Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 mayo, 2013

La revelación silenciosa

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Nadie puede negar que en las últimas semanas el país ha entrado en una vorágine de acontecimientos serios –algunos muy  graves– que hacen pensar en una montaña rusa o también en un enigmático y apocalíptico partido de ajedrez entre fuerzas opuestas. La gente está desconcertada, angustiada, algunos están deprimidos, otros acelerados e hiperactivos, porque los hechos se suceden con una velocidad tal que no permite procesar toda esa información que recibimos desde los medios. Hoy, como nunca antes, la tecnología de la comunicación provee una fuente inagotable de imágenes y palabras que impactan en el alma, para bien o para mal, y a las que no llegamos a darles toda la dimensión que tienen. Por eso, porque yo también me sentía agobiada, quise parar la pelota y compartir con ustedes mis reflexiones. Escribir siempre ha sido una forma valiosa de elaborar.

Empiezo. Renuncia de Benedicto XVI a principios del mes de febrero. Acto masivo del 22-F en Plaza de Mayo por el aniversario de la “masacre de Once”. También en febrero, tratamiento exprés –en sesiones extraordinarias– del memorando de acuerdo con el nefasto gobierno de Irán por el atentado a la AMIA. El 5 de marzo muere Hugo Chávez. El 13 de marzo, con la elección de Bergoglio, estalla la alegría y las imágenes del Papa muestran en los detalles la grandeza y la humildad de Francisco.

Luego llegarían las nuevas imágenes del horror, con las inundaciones en la Capital y en la ciudad de la Plata, el 2 de abril, que dejaron decenas de muertos. El agua sacó a flote las maniobras perversas de la política. Pero la mezquindad quedó descolocada frente a la generosidad de la gente, una avalancha de donaciones y voluntarios provenientes de todo el país que acudió a dar una mano a los inundados, sin banderas políticas ni chalecos partidarios, porque el amor es gratis. El 8 de abril, cuando ya se rumoreaba el fallo judicial adverso al Gobierno en la causa Clarín, la presidenta envía al Congreso otro trámite exprés: un paquete de seis leyes claves para “democratizar la Justicia”, un certero ataque tendiente a asegurar la impunidad de los funcionarios y, de paso, anular el derecho de amparo de los ciudadanos contra las arbitrariedades del Estado. Otra vez la división y el enfrentamiento. Un país agotador.

Pero la montaña rusa no se detuvo ahí: el domingo 14, sale a la luz el explosivo informe Lanata (1ª parte) que involucra a empresarios cercanos al Gobierno en maniobras de corrupción y lavado de dinero. La investigación ya disparó una causa judicial. Broche final, al menos hasta el cierre de esta columna: mientras los legisladores K aprobaban la controvertida reforma judicial, la masiva marcha de protesta del 18-A inundaba las plazas en todo el país (y en el exterior) y así volvía a ocupar el centro de la escena política y de los medios con un firme reclamo institucional: JUSTICIA.

Esta última marcha tuvo un tono más grave que las anteriores, porque una cosa es leer todo esto en un diario y otra cosa es verlo. La gente está cada vez más cansada de las luchas épicas que se ven en vivo en los medios. La imagen visual es un arma poderosa porque mueve a la acción, y si se multiplica en las redes sociales y en la nube de tecnologías de comunicación, se puede transformar en un instrumento letal para la mentira, la corrupción y el delito organizado. Comienza una nueva era…

Un cisne negro

El 13 de marzo sucedió lo que los politólogos llaman “un cisne negro”, o sea, un acontecimiento que, si bien no es algo imposible, tiene muy pocas probabilidades de ocurrir, y por ello sus consecuencias son impredecibles, porque no hay antecedentes. La elección de Jorge Bergoglio como papa es un cisne negro por donde lo miren: no es italiano, ni siquiera es europeo ni pertenece a la poderosa y cuestionada curia romana. No proviene del clero diocesano, como la gran mayoría de los cardenales, sino de una congregación. Es el primer papa jesuita de la historia, luego de quinientos años de relaciones complejas con el Vaticano de turno.

James Martin, sacerdote jesuita, editor de la revista America y autor del libro The  Jesuit Guide to (Almost) Everything (La guía jesuita para casi  todo), explicó hace poco en una carta personal las enormes diferencias que existen entre los sacerdotes. Los que pertenecen al clero de alguna manera hacen la “carrera” dentro de la Iglesia: comienzan como sacerdotes de parroquia, más tarde los nombran obispos y arzobispos hasta que después el Papa los nombra cardenales. Los miembros de las órdenes religiosas, como los franciscanos, los dominicos y los jesuitas, viven una vida distinta, que en general está vinculada a los pobres, la salud y la educación. Hacen votos de pobreza, castidad y obediencia, viven en comunidades y no reciben un salario. Los jesuitas, además, hacen los famosos ejercicios espirituales y otros votos especiales, de obediencia y disponibilidad al Papa, de “amar la pobreza como a una madre” y uno muy notable: no “ambicionar ni buscar” un alto cargo; en otras palabras, ser indiferentes al poder, como pedía su fundador, Ignacio de Loyola.

Tal vez ahora resulte más fácil comprender los gestos del papa Francisco que ya han comenzado a revolucionar a la Iglesia y al mundo, y reconocer que nos encontramos ante algo definitivamente nuevo de imprevisibles consecuencias. Un cisne negro. La coherencia del nuevo papa viene siendo contundente en todos los frentes. Hace pocos días, dio una clara muestra de ese discernimiento ignaciano al pronunciarse con firmeza frente a la poderosa curia romana y sus conocidos escándalos económicos: “Pecadores sí, corruptos no”.

Apocalipsis: el libro de la Revelación

“Pecado” en griego quiere decir “errar al blanco”, o sea, equivocarse. Dios nunca se cansa de perdonar a los que se equivocan y se arrepienten, pero el amor divino incluye la Justicia, para detener –nunca tan apropiada la palabra– a aquellos que perseveran en el mal y con sus conductas dañan a otros.

La Justicia divina no es igual a la justicia humana, que es falible, imperfecta y hasta venal. Por eso mismo, tampoco está en las manos de los jueces, ni de los fiscales, ni mucho menos en las manos del Poder Ejecutivo de turno. Tampoco está en las manos los legisladores de tal o cual partido, ni de los periodistas de tal o cual canal; ni en las manos de los empresarios K o anti-K, ni de los militares, ni de los sacerdotes… ni… ni… El bien y el mal, la verdad y el error, la coherencia y la mentira, la corrupción y la honestidad… no se dividen mágicamente por partidos políticos, ni por categorías, ni por raza, ni sexo, ni banderas… Son inherentes a la condición humana, a todos nosotros. Es necesario discernir entre todos dónde está el Bien y dónde el Mal, evaluar la coherencia entre hechos y palabras, buscar la verdad y rechazar la mentira.

En la marcha del 18-A había muchas banderas argentinas y muchos pedidos de unidad y de justicia. Aquí y allá, flameaban algunas pocas banderas papales, en una clara alusión a ese nuevo líder espiritual que es Francisco. No estaban en la plaza del 8-N del año pasado. Quise ver en esto el símbolo de una nueva Argentina, donde los argentinos, luego de haber dado mil testimonios de amor solidario con los pobres y las víctimas de las tragedias –desde la Embajada de Israel, la AMIA, Cromagnon, Once y La Plata–, comprendimos nuestro pecado-error: haber tolerado la mentira, la corrupción y la injusticia de tantos funcionarios públicos durante tantos gobiernos. Una Argentina que finalmente comprendió que la mentira es una estafa y que la corrupción mata. Y no está dispuesta a tolerarlas más, y por eso clama por Justicia. Toda una revelación. Recordé entonces ese bellísimo y esperanzador texto del final del Apocalipsis de San Juan (cap. 19, 11-13), que se refiere a Cristo:

Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama “Fiel” y “Veraz”; juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios”.

Y me quedé tranquila…

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