Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - La vida como camino

22 septiembre, 2014

La primera verdad: ¡”Ábrete, sésamo!”

“Abril” viene del latín, “aperire”, que significa abrir. Y refiere a que en el hemisferio Norte ese mes va gestando el tumulto germinal de la primavera. ¿Por qué comienzo por aquí? Porque yo me había conseguido, siendo muy joven, una latita de acero en donde acurrucarme, chiquitita, y que nada, -pero nada-, volviera a hacerme daño. Me había golpeado contra las aristas del mundo; palpé con las manos recién hechas, la piel aún de niña, y toqué la vida: era áspera. Entonces me retiré a mi latita de acero. Era como una alcancía: adentro había algo valioso, que era yo misma. Por la hendija miraba al mundo, (y el mundo tenía, entonces, la forma de mi hendija). Y me pasaba como a las monedas, pero aún no lo sabía: las monedas de una alcancía sólo son valiosas si participan del intercambio con el mundo; tienen valor en referencia a su época, a su entorno. Dentro de la latita, son nada: pedacitos redondos de metal. Así fui yo.

Un día (y otro, y otro…). Y mientras tanto yo me devaluaba, soñando con que eso era estar a salvo. A salvo! Aislarse no es estar a salvo: es devaluarse. Pero un día (y otro, y otro…) me di cuenta: las palabras justas hicieron de cerrajero, y abrieron la pequeña hendidura de esa lata en la que yo vivía. Y comprendí muchas cosas (no todas en un día). Y muchas aún no las comprendo, pero, éstas sí (hoy, que más de media vida fue consumida, degustada, invertida fervientemente; hoy, que hace ya muchos años me mudé de mi lata a un lugar donde tengo mi mejor protección: la intemperie). Y vi que…

– La mejor manera de sufrir decepciones y seguir vivenciando al mundo como hostil es encerrarse. Curiosamente, esta afirmación que nace de mi propia experiencia de vida y de ver acompañar la vida de tantos pacientes hoy está confirmada por estudios de las Neurociencias: quien se encierra y tarda mucho en volver a intentar abrirse, cuando lo haga tendrá tal necesidad de contacto que buscará al otro con demasiada vehemencia, apego, actitud demandante o dependiente… lo cual generará altas posibilidades de que construya lazos disfuncionales. Así, volverá a encerrarse, desencantado del mundo, por otro largo tiempo… hecho que le dejará en el mismo nivel de hambre de afecto, con posibilidades de repetir historia, eligiendo mal o malviviendo lo bien elegido.

– Estos estudios dicen además que las personas que se abren al mundo así (escasamente, esporádicamente), tienen más probabilidades de encontrarse con personas poco veraces o manipuladoras, y con situaciones desafortunadas que no alcanzan a descifrar justamente porque, al volver a cerrarse, se van dejando a sí mismas carentes de experiencia. Obviamente, cuanta menos experiencia tengamos, más nos equivocaremos. Y si vamos hacia la experiencia en actitud de todo-o-nada, de modo que si sale mal enclaustremos el corazón por otra decena de años… poca ha de ser la experiencia emocional como para ser mejores electores la próxima vez!

– Convivir con el mundo requerirá, entonces, no de una lata con cerrojo en la que guarecerse (mínimo búnker de un espíritu sensible); precisará de una válvula que permita entrar al mundo a nuestra vida, y dejarlo salir cuando lo necesitemos; o, si se quiere, que nos permita salir al mundo y volver a retirarnos con fluidez. Sin embargo, esto requerirá de una condición que me ha costado mucho aceptar: renunciar al dramatismo de concebir la propia vida como algo épico, extremo, donde abundan victimarios, situaciones por las cuales inmolarse, ser un mártir hecho a medida, “amar hasta que duela” (con todo lo neurótico que tiene esa expresión tan ensalzada por la sociedad!).

– Pero… por qué este texto se titula “La primera verdad”? Porque ésa es una de las etimologías de la palabra “primavera”: Prima Vera. La primera verdad es que vinimos a abrirnos, para nosotros mismos y para los demás (incluyendo la evolución del Todo a través de cada pequeño humano). La primera verdad es que nadie nació a algo tan increíble como es la experiencia humana para ser solamente un puñado de monedas en una inaccesible alcancía. La primera verdad es que vinimos a darnos y a recibir. La primera verdad es que sólo florecemos si nos exponemos al sol, a la lluvia, la noche, las heladas que queman lo que está de más. La primera verdad es que enfermo viene de en fermé (encerrado). Que, como dicen los sufis, la persona que aspira a despertar (a autodesplegarse) necesita “vivir con el corazón abierto, aun en el infierno” (“en el invierno”, escribí por error de tipeo, y por acierto del Inconsciente).

Duele? Claro! Pero sé que, quien ha pasado por los mismos barrios internos que yo, sabe cuánto más duele el vivir en una lata pequeña, sin valor puesto al servicio del mundo, esperando que alguien diga el “Abracadabra” justo para que nos animemos a salir del escondite. “Abra”. Simplemente abra! Con “cadabra” o sin ella. O, si se quiere, -como en el cuento de Alí Babá- “Ábrete, sésamo!”. Y allí aparecerá la cueva con todos los tesoros. No son sólo para nosotros, -ni siquiera nuestros propios tesoros!-. El sésamo es la semilla más pequeña desde la cual germina el más grande de los árboles. “Ábrete, sésamo!” es una expresión oculta que viene a través de la noche de los tiempos a decirnos eso: que la Primera Verdad es abrirse; y que ningún tesoro vale nada si se mantiene en una en una cueva inaccesible. O en una pequeña lata en la cual sólo cabe un triste bonsái de sí mismo.

Qué elegimos ser? El sésamo o el bonsái? En la lata o la sacra intemperie? Te invito a que nos cobijemos bajo una pequeña manta, a disfrutar esta noche de la caravana de estrellas que marcha hacia el Oeste…

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