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POR Adriana Amado - Columnistas

10 abril, 2017

La niñez exhibida

Los chicos de hoy son fotografiados sin pausa y esas imágenes pueden verse libremente en las redes sociales de sus padres. Situaciones graciosas, cotidianas y hasta íntimas, se ven en los muros de amigos y desconocidos. ¿Cómo impacta vivir en estado de pose fotográfica permanente en el crecimiento de nuestros hijos?

La adolescente se atragantó con la tostada cuando la madre le avisó que el padre y sus compañeros de trabajo habían visto un video de ella tomando un baño. La chica venía quejándose en radio de que la mamá tenía como foto de perfil una imagen donde escupía puré. En las dos publicidades, terminan abrazadas y felices, recomendando regalarle un teléfono móvil a la madre para que ella sea siempre “la primera en viralizarte”.

No es que los comerciantes sean injustos en este retrato de las costumbres maternales. Basta ver nuestros muros de Facebook para comprobar que las amigas, mucho más que los amigos, no paran de publicar fotos de sus crías en el primer día de clases, en el último, en los días que no van a clases. El verano es la ocasión más propicia para el desparramo de instantáneas de las criaturas. Neni chapoteando en la playa. Neni colgándose del tobogán. Neni masticando una hamburguesa o dejando chorrear el helado. Neni dando beso a abu. Neni haciendo trompita. Mamá ama a Neni. Mamá está convencida de que fotografiar es amar.

Esas mismas señoras son las que, cuando el niño crece lo suficiente para administrar su propio álbum virtual, comentan con preocupación la afición de los adolescentes al Snapchat, se escandalizan de que la nena suba imágenes en traje de baño, o de que el vástago publique sus aventuras en las redes sociales. Justo ellas, que han dedicado los mejores años de su vida a criar al pichón de homo instagramis, esa nueva especie humana derivada del homo mobilis, que no solo vive en el celular sino que no puede parar de compartir su vida con el mundo. ¿A quién habrá salido este chico?

Mis fotos te condenan

Los padres siempre quisieron inmortalizar la fugacidad de la infancia. El tema es que antes había que entrar a la sala familiar para ver el cuadro con las caritas coloreadas por el fotógrafo del barrio, o dedicar la tarde a repasar el álbum familiar para ver los pompis del abuelo acodado en un almohadón. Hoy las fotos están a disposición de gente que ni siquiera sabemos que las está viendo. Las ventajas de esos álbumes virtuales para que los tíos lejanos vean crecer a los niños no compensan los riesgos de perder el teléfono y que las fotos se desparramen vaya uno a saber por dónde.

El nuevo código civil es explícito en cuanto al derecho a la imagen y varias leyes impiden que los rostros de los niños sean difundidos en los medios. Pero los padres están fuera de estas restricciones. El abogado Sergio Mohadeb (@dzapatillas en Twitter) confirma que la ley habilita a los progenitores a usar la imagen de sus retoños con el mero consentimiento de uno de ellos. Solo deja al niño la posibilidad de accionar en el futuro contra sus padres por los abusos en los que haya incurrido en el exhibicionismo infantil. Como ya hizo una joven austríaca que, según la publicación Die ganze Woche, demandó a sus padres no solo porque habían publicado sus fotos sin tener en cuenta su decisión, sino porque al hacerlo estaban dejando en la red huellas imborrables de su vida.

La psicóloga Belén Igarzabal, investigadora del área de Comunicación de Flacso, señala que los adultos creen que pueden disponer de la imagen del niño como lo hacen con las mascotas, sin pedir permiso para entrometerse en actos tan íntimos como el baño o el cambio de pañales. Advierte además que “hoy esas imágenes quedan en la memoria de la Red y van a completar la biografía del niño cuando sea adulto”. Lo raro es que son estos mismos adultos los que se preocupan por el uso que los chicos puedan dar a su cuenta de Facebook. A la generación que creció con sus momentos inolvidables compartidos por sus padres, se le exige prudencia en las redes sociales.

“Doctor, fui el avatar de mi madre”

Estos comportamientos están criando a una generación con parámetros de socialización muy particulares. La psicóloga Igarzabal llama la atención sobre el impacto que esto puede tener en una niñez que nace, crece y se reproduce en pose fotográfica: “Esta generación está constantemente expuesta a una cámara que la filma o la fotografía. Vive rodeada de dispositivos y de adultos que están todo el tiempo con el teléfono en la mano, chateando, sacando fotos, publicándolas, comentando, esperando las respuestas, al punto que dejan de mirar al niño, de conectar con él directamente”. Para la especialista, la importancia de la imagen y la
exhibición del cuerpo está fomentada por los propios adultos.

A la violación de la intimidad o la sobrevaloración de la imagen como consecuencia del trato que les estamos dando a nuestros chicos en las redes se suma la sustitución de identidad del adulto por la del niño. No contentos con reemplazar su cara madura por una foto escaneada de cuando eran pequeños, muchos deciden presentarse en sociedad a través de la carita de sus vástagos que usan inconsultadamente para identificarse en su perfil personal. Si ellos son sus hijos, ¿sus hijos son ellos?

Imagino dentro de unos años un simposio de psicólogos abocado especialmente a analizar el impacto que tuvo en esta generación el uso inconsulto e indiscriminado por parte de los adultos de las imágenes de niños y púberes. No descarto ponencias magistrales del tipo “Efectos colaterales de la usurpación de identidad en Facebook: el niño como avatar de sus padres”. En esas imágenes de la familia feliz queda un mandato más pesado incluso que el de la imagen perfecta y es el de la vida perfecta que intentan condensar esos momentos Facebook. Parece mentira que los que crecimos leyendo en El Principito que lo esencial es invisible a los ojos, andemos tan obsesionados por hacer visible lo esencial.

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