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Sophia - Despliega el Alma

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POR Bernardo Nante - Columnistas

21 agosto, 2018

“Llamado o no llamado, Dios estará presente”

El mundo contemporáneo vive como si Dios (o dios) no estuviera presente o como si Dios no existiese. Esta supuesta ausencia, dice el autor de esta columna, no se limita a lo que denominamos “Dios”, sino al sentido profundo de la vida. La desesperación y la desorientación son, paradójicamente, el modo como “dios” se hace presente por el absurdo.

El célebre psicólogo C. G. Jung había inscripto en el dintel de la puerta de entrada de su casa en Küsnacht, Suiza, la siguiente leyenda: “Llamado o no llamado, Dios estará presente” (Vocatus atque non vocatus deus aderit). ¿Qué significado podrían tener para Jung estas sugestivas palabras tomadas de la obra de Erasmo de Rotterdam? Más aún: ¿en qué medida pueden hoy decirnos algo a cada uno de nosotros?

Es obvio que en el mundo contemporáneo se vive, por lo general, como si Dios (o dios) no estuviera presente o como si Dios no existiese. Y esta supuesta ausencia no se limita a lo que denominamos “Dios”, pues alcanza de modo más genérico al sentido profundo de la vida. La palabra “dios” proviene de una antigua raíz indoeuropea, dyu, que alude al “brillo”, es decir, a la presencia de una potencia dadora de “luz”, de sentido. Otras tradiciones llamarán a esta potencia de otras maneras: tao, dharma, mana, etc.

Los seres humanos vivimos en el mundo contemporáneo obsesionados por las circunstancias externas de nuestras vidas y, por lo general, confundimos el “sentido” con satisfacciones o gratificaciones inmediatas y fugaces. Por cierto, muchas de esas satisfacciones tocan nuestra profundidad, tocan –por así decirlo– nuestra alma. ¿Qué otra cosa es, por ejemplo, el verdadero amor? No obstante, aun aquellas experiencias de tal profundidad e intensidad hacen patente nuestra fragilidad, pues son efímeras.

Precisamente para Jung el criterio último de nuestra “salud”, de nuestro estar “firmes” en la vida o “no enfermos” –pues “enfermedad”, infirmitas, es falta de firmeza–, consiste en ser capaces de establecer un vínculo vivo con Aquello que puede llamarse “Dios”.

En otras palabras, lo que verdaderamente nos enferma es la falta de sentido, la falta de Dios. Pero entiéndase bien: con esto no me refiero a una “tabla de salvación” externa, neurótica, sino a una presencia veraz y actuante, que acompaña la profundidad de la vida. Si me aferro ciegamente a una praxis religiosa o espiritual solo para calmar mi angustia, se trata en definitiva, como diría Freud, de una neurosis obsesiva.

Para Jung, por el contrario, la ausencia de “Dios” parece ser la mayor enfermedad del ser humano y la raíz última de la mayor parte de las enfermedades psíquicas. En un conocido pasaje, afirmó: “Estamos todavía tan poseídos por nuestros contenidos anímicos autónomos como si estos fueran dioses. Ahora se los llama ‘fobias’, “obsesiones”, etcétera; brevemente, síntomas neuróticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige más el Olimpo, sino el plexo solar y ocasiona curiosidades para la consulta médica, o perturba el cerebro de periodistas y políticos, quienes, involuntariamente, desencadenan epidemias psíquicas”.

Así, paradójicamente, el vacío, la desesperación, la desorientación es el modo como “dios” se hace presente por el absurdo; eso es lo que quiere decir, en parte, “llamado o no llamado, dios estará presente”.

Tres son, a mi modo de ver, las tipologías que caracterizan al ser humano contemporáneo medio que se niega a reconocer esa presencia de Dios: el escéptico, el dogmático y –el menos reconciliable de todos– el indiferente o tibio.

El vacío, la desesperación, la desorientación es el modo como “dios” se hace presente por el absurdo.

Hay algo de nobleza en el escéptico porque ha decidido no acatar autoridad alguna; no resguardarse de la tempestad de la vida en refugios prestados. Pero ese es el escéptico que hace honor a la acepción antigua del término, según la cual “escéptico” es “el que mira o examina cuidadosamente”. Tal cuota de escepticismo limpia la mirada del hombre que busca y que se busca, y evita adhesiones ciegas. En cambio, no es verdadero escéptico quien niega toda posibilidad de acceso a la verdad sin el compromiso de buscarla. Bajo el ambiguo rótulo de “escépticos” suelen enmascararse los tibios, los indiferentes, que, mediante un aparente preguntarse, solo examinan conceptos, argumentos, sin arriesgar su propia actitud, su propia forma de estar en el mundo. Por cierto, el escéptico puramente teórico, en apariencia neutro, suele comportarse en la vida dogmáticamente. En cambio, el verdadero escéptico, aquel que indaga, que mira, que busca, no puede descartar los métodos silenciosos de la meditación, de la atención plena, de la contemplación, y de algún modo cultiva una apertura al misterio que no supone adhesión acrítica alguna.

No es verdadero escéptico quien niega toda posibilidad de acceso a la verdad sin el compromiso de buscarla.

El dogmático, en cambio, se acantona en alguna doctrina, y en determinadas observancias que le permiten sostener su convicción de que está en paz con Dios. El dogmático afirma con vehemencia su propia doctrina, pero en verdad está más sostenido por negaciones que por afirmaciones pues teme todo aquello que ponga en evidencia la fragilidad de su sistema. Cualquier doctrina o modo de vida que sea o parezca diferente a la propia es una grave amenaza. Por cierto, si el dogmático decide indagar en la prehistoria del dogma que por lo general es “símbolo”, es decir, un lenguaje que conserva vestigios de la experiencia originaria de los fundadores de su tradición, entonces, su propia doctrina, su propia observancia, adquiere vida. En otras palabras, si el dogmático intenta de corazón remontarse a la experiencia originaria de su propio dogma, ya deja de ser “dogmático” aunque aún mantenga vigente su doctrina y su praxis. Es probable que su versión de la doctrina y su praxis cambien, pero en todo caso lo que verdaderamente varía es la vitalidad y la autenticidad de su abordaje.

En definitiva, el escéptico y el dogmático encerrados en sí mismos son tibios. En el Apocalipsis 3, 15-16, leemos: “¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”.

Si el dogmático intenta de corazón remontarse a la experiencia originaria de su propio dogma, ya deja de ser “dogmático”.

El hombre no sufre debido a su finitud o a su contingencia, como reitera nuestro pensamiento contemporáneo; el hombre sufre porque está herido de eternidad. Tal herida no se sana con remedos ni enmascaramientos, no tolera mediocridades, ni escapismos, ni facilismos, pues exige de nosotros un compromiso total. Si has vivido fragmentado, si has vivido engañando y engañándote, la muerte rompe las falsas tabicaciones de tu ser y te disuelve en la inconsciencia, o por el contrario, tu conciencia –aunque frágil– y tu compromiso –aunque vacilante– te absuelven en Dios. En definitiva, se trata de la añorada salvación o liberación que se busca, a cada minuto, aquí y ahora, con pureza de corazón, con una entrega tan fervorosa como mesurada en sus medios. Pues, aunque no se lo llame, dios estará presente; Dios es la Presencia.

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