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POR Maritchu Seitún - Columnistas

25 julio, 2016

Los miedos en la infancia

En estos días de niños a tiempo completo, una aproximación a un tema que preocupa a todos los padres. ¿Por qué aparecen los miedos? ¿Qué hacer para acompañar a los chicos? Una invitación a la reflexión ¡y también a la acción!

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Recibo muchas consultas de padres por los miedos de sus hijos: no quieren ir solos al cuarto, al baño, a la cama; no se acercan a los perros, no quieren quedarse en el colegio, tienen miedo a la oscuridad, a las tormentas, a los ladrones, a que los padres salgan, etc…  Otras, por los miedos en chicos más grandes que no quieren quedarse a dormir en lo de sus amigos o ir a un campamento. A veces el miedo está bien claro: es a los ladrones, a los monstruos, a perderse, a que les pase algo a sus padres; otras es más genérico o difuso y a los chicos les cuesta explicar lo que les pasa.  Además, en muchas oportunidades los “no sé”, “no quiero” o “no me interesa” de los chicos provienen de miedos que no reconocen como tales, esto ocurre habitualmente en temas como la bicicleta, patinar, andar a caballo, leer, cantar o incluso dibujar por ejemplo; destrezas que no se atreven a enfrentar y prefieren esquivar con esas respuestas.

Antes que nada, vale decir que el miedo es una emoción básica y necesaria del ser humano. Nos ayuda a sobrevivir desde hace miles de años y es fundamental para que podamos cuidarnos bien. Pero hoy, que no vivimos en la selva ni nos acechan los leones, no siempre el miedo es el resultado de una evaluación realista de lo peligroso de una situación temida: es más bien el resultado de la impresión subjetiva de la persona que siente miedo porque cree que no tiene fuerzas suficientes para enfrentarla. Pueden entonces los chicos tener miedo a una cucaracha, a un gato, a un perrito inofensivo, a andar en avión, a quedarse solos en su cuarto, a que sus padres salgan a comer y los dejen al cuidado de una abuela. Los miedos no son lógicos ni se resuelven explicando razones razonables.

Cuando tenemos miedo, el sistema límbico —parte de nuestro cerebro que responde en las emergencias— se apodera de nuestro cerebro y nos prepara, como en la selva, para el ataque, para la huida o para quedarnos muy quietos de modo de pasar desapercibidos ante ese (supuesto) “enemigo”.  El sistema límbico responde muy rápido, pero sus recursos son pocos. Y en situaciones de emergencia reales, es indispensable que se haga cargo.

De todos modos, hay que tener en cuenta que los miedos son habituales en muchas etapas de la infancia:

—El primero es la angustia del octavo mes, cuando el bebe se pone a llorar al alejarse de su mamá.

—A los dos años, en la etapa de individuación, los miedos aparecen al tomar conciencia de que son personas separadas de su mamá, y llegan junto a las pataletas y berrinches, porque se sienten muy fuertes y muy débiles ¡al mismo tiempo!

—A los cuatro años, al consolidarse la constancia objetal, que los hace tomar conciencia de que son personas únicas, buenos y malos a la vez, y que también sus papás son personas únicas (y que el papá o mamá con quien se enojan es el mismo que adoran), aparecen nuevos miedos y también las pesadillas,

—Alrededor de los ocho años, al madurar intelectualmente, tienen una mayor conciencia de los hechos y pueden pasar por una nueva etapa de miedos.

—En el comienzo de la adolescencia suelen aparecer miedos al despedirse de su segura identidad infantil hasta que surge y se fortalece una nueva identidad.

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Lo primero que tenemos que hacer con los miedos de los chicos es comprenderlos y acompañarlos con paciencia en el proceso de perderlos, o de alcanzar los recursos necesarios y fortalecerse para enfrentarlos. Eso se logra, eventualmente, con muchos pasos chiquitos, acercándose a la situación temida muy de a poco de modo que con nuestro acompañamiento —que brinda seguridad y confianza— vayan animándose a intentarlo.

La respiración profunda los ayuda a recuperar la calma y a reconectar la corteza cerebral, esa parte de nuestro cerebro que piensa y que el sistema límbico se ocupó de apagar/desactivar cuando declaró un estado de “emergencia”.

¿Y cómo los fortalecemos de una forma más global, de modo que se sientan fuertes y capaces de enfrentar sus miedos o incluso los pierdan? ¿Cómo hacemos para que sus miedos vayan disminuyendo?  Esto se logra conectándolos con todas su emociones, especialmente con las más desprolijas, esas que también nos cuesta tolerar en nosotros mismos, dándoles derecho a la protesta, porque muchos miedos que perduran más allá de la edad en que son habituales, lo hacen porque los chicos no se conectan con su mundo interno y pierden energía por dos caminos:

a) En primer lugar, negando y reprimiendo sentimientos, ideas, pensamientos y deseos, por considerarlos inadecuados o poco aceptables, cuando en realidad hay conductas o palabras inaceptables, pero no emociones o pensamientos que lo sean.

b) En segundo lugar, la energía vital, la fuerza interior, viene de la conexión con todas nuestras emociones, que son la “nafta super 98 octanos” que nos permite tener una actitud aguerrida y menos temerosa ante el mundo.

Para complicar más las cosas tendemos a poner lo negado y reprimido afuera nuestro y entonces, desde ese lugar, se nos vienen en contra.  Un ejemplo: el chiquito que en lugar de enojarse con mamá porque se va al cine con papá, tiene miedo de que les pase algo. Esto ocurre porque niega y reprime su enojo y lo saca afuera, entonces teme que ese enojo negado, reprimido y proyectado, los dañe. Por eso, el mundo externo de un niño temeroso es mucho más hostil que el del niño que tiene menos miedos, porque está investido con aquellas emociones y pensamientos que no tolera sentir o pensar.

Los chicos conectados con sus emociones se quejan más y son exigentes porque se animan a sentir y comprueban que no dañan con eso que sienten o piensan, lo que se convierte en un círculo virtuoso de conexión con ellos mismos y de aceptación de sí mismos, y por lo tanto termina siendo una fuente de buena autoestima y de fortaleza interna.

Una buena fórmula para los miedos es la del burro: zanahoria y palo. Mucha zanahoria (estímulo y acompañamiento) y palo (un empujoncito) en el momento adecuado, porque si lo damos antes de tiempo ¡retroceden un montón de casilleros!

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