Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Columnistas

30 marzo, 2018

La oscuridad espiritual de Occidente

En medio del debate por la legalización del aborto, un llamado a recuperar los valores espirituales que fueron parte central de la cultura occidental, para integrarlos al enorme desarrollo científico y tecnológico en favor de la vida.

En  febrero Mauricio Macri sacudió la política nacional y la opinión pública al habilitar la discusión sobre el aborto legal y gratuito. El debate viene de lejos. Ya en el año 1994, en el contexto de la reforma constitucional, se desató la polémica y se alzaron muchas voces –incluida la mía en una columna*–, lo que terminó consagrando el derecho a la vida desde la concepción. 

*Podés leer la columna El nudo gordiano y el aborto haciendo clic en este enlace

Suscribo aquello que escribí. Sostenía entonces, y aún hoy, que el aborto es una lucha de poder donde se enfrentan dos actores que defiende cada uno un derecho: el niño por nacer, el derecho a su vida, y la madre, el derecho a la libertad de decidir sobre su cuerpo. Los dos valores, la vida y la libertad, que dieron origen en Estados Unidos a los dos movimientos, Pro Life y Pro Choice. Enfrentar esos dos derechos en condición de igualdad es una falsedad, ya que no son equiparables porque tienen distinta jerarquía y prevalencia. Uno es precondición del otro, ya que puede existir vida sin libertad, pero no puede existir libertad sin vida, y cualquier condenado a muerte lucha por cambiar su condena por la cadena perpetua. Sin embargo, el debate existe porque los derechos, consagrados en las leyes, se sustentan con la fuerza, con el poder del Estado para darles cumplimiento, y en este caso hay una abrumadora y decisiva asimetría de poder entre ambos actores. Aunque el embrión humano (o el feto) tiene un derecho superior –la vida–, carece de cualquier forma de poder para enfrentar el que ejerce su madre (y/o del padre). Los fetos no pagan campañas, no hacen manifestaciones, no votan. Decía entonces en aquella columna: 

“Reconocer a la mujer el derecho de abortar significa aceptar y consagrar una aberración: que el poder otorga derechos. Es admitir la ley del más fuerte, la ley del gallinero. El que está más arriba en la escala de poder hace lo que quiere con el que está más abajo por una razón simple: porque quiere y puede. Y punto”.1

Décadas después pienso lo mismo, y hoy con más fundamentos. La cuestión sobre si un embrión es una “vida humana” quedó zanjada por la ciencia, porque los estudios genéticos confirmaron que ya tiene su ADN completo. Se discute entonces si hay “persona jurídica sujeta a derechos” antes de la semana catorce. Otra vez es la arbitrariedad del poder la que se arroga la potestad de definir cuándo una “vida humana” en pleno desarrollo se transforma misteriosamente en una “persona jurídica”. Si se habla de salud pública, los datos no ayudan demasiado. Según cifras oficiales, en 2016 en la Argentina murieron 43 mujeres por embarazos terminados en aborto, lo que, sobre los supuestos 500.000 abortos clandestinos, representa el 0,0086%. Casi no se habla de la responsabilidad del Estado, la familia y de toda la comunidad en la prevención del embarazo y la asistencia a una madre desesperada, para salvar ambas vidas.  

Un paradigma superador

Siempre me ha sorprendido la militancia “feminista” a favor de este atropello del derecho humano a la vida. Asociar el concepto de feminismo con el aborto ha sido una estrategia efectiva pero falsa, además de contradictoria. Falsa, porque hay millones de mujeres feministas que luchan por la igualdad de derechos y se oponen al aborto. Y contradictoria, porque la esencia del feminismo denuncia –y con razón– el histórico abuso de poder del varón y del patriarcado, en especial con las mujeres. ¿Condenamos el abuso de poder y la violencia del varón que mata una mujer cada 30 horas, pero miramos para otro lado cuando la que ejerce la violencia y mata es una mujer? 

La prepotencia no pasa por el género. Es tiempo de preguntarnos qué clase de país queremos ser y qué civilización global estamos construyendo sobre la sangre de los más débiles e indefensos. ¿Dónde quedan la piedad y la tolerancia? Preguntarnos sin hipocresías qué valores nos guían, porque nos escandalizamos ante una matanza de ballenas o la tala de bosques, pero hacemos silencio frente al hecho de que, según la OMS, todos los años mueren en el mundo 56 millones de niños por nacer por abortos legales e ilegales.

Parecería que después de medio siglo no hubo un cambio de conciencia. Los reclamos de las feministas de hoy son los mismos que yo escuchaba hace cincuenta años y siguen alineados con el viejo debate sobre el poder y no con el nuevo paradigma que está desplegándose en el planeta: otra forma de responder a la realidad, otra cosmovisión, otros valores. Un espíritu que integra lo masculino con lo femenino, el poder con la sabiduría, y que puede manifestarse tanto en los varones como en las mujeres. 

La gran batalla simbólica 

Carl Gustav Jung advirtió sobre “la tremenda pobreza simbólica de nuestra civilización”, y en el caso del aborto es evidente. Se argumenta desde distintos ángulos: creencias religiosas, ciencia, salud pública, derechos, justicia penal y pragmatismo, ignorando la monumental violencia simbólica (además de real) que significa que una madre mate a su propio hijo por nacer.  

Todas las culturas ancestrales, desde el matriarcado en adelante, han celebrado la fecundidad de la mujer asimilándola a la Diosa y Madre Tierra, creadora y dadora de vida, ya que constituye un arquetipo (no un estereotipo) insoslayable para la supervivencia de la especie humana. No es sino a partir de los últimos tiempos que la cultura patriarcal y racionalista ataca ese mito sagrado y busca derribarlo. En este intento, el aborto constituye su mayor batalla simbólica. Los millones de inocentes sacrificados en el altar de las supuestas conquistas femeninas son el más trágico símbolo de la oscuridad espiritual de Occidente, la claudicación del alma humana y de lo femenino frente al poder de la razón pura y el mal. La victoria de la muerte sobre la vida. 

Pero, afortunadamente, los mitos y los símbolos tienen vida propia y permanecen en el tiempo porque no responden al desarrollo racional. Se trata aquí del enfrentamiento entre dos espíritus que Jung distinguió magníficamente hace más de un siglo en el primer capítulo de su obra fundamental, El libro rojo:   

“He aprendido que, además del espíritu de este tiempo, aún está en obra otro espíritu, a saber, aquel que domina la profundidad de todo lo presente. El espíritu de este tiempo solo quiere oír acerca de la utilidad y el valor. También yo pensaba así y lo humano en mí todavía piensa así. Sin embargo, aquel otro espíritu me obliga a hablar más allá de la justificación, la utilidad y el sentido. Lleno de orgullo humano y encandilado por el desmedido espíritu de este tiempo, intenté largamente alejar de mí a aquel otro espíritu. Pero no reparé en que el espíritu de la profundidad posee, desde antaño y en todo el futuro, más poder que el espíritu de este tiempo que cambia con las generaciones”.2

Con este párrafo, que encabeza el editorial de la versión local del libro, Leandro Pinkler y Soledad Costantini respaldan su mirada esperanzada:

“La realidad actual del mundo globalizado –el espíritu de este tiempo– manifiesta una fuerza centrífuga que huye de su propio origen en la huida hacia delante de una carrera demencial. Pero al mismo tiempo un número creciente de seres humanos son convocados a despertar por un impulso intenso de carácter centrípeto, de regreso a la profundidad de su ser. Pues mientras la actitud colectiva más difundida se despliega en una negación total de la esencia de la vida, también se escucha el poderoso grito del espíritu de la profundidad que nos recuerda que la condición humana solo encuentra su sustento auténtico en la realidad de lo sagrado”.3 

Esa lucha eterna parece estar llegando a un punto de inflexión. Estamos ante un cambio de conciencia y, a la vez, un cambio de era. Occidente, agobiado de violencia y de muerte, sumido en la oscuridad espiritual, finalmente busca el sentido de la vida y emprende el camino de regreso a la profundidad de su ser. Necesita recuperar los valores espirituales que fueron parte central de su cultura, e integrarlos a su extraordinario desarrollo científico y tecnológico. En medio de la violencia y la intolerancia globales, la Argentina hoy tiene la oportunidad de alumbrar, de dar a luz un nuevo humanismo, de levantar la bandera de la vida y del respeto irrestricto por el otro. Porque, como es sabido, de todo laberinto se sale por arriba. 

“El nudo gordiano y el aborto”, La Nación, 15 de julio de 1994.

2 y 3 Carl G. Jung, El libro rojo, Buenos Aires, El Hilo de Ariadna, 2012.

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