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Sophia - Despliega el Alma

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POR Adriana Amado - Columnistas

30 julio, 2018

La trampa del descremado

Muchas veces recurrimos a satisfacer nuestro apetito con alimentos insípidos que nos regalan una falsa promesa adelgazante. Pero ojo, que no es oro todo lo que reluce en las luminosas góndolas de los productos light...

Los viajes suelen brindar experiencias gastronómicas exóticas, pero la más impactante de los últimos tiempos me la deparó un modesto alimento. Estando en España, fue toda una sorpresa descubrir que un simple yogur puede ser delicioso, muy diferente a ese bodrio soso, gelatinoso artificial que se ofrece en las góndolas argentinas. Comparado con cualquiera de los que se consumen en Europa, nuestro yogur descremado es un premio consuelo con el que creemos engañar el estómago. Aunque los engañados seamos los consumidores que insistimos en llamar yogur a esa promesa de delicias dibujadas en la etiqueta.

Más sorprendente fue comprobar que en Europa hay poca oferta descremada y que, sin embargo, la gente no parece estar más obesa que en la Argentina. En un contexto menos estricto en las leyes de etiquetado, la industria local sigue aprovechando el cuco de las grasas para vender alimentos que se presumen buenos por el simple hecho de prometer un 0% en la etiqueta. Nos saben un mercado menos enterado de las investigaciones que cuestionan las supuestas propiedades adelgazantes de estos productos dietéticos, que ni preguntamos si ese cero es de grasas, de sabor o de salud, para llevarnos el alimento a la boca. “No comemos lo que nos gusta, comemos lo que no suma calorías. No comemos lo que queremos, obedecemos las leyes arbitrarias de una metarreligión que se llama dieta”, explica Valeria Groissman, autora, junto a la doctora Mónica Katz, del libro Más que un cuerpo. Con fe ciega, no cuestionamos si reducir un poco de algo no tan bueno como las grasas justifica que aumentemos algo bastante malo como edulcorantes, saborizantes y colorantes que les agregan para compensar la pobreza alimenticia.

¿Alguna vez verificaron la diferencia de grasas y de calorías entre el queso blanco regular y sus versiones insulsas light, descremada, liviana? ¿Vieron que algunos ni siquiera pueden ser etiquetados como “queso” o “yogur” y se venden como “alimento lácteo”? Lo mismo ocurre con las golosinas supuestamente dietéticas, bañadas de algo que no puede llamarse “cobertura de”, sino que deben sincerarse como “con sabor a” chocolate, limón, yogur. Con el agravante de que la etiqueta verde nos hace suponer que ese alimento es menos calórico y, por tanto, nos habilita a duplicar la ración.

En los sitios que informan las propiedades de los alimentos, como nutrinfo.com, puede comprobarse que el ahorro calórico que supone un café con edulcorante o un yogur dietético es nada comparado con, por caso, una copa de cualquier bebida alcohólica. Se sorprenderían de saber que casi no existen alimentos de menos de cien calorías, rango en el que compiten la proverbial barrita de cereal con un chocolate pero de los de verdad. Alcanza con salir de la comodidad de la publicidad engañosa y leer la letra chica de las etiquetas para comprobar que las calorías no son relevantes cuando se trata de una cucharada de mermelada o una porción razonable de postre. La cuestión es elegir entre una moderada pero sabrosa porción de algo que nos deje satisfechas de cuerpo y de espíritu, o llenar el buche de edulcorantes y sabores inventados con químicos insanos. Belleza es estar bien alimentadas y mejor informadas.

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