Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

16 noviembre, 2018

Maldito rencor

De sobra sabemos que se trata de un sentimiento negativo y, sin embargo, tantas veces sucumbimos ante él. ¿Cómo identificarlo y trabajar desde ahí para salir del tortuoso laberinto del enojo y el deseo de venganza?

El rencor es feo, malo y desaconsejable. Sin embargo existe y está allí, mal que nos pese.

“El problema se produce, sin embargo, cuando la realidad del veneno emocional, por mala prensa que tenga, nos atrapa igual, y lo hace dentro de una situación a todas luces oscura, pero vivida como inexorable”.

A veces atraviesa las defensas de nuestra parte bienpensante y llena el alma de ese veneno que no nos hace bien. De esa forma nos muestra que una cosa es lo “correcto” en términos ideales y otra es la realidad que debemos atravesar, sin atajos, para acceder a lo mejor de nuestra condición.

Todos conocen los aspectos oscuros del rencor, pero, como decíamos, muchas veces se hace presente igual, como una herida abierta que no sana.

En tal sentido, es fácil criticar aquello que sabemos desde la teoria que no sirve y nos hace daño. El problema se produce, sin embargo, cuando la realidad del veneno emocional, por mala prensa que tenga, nos atrapa igual, y lo hace dentro de una situación a todas luces oscura, pero vivida como inexorable.

Los caminos del dolor

Traición, desilusión, mentira, maldad, propia estupidez , años perdidos, abandonos, sueños truncados… La materia prima del rencor es infinita y, por caso, téngase en cuenta que solamente estamos haciendo referencia a lo que a amores de pareja respecta. Obviamos otro tipo de rencores, como el que nace de las internas entre hermanos o de la familia en general, las situaciones laborales, los amigos…

Podríamos decir que el rencor es el dolor gestionado de tal manera que se perpetúa en un circuito laberíntico. Que se trata de una suerte de malapraxis emocional, ya que nos lleva a un encierro que semeja a aquella serpiente que se come la propia cola.

Este odio maldito
Que llevo en las venas
Me amarga la vida
Como una condena.
El mal que me han hecho
Es herida abierta
Que inunda mi pecho
De rabia y de hiel.

La letra del tango Rencor (L.C. Amadori 1932) bordea la genialidad a la hora de expresar la ambivalencia del rencor. El amor, en su versión desairada o desilusionada, habita el núcleo del rencor. Se trata de un amor contrariado, traicionado, malversado o vaya uno a saber cómo, abortado por los avatares de la cruel selva de los encuentros amorosos que parecían un sueño, pero se han transformado en pesadilla.

Por otra parte, el rencor que es una manera de perpetuar un vínculo. Rumiante y lleno de palabras que lo justifican, es un aferrarse a una reparación imposible de un pasado que, además, está leído de manera parcial y sesgada.

Suelo ver el rencor en esas parejas que llenan los expedientes de divorcio en Tribunales, generándose un daño recíproco con ganas, pasando por encima de los hijos, enceguecidos por una pseudo racionalidad que ellos creen que los habilita para apretar el gatillo de la guerra.

Salir del rencor 

El rencoroso sufre como aquel que clava un cuchillo sin mango, cortándose él mismo a la vez que lastima. Pero lo que pasa es que a veces lo hace porque no sabe cómo se sale de ese sentir atormentado. Quiere venganza porque le enseñaron que la venganza aliviacuando, de hecho, no lo hace. Es que, tras algún primer alivio por poder generar en el otro un daño semejante al que se cree que este produjo, viene el hastío, el bajón de sentir que, ahora sí, hay que mirar para dentro y hacerse cargo de lo propio, más allá de las responsabilidades que le caben a los demás.

Si el deseo es salir del rencor, más que pelear contra él desde una moralina obvia, vale encontrar el penar genuino y puro que habita dentro de ese laberinto atormentado.

A veces no es fácil encontrar el dolor en estado puro, sobre todo, porque el rencor suele revestirse de una suerte de ideología que se autoafirma de manera permanente, como aquellos cuadros políticos que ya tienen resuelto el dilema del mundo a través de las frases hechas de su dogma.

“‘De todo laberinto se sale por arriba’ decía Leopoldo Marechal. No es la primera vez que esta frase ayuda para pensar una salida a las trampas que a veces la vida nos ofrece”.

Asimismo, digamos que rescatar el amor de lo vivido, despojándolo de la escenografía y el anecdotario de la separación, es un recurso que puede funcionar. Las cenizas de un viejo amor contrariado son eso: cenizas, y sirven para abonar un nuevo territorio. Es como la minería: en el barro y en la roca árida, habitan esos minerales preciosos que pueden ser rescatados para el porvenir.

De todo laberinto se sale por arriba” decía Leopoldo Marechal. No es la primera vez que esta frase ayuda para pensar una salida a las trampas que a veces la vida nos ofrece. El laberinto rencoroso hipnotiza y anestesia el dolor. “Arriba”, en este caso, es aceptar el verdadero sentir, darle un lugar, aceptarlo, y testimoniar cómo el dolor, una vez que encuentra su lugar, muta hacia algo más fecundo.

El rencor, por otro lado, surge de la idea de que la vida nos debe algo y que, maldita ella, no cumplió con esa premisa, por lo que merecemos una reparación a la afrenta.

El error de querer recibir lo que, según este suponer, se nos debe, alimenta ese tóxico que no sana nunca. Es que no se negocia con el rencor, simplemente se lo suelta, se condona toda deuda si es que esta existió alguna vez, y, de esta manera, se libera el alma y la mente del peso del rumiar rencoroso.

Hay una vida que merece vivirse y que está afuera del territorio del rencor.

En ella existe una libertad que a veces puede dar miedo, pero vale experimentar. Esa vida se hace presente cuando el rencor cumple su ciclo, lo soltamos, y más que desear reivindicar viejas ofensas, aspiramos a generar nuevos horizontes que nos den ganas, y no veneno.

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