Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 octubre, 2013

La misteriosa Mujer del capítulo 12

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Afines de agosto llegué a la ciudad de Santa Fe, en un día muy frío y de sol radiante. En el aeropuerto me esperaba mi amigo jesuita para llevarme a la casa de su comunidad de sacerdotes, donde me alojé durante toda la semana, al lado del Colegio de la Inmaculada que ellos dirigen y del Santuario de Nuestra Señora de los Milagros, también de la orden. Habíamos acordado este retiro en el mes de enero, cuando él ofreció darme los Ejercicios Espirituales para mí sola, lo que consideré un lujo y un enorme regalo de Dios. Todavía el papa era Benedicto XVI y Jorge Bergoglio, un ignoto cardenal para la mayoría del mundo.

Transcurridos seis meses de pontificado del primer papa jesuita de la historia, el retiro tenía otra resonancia en mí. Creo que apenas alcanzamos a vislumbrar la revolución que Francisco ha puesto en marcha, dentro y fuera de la Iglesia, y a comprender que su formación jesuítica no es un detalle menor. Ignacio de Loyola con sus Ejercicios propuso un método para quitar del alma “todas las afecciones desordenadas” y así hallar la voluntad divina. O sea, entre otras particularidades, los jesuitas son los únicos que tienen una teoría y una praxis para enfrentar el error y el mal.

Esa misma tarde empecé los Ejercicios que no voy a intentar describir pero, bueno, cómo les explico… para mí, que no he tomado más que dos clases de gimnasia en toda mi vida, esto fue como estar entrenando ocho horas diarias durante toda una semana. Por momentos me parecía que estaba en la colimba haciendo salto de rana y cuerpo a tierra. Es una experiencia espiritual fuerte, pero no lo digo para desanimar a nadie, sino todo lo contrario: ¡se lo recomiendo a todas de corazón! Como dijo hace poco el jesuita Diego Fares comentando la beatificación del cura Brochero: “Los Ejercicios tienen mucho de tranco de mula, el más propio para subir sierras. Una vez que uno los ha probado, no quiere ‘subir’ en otra cosa. Prefiere la mula a esas dinámicas que por ahí te desbarrancan”.

Pero este retiro, además de ofrecerme una experiencia religiosa profunda e inolvidable, me deparaba una sorpresa. Al terminar el primer día, asistí a misa en la iglesia en cuyo altar mayor está la imagen de Nuestra Señora de los Milagros, de la que mi amigo ya me había hablado al hacer la recorrida general. En los bancos encontré un folleto que consigna la historia del Santuario. Me puse a leerlo distraídamente, hasta que llegué al cuadro.

El cuadro del milagro

“En 1634 de paso por la ciudad rumbo a la Reducción de San Ignacio Miní, un artista de fina sensibilidad, el Hermano Luis Berger, a pedido de los Congregantes Marianos, accedió gustoso a representar la Mujer del capítulo 12 del Apocalipsis. El cuadro se llamó De la Pura y Limpia Concepción”. Dos años después, el 9 de mayo de 1636, mientras el padre rector del colegio y de la iglesia estaba rezando frente a Nuestra Señora “descubrió que de la mitad de la imagen para arriba la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. (…) Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes”.1

Quedé muy sorprendida, al punto que a partir de ese momento el retiro tuvo un giro inesperado. Volví una y otra vez cada día a sentarme largamente a contemplar el cuadro, oficialmente llamado de la Inmaculada –por su nombre original de Pura y Limpia–, o también Nuestra Señora de los Milagros, por el del agua que brotó y las cu- raciones que le siguieron. Estaba fascinada por la imagen y le saqué varias fotos porque, como saben, desde hace años soy una tenaz lectora del Apocalipsis y a nadie que haya leído este texto se le escapa la centralidad absoluta del capítulo 12, con las dramáticas visiones de la Mujer embarazada enfrentada con el Dragón. Leer, he leído mu- cho sobre el tema, pero por cierto era la primera vez que veía esta imagen entronizada en un altar. Me sorprendió también que se la conociera con otros nombres, ya que esa Mujer no se corresponde con ninguna aparición de la Virgen María –aunque se parece mucho a la de Guadalupe– ni tampoco, por supuesto, responde a ningún pasaje del Evangelio. Cito el texto que ilustra el cuadro:

“Un gran signo apareció en el cielo: una Mujer, revestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz”. (Ap. 12,1). Frente a ella hay un dragón rojo “con siete cabezas y diez cuernos” que la acecha esperando que dé a luz para devorar su cría. No hace falta haber estado embarazada para imaginar el dramatismo de esta escena, que, sin embargo, tiene un final feliz.

El Hijo de la Alianza

La Mujer da a luz “un Hijo varón”, que es arrebatado por Dios hasta su trono y ella misma huye al desierto donde tiene un lugar preparado, donde es protegida y alimentada, lo que enfurece al Dragón y desencadena la batalla final entre los ángeles. ¿Dónde está la clave? ¿Cómo una mujer, en un estado de tanta vulnerabilidad y dolor como un parto, puede salir airosa frente a un poderoso monstruo que la enfrenta y pretende devorar a su cría? La respuesta la dan las mismas imágenes: ella aparece “en el cielo”, o sea que desde el principio se trata de una manifestación divina; está “revestida de sol”, esto es, arropada y protegida por el sol que es Dios en todas las culturas; con “la luna bajo sus pies”, es decir que se asienta sobre el poder femenino de ser luz aun cuando no hay sol, en medio de las tinieblas y, por ello, tiene “una corona”, el símbolo del triunfo de su lucha.

Si bien casi todos los exégetas bíblicos admiten que esta Mujer puede ser símbolo de María, y también de la Madre Iglesia que progresivamente da a luz al Mesías, está claro que esta Mujer no es humana, tiene otra dimensión, acorde con la del Dragón. Poco tiene que ver ya con la María histórica del Evangelio. Jung advirtió sobre la falta del elemento femenino en la Trinidad del cristianismo: “Lo mismo que la persona de Cristo no puede ser sustituida por una organización, tampoco la esposa de Cristo puede ser sustituida por la Iglesia. Lo femenino exige tener una representación tan personal como lo masculino”.2

Desde siempre ha sido muy difícil interpretar el símbolo de la Mujer del capítulo 12. Tampoco me quedaba claro por qué yo me había topado con este enigma en medio del retiro. Lo cierto es que hace varios siglos los jesuitas, siempre atentos al tema del mal, entronizaron a esta Mujer que enfrenta al Dragón y hoy es su patrona en la Argentina. Por muchas vueltas que le daba, no encontraba respuestas. Por eso, decidí dejar de analizar tanto, y elegí dejarme llevar por la intuición de mi alma para sentir lo que esa imagen en el altar me transmitía. Sentí que esa mujer, protegida amorosamente por Dios, me daba paz. Ella, con todos los símbolos que la acompañan, manifiesta la síntesis entre el poder femenino –que surge de la sabiduría– y la fuerza del poder masculino –que recibe de Dios y que es su escudo– porque para enfrentar al diablo, ella confía no solo en ella sino, sobre todo, en la Alianza.

Comprendí que esta Mujer, con toda su fuerza espiritual, puede ser un modelo que dé respuesta a tanto sufrimiento y maltrato que sufren las mujeres hoy en el mundo. Que la forma más eficaz que tenemos de enfrentar el atropello y la violencia del poder patriarcal no es con más poder, sino con sabiduría y con Dios. Después de María, finalmente una Eva que confía en la Alianza, que ama a Dios más que al Adán que tiene al lado…

Me quedaba pendiente el simbolismo del agua que brota de la cintura para abajo de la Mujer embarazada. Consulté con varias mujeres y ninguna respondió “sudor”, como han interpretado los varones hasta ahora. Para todas, sin excepción, la respuesta fue “líquido amniótico”. Todas sabemos que ese líquido sale cuando se rompe la bolsa y que es la señal de que el parto ha comenzado. Solo los varo- nes no están enterados de que el fruto de la Alianza ha sido dado a luz hace rato.

1. Sitio oficial del Santuario Nuestra Señora de los Milagros: www.nsdelosmilagros.com.ar

2. C. G. Jung, Respuesta a Job, México DF, Fondo de Cultura Económica, 2006

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