hacen que cada día "necesiten" más cosas. ¿Cómo encontrar el equilibrio para no convertirlos en los hijos dilectos del consumo?

Nuestros hijos desean, piden, reclaman lo que aparece en la tele, lo que tiene el primo, lo que vieron en una vidriera o en el kiosco… Sin comprender que la sociedad de consumo les ofrece “piedritas de colores” a cada paso, parecen ver –en los botines, las figuritas o los juegos– preciosos diamantes, rubíes y esmeraldas. Les llevará un buen tiempo darse cuenta de que no siempre lo son, algo complicado en sí mismo que se hace aún más difícil cuando los padres también nos distraemos y nos dejamos tentar por cosas para comprar, desde lugares a veces obvios o de manera subliminal. Mientras tanto, los chicos nos ven, nos escuchan, y siguen pidiendo más.

Sería muy cómodo entrenarlos para que nos pidan menos o nada, pero no sería realista ni bueno para ellos. La solución no está en que dejen de desear y de pedir, sino en que, como padres, fijemos un criterio y lo compartamos con ellos. Y en que tengamos fortaleza para sostenerlo tanto como flexibilidad para ceder algunas veces y poder acompañarlos en su dolor o su enojo cuando les decimos que no.

Tiempo atrás hablaba con una hija (casada y con hijos) de la casa en la playa donde lo que señalaba la despedida del verano era un helado gigante. Ya desde mi mirada de abuela, le pregunté, con algo de culpa: “¿Un solo helado grande por verano les comprábamos?”. Me dijo que sí, pero que lo recordaba enorme y, sobre todo, emblemático y delicioso. Si le hubiéramos comprado uno por día, incluso uno por semana, probablemente se lo habría olvidado o lo habría considerado una de nuestras obligaciones como padres. Además, en la playa hacíamos un acuerdo entre parientes y amigos, que consistía en que tanto los palitos de agua (los helados más baratos) como los barquillos se conseguían de a uno por día, como parte de una semanalidad que, a medida que crecían, tenían que aprender a administrar.

El exceso de compras, regalos, idas al kiosco y programas saturan los sentidos de los más chicos y hacen que cada día “necesiten” más para conformarse y pidan más caro, más interesante, más llamativo, ¡máaas! Del mismo modo que, cuando hacemos dieta la zanahoria rallada o el pollo a la plancha nos parecen un manjar, animarnos a poner a nuestros hijos “a dieta” de compras, hacerlos desear y postergar les permite disfrutar más cada ida al kiosco, cada salida. Intentemos resistir la maratón que nos deja exhaustos, con los bolsillos vacíos, y ¡enojadísimos con nuestros chicos por no saber valorar lo que tienen! Saber decir “no puedo”, aun cuando sea posible conseguirlo o pagarlo, implica que no puedo ir en contra de mis principios ni contra aquello que me parece correcto o formativo para mis hijos.

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