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Sophia - Despliega el Alma

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POR Miguel Espeche - Columnistas

7 noviembre, 2017

Los celulares, espejitos de colores hipnóticos

Es cierto que, la mayoría de las veces, los elegimos como instrumentos necesarios para comunicarnos con los otros. Sin embargo, es posible atravesar sus relucientes encantos: solo es cuestión de redescrubrir el maravilloso mundo que hay más allá de la pantalla.

La irrupción de los celulares y otras pantallas es parecida a la revolución de la televisión allá por la década del 50, y su popularidad arrasadora, como en aquel entonces, mueve a miedos y cuestionamientos que surgen de la incertidumbre que genera su masividad.

Es fácil llorar lo perdido ante el avance de tanta tecnología, anunciar el Apocalipsis, criticar la tontera del que se tropieza en la calle por mirar la pantallita o se mata en la ruta por igual motivo. Los celulares y las pantallas en general, que proponen una nueva noción de “red social” muy particular, son sin duda sobreestimulados por el famoso “mercado”, que desde siempre apuntó a tener poblaciones emocionalmente insatisfechas para venderles, a modo de sucedáneo, cosas y más cosas.

Quizá con el celular pase algo parecido a lo del cigarrillo, que se sostenía en las manos para evitar la abrumadora sensación de vacío llamada “angustia”, aunque en realidad el celular no resulta tan nocivo en términos de salud ya que es un aporte a la vida diaria que permite a los padres saber dónde están los hijos, a los automovilistas avisar de un accidente en la ruta o a cualquiera enterarse, en algún momento de ocio, de algo interesante vía aplicaciones como Facebook, Twitter o Instagram, por mencionar solo algunas.

Es verdad que la conversación cara a cara se extraña, pero también es verdad que cada tanto van apareciendo tomas de conciencia que apartan la mirada dirigida monopólicamente hacia esos espejitos de colores tan lindos, pero tan hipnóticos. Algunos, poco a poco, se van cansando y regulan la cosa, como esos restaurantes que juegan con la novedad de guardar los aparatos hasta después del café final.

Habrá que reaprender a conversar, porque si algo denuncia la oleada de pantallas, es que se conversa sin arte desde hace ya largo tiempo, como si hacerlo fuera una simple transferencia de datos y no un encuentro de universos en clave coloquial. Deberán quedar atrás las peroratas con los hijos, para que surjan los encuentros de verdad que los hagan elevar la vista de la pantalla; deberán aparecer los afectos entre los amigos y la sinceridad en los encuentros, que conmuevan más que un tuit o un posteo, para que la realidad sea más real y, sobre todo, más palpitante que la virtualidad.

“Habrá que reaprender a conversar, porque si algo denuncia la oleada de pantallas, es que se conversa sin arte desde hace ya largo tiempo, como si hacerlo fuera una simple transferencia de datos y no un encuentro de universos en clave coloquial”.

Despertarnos de esa hipnosis no es un tema de rebelión contra los celulares o de pelea con las circunstancias, sino de inteligencia y confianza. Inteligencia, para no dejarnos manipular con los chiches que nos distraen de nosotros mismos, y confianza en que la fuerza de lo humano prevalece y, tras la borrachera tecnológica, lo más genuino se impondrá para seguir, sin atajos,  el camino.

Usemos el celular, sin culpa, disfrutándolo. Pero, así como cada tanto vale mirar las estrellas, la luna, el horizonte, también vale descorchar un vinito, encender un fuego, recostarse en el sillón y dejar que las cosas fluyan: palabras, miradas, caricias, texturas de las emociones que revelan lo que somos. Si hacemos eso, y sin cruzadas en su contra, el celular ocupará su lugar, corriéndose hacia el costado y bajándose del altar. Tras agradecer sus servicios, lo dejaremos descansar un poco, porque tenemos cosas más lindas, intensas, divertidas y verdaderas que hacer, allí, junto a los otros que están a nuestro lado.

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