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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Columnistas

21 diciembre, 2016

Lo eterno femenino

Recuperar el espíritu de lo femenino para integrarlo a la consciencia, será la clave para comenzar a recorrer un cambio cultural verdadero. Juntos, varones y mujeres, dispuestos a construir una sociedad más sabia, más humana...

 

Ilustración: Maite Ortiz.

Hace unos días fui invitada al teatro por uno de los actores de Casa Valentina, con una advertencia que, por supuesto, consiguió convocar mi curiosidad: “Tenés que estar dispuesta a ver siete varones vestidos de mujer durante toda la función”. Basada en hechos reales, la obra consiguió por momentos atraparme en una temática de varones que casi no conocía. En un tiempo del siglo pasado en que el travestismo estaba penado por la ley, siete amigos que se declaran heterosexuales se encuentran un fin de semana en una casa secreta con el solo fin de vestirse de mujer, con ropa de fiesta, y cambiar de identidad y de nombre por un rato. Cada uno irá contando su historia y su otra vida en el mundo exterior, sus motivaciones y ambivalencias que los llevan a estar ahí. Con la presencia de una sola actriz, la esposa cómplice de unos de ellos (la otra es una hija que aparece solo al final), el contraste entre mujeres reales y ficticias está siempre presente, hasta que se desencadena el conflicto del que aquellas dos mujeres son parte importante.

La obra pasa de lo personal a lo político y de la comedia a la tragedia con varios altibajos, pero fundamentalmente me dejó pensando en las muchas formas en que hoy se manifiesta “lo femenino”, en hombres hetero que se travisten, mujeres trans, varones metrosexuales o simplemente afeminados que adoptan poses o gestos de mujer. Ocupada desde hace tantos años en entender la problemática de las mujeres, me quedé pensando en el valor simbólico de la obra: el deseo de varones heterosexuales de vestirse de mujer por puro placer –en algunos casos hasta erótico– me pareció un símbolo del extravío del espíritu femenino en medio de la cultura masculina actual, que intenta de mil formas manifestarse en la materia, en lo corporal, lo exterior y accesorio. Una peluca, el maquillaje, el corpiño o los tacos pueden ser formas de hacerle lugar a la parte femenina interior, literalmente, para “actuarla”. El mismo extravío que hace que tantas mujeres de hoy crean que su imagen de sex symbol o de mujer hot las hacen más femeninas.

Me pregunté si habría sido posible esta obra de teatro pero al revés: siete amigas mujeres vestidas de varones, con todos los elementos más típicos masculinos, como los rígidos trajes sastre con chaleco y corbata, bigotes y barba. Me contesté que esa obra sería un fracaso ya que eso no resultaría algo tan extraño para alguien, salvo por la barba o el bigote. Es un tema superado.

A partir el siglo XX, cuando las mujeres salimos del hogar para estudiar en las universidades y trabajar en las fábricas, en política o en ciencia, tuvimos que desarrollar nuestra parte masculina para integrarnos a ese mundo. Transcurridas varias generaciones, en buena medida hemos incorporado a nuestra consciencia el espíritu de lo masculino –el inconsciente de la mujer que Carl G. Jung llama el animus– con sus cualidades específicas, valiosas para todo ser humano, varón o mujer: el pensamiento racional y abstracto que permite un desarrollo intelectual y científico; la capacidad de ganar dinero para tener autonomía económica; la disciplina y la competencia para alcanzar metas; el apoyarnos en la razón para hacer juicios objetivos y tomar decisiones no solo basadas en nuestra intuición femenina y subjetiva.

Al destino único de madres y amas de casa las carreras profesionales le ampliaron el horizonte. De maestras y enfermeras en el siglo XX a casi todo el espectro laboral actual. Por cierto, mientras este proceso de integración psicológico y cultural iba sucediendo, empezamos a usar pantalones, tailleurs y trajes sastre con hombreras, ocasionales corbatas o sus equivalentes moños, botas, sombreros, etc. Pero, que yo sepa, nada de esto se hizo –ni se hace hoy– como un ritual oculto en nuestras casas, como si cambiar de ropa pudiera ser un sustituto de la transformación psicológica. Ese cambio de guardarropa fue la consecuencia de una cierta masculinización de nuestro ser y hacer, que nos llevó a usar algunas prendas masculinas, también por simple comodidad.1

La mujer está ocupando cada vez más espacio en el debate cultural, también entre nosotras, las mujeres, que una y otra vez denunciamos el ser tratadas como “objetos” sexuales o como propiedad de los varones, y no como “sujetos” autónomos. Esta reivindicación ha desatado una diabólica violencia de varones machistas contra las mujeres a las que tienen de rehenes, violadas y abusadas en las guerras, sojuzgadas con excusas religiosas, o maltratadas y asesinadas en lo privado, un genocidio planetario. Paradójicamente, cada vez más mujeres consiguen altos cargos de poder, ya sean políticos o corporativos. Lo femenino está buscando un nuevo lugar en la cultura.

La Sophia como arquetipo femenino

Ya en el siglo XIX Goethe describió el drama del hombre moderno en su célebre obra Fausto: un varón racional y erudito en todas las ciencias que vende su alma al diablo a cambio de encontrar la plenitud de la vida. Al final Fausto comprende que la búsqueda de toda su vida, el deseo primordial del varón, es el espíritu del Eterno Femenino, que una y otra vez se proyecta sobre las ocasionales mujeres de carne y hueso de las que cree haberse enamorado. El último verso, que Goethe remite al arquetipo de la mujer espiritual, la Virgen María, es bien conocido: “Lo Eterno Femenino nos atrae hacia lo alto”.

Sin embargo, un siglo después, C. G. Jung propuso otro arquetipo de lo femenino, Sophia, y para eso recupera de las antiguas tradiciones los cuatro grados del eros heterosexual de los varones, la imagen inconsciente del anima:

“Ya la Antigüedad tardía conocía esa escala erótica de las cuatro mujeres: Hawwá (Eva), Helena (de Troya), María y Sofía; una serie que se repite de manera alusiva en el Fausto de Goethe mediante las figuras de Margarita (la relación puramente impulsiva: Eva), Helena (una figura del anima), María (la personificación de la relación celestial, es decir, cristiano-religiosa) y lo eterno-femenino (Sofía, expresión de la sapientia alquimista)”.2

Si Eva simboliza la madre primordial y Helena, la mujer objeto del amor romántico y sexual, con María el eros se espiritualiza y ella es símbolo de la maternidad espiritual. Integrar en la consciencia a estas tres mujeres arquetípicas –Eva, Helena y María– es alcanzar una imagen superadora de las anteriores, la Sophia, la sapientia o sabiduría de Dios.

Parece obvio concluir que hoy el desafío de la humanidad es recuperar el espíritu de lo femenino, compensatorio de lo masculino, para integrarlo a la consciencia, tanto de varones como de mujeres, y a la cultura. Integrar los opuestos requiere imaginación y un camino espiritual. Oscilar de un polo al otro es solo el signo de que esa integración psicológica no se ha logrado y por eso se mantiene en el ámbito de la materialidad. Mujer y varón no es lo mismo que masculino y femenino, y el tamaño del busto o un bigote no son atributos que definen a los seres humanos.

A pesar de tantos extravíos, el alma femenina sigue viva. En las terapias y en los círculos de mujeres, esa energía fluye como antes, como siempre. Es ese espíritu de plenitud más que de perfección, emocional más que racional, que reivindica sus cualidades distintivas como la empatía y el amor, el deseo de concordia más que de confrontación, de cooperación más que de competencia, de comunidad más que de conquista, de solidaridad más que de dominio. Ya es tiempo de comprender que lo Eterno Femenino tan añorado y celebrado por poetas y artistas finalmente no es más que la manifestación de la sabiduría de Dios en el alma humana. 

1 Tan atrás como en 1971, el primer día que ingresé a la Facultad de Ingeniería de la UCA, me avisaron que estaba prohibido a las mujeres entrar en pantalones; pedí hablar con el decano y argumenté que si el Papa me dejaba comulgar así, bien podía asistir a una clase de matemáticas, y al día siguiente la norma fue derogada.

2 Carl Gustav Jung, La práctica de la psicoterapia, vol. 16, Obras Completas, Trotta, Madrid, 2006.

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