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POR Adriana Amado - La mujer en los medios

14 abril, 2015

Los miedos y los medios

En esta epidemia de incertidumbre que no discrimina fronteras, los medios construyen relatos que potencian el miedo. ¿Cómo encontrar el punto de apoyo en épocas turbulentas?

Por estos días el mundo vuelve a presentarse como un lugar inseguro. Cuando no salimos todavía del estupor por un suceso, se nos presenta otro de mayor gravedad que nos recuerda que la única certeza que tenemos es que ya no hay ninguna. Y así como los días de lluvia son propicios para los vendedores de paraguas, en momentos de incertidumbre se fortalece el negocio de las explicaciones, que desde hace dos siglos maneja la prensa. Pero las certezas no están donde solían estar y eso también alcanza a las noticias.

En el cimbronazo de cada evento inesperado, más bien pronto que tarde aparece la pregunta de qué tiene que ver la prensa con esa crisis. Algunos sostienen que los medios son los responsables principales de la incertidumbre, ya sea porque inventan problemas donde no los había, o porque al delatar la desnudez del sistema no ayudan a mantener la calma en momentos de zozobra. La industria de las noticias alega que sigue siendo imprescindible que la gente se entere de lo que pasa y pueda tomar las decisiones que las circunstancias convulsionadas exigen. Y así anduvo el debate de los medios: si conspiradores o salvadores.

Entre tanto pasó que los medios dejaron de ser “los” medios. Ya al cambiar el siglo, la prensa estaba perdiendo el monopolio de las noticias porque los lectores andaban buscándolas por otros lados, si no estaban produciéndolas en sus blogs, registrándolas en el lugar del hecho, difundiéndolas en sus redes sociales. Los medios ya ni siquiera consiguen la exclusividad de los lectores, que mezclan diarios, tuits y videos caseros con una irreverencia jamás vista. Lejos de la hegemonía tan temida, la principal dificultad que enfrentan los medios es la imposibilidad de construir un terreno común, porque cada quien está cultivando su propia quintita con noticias de su cosecha. Ni siquiera hay una atmósfera compartida porque cada uno se refugia en el microclima de los que piensan parecido.

Esta fragmentación de la información es un síntoma más de la epidemia de incertidumbre que no discrimina fronteras ni clases. Cuando pensamos que el miedo está allá, resulta que estalla a unas cuadras de casa. Cuando creíamos que la democracia y el desarrollo eran antídotos de casi todos los males, descubrimos que no alcanzan para combatir a los más resistentes. Cuando pensábamos que la barrera estaba entre los países pobres y los ricos, venimos a descubrir que las catástrofes climáticas, los fanatismos religiosos, la desocupación y el desamor golpean a todas las clases. Como describió Ulrich Beck en La sociedad del riesgo, vivimos en un mundo en que lo único cierto es lo incierto.

La guerra es la paz se llama uno de los libros que Beck nos deja como legado, ahora que decidió abandonar la tormenta que tan bien supo pronosticar. Este sociólogo alemán falleció en enero y el mundo lo despidió ratificando la inseguridad contemporánea sobre la que teorizaba. Lejos de cualquier pesimismo, intentó alertarnos de que lo incierto no es que el mundo esté convulsionado, que el trabajo esté agotándose a un ritmo aún más acelerado que los recursos naturales, que la pobreza alcance a las clases que no habían imaginado que iban a dejar de ser medias, que las familias se redefinan en grupos ensamblados o desmembrados en distintas ciudades, a veces hasta de distintos continentes. Lo incierto es que sigamos tratando de explicar esta sociedad con las razones que no llegaron a resolver los problemas del pasado.

La ideología (política, económica, religiosa, filosófica) fue el constructo que supimos dar a nuestras certezas. En ambientes de inestabilidad permanente, los medios son el recurso más expeditivo para amontonar afinidades en torno a un puñado de convicciones, menos consecuencia que causa de lo que buscamos y leemos. Compartimos nuestros pensamientos esperando que nos den un “Me gusta” para sentirnos acompañados. Marchamos como primera reacción a la incertidumbre, para no sentirnos solos. Convocamos por las redes esperando multiplicar la invitación en los muros de nuestros conocidos. Buscamos construir algún punto de apoyo cuando el piso se mueve. Queremos encontrar una meta de felicidad que nos saque de nuestra soledad.

Todavía quedan medios y líderes que creen que pueden medrar en escenarios turbulentos en los que se proponen como únicos pilotos de tormenta. No tienen más que decir que el mundo está lleno de amenazas que deben extirparse radicalmente y encarnarlas en la figura de opositores, críticos, disidentes o simplemente ciudadanos que intentan pensar o creer algo diferente. Solo necesitan que estos reaccionen más o menos agriamente, más o menos firmemente, para confirmarles a líderes populistas o sectas totalitarias que el mundo es amenazante y que ellos necesitan más fuerza para restituir el orden. Al exacerbar el conflicto, los medios perpetuarán la incertidumbre, con lo que serán funcionales a potenciar las amenazas. Pero por eso mismo dejan de servirnos porque, frente al miedo, lo que necesitamos es construir.

adriana-amado

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