Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

7 noviembre, 2016

La grieta y los puentes, a propósito del “besazo”

La semana pasada se conoció la noticia de que el bar La Biela recibió un "Certificado de Diversidad" del Gobierno porteño, a raíz de la polémica que generó la denuncia de una pareja de lesbianas por discriminación. Detrás de las noticias, nuestro columnista invita a ver más allá de los acontecimientos, para tender un puente a través del diálogo.

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Los besos, el escrache y un certificado

En agosto, una pareja de lesbianas denunció que los dueños del bar La Biela las obligó a retirarse tras besarse en una mesa. A modo de escrache, organizaron un “tortazo” y “besazo” que fue apoyado por varias organizaciones que trabajan por los derechos de gays, lesbianas y transexuales. Asimismo, formularon una denuncia ante el Inadi, que instó al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a realizar una capacitación sobre diversidad sexual para todos los empleados del local. Luego de las charlas educativas, La Biela recibió días atrás el “Certificado de Diversidad” del programa BA Convive, convirtiéndose en el primer espacio porteño que lo recibe. 

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Quiero contar algo que viví hace unas semanas, cuando me tocó ofrecer mi columna habitual en televisión en el canal TN, en la cual suelo compartir algunas reflexiones respecto de las noticias del día o sobre cuestiones vinculares de nuestra cotidianidad.

Ese día, la producción me propuso algo nuevo: en mi columna no solamente estaría el o la periodista con quien charlo habitualmente sobre el tema de la jornada, sino que se sumaría en vivo (la columna siempre es en vivo) una chica que, el día anterior, había participado del “besazo” como escrache frente al bar “La Biela”.

La noticia era que dos chicas lesbianas habían estado compartiendo algún tipo de demostración de afecto en público, y los dueños del bar las invitaron a retirarse. Una versión era que la invitación fue en buenos términos, la otra (la de las chicas),  que las echaron de una manera humillante y violenta, en contra de sus derechos y en una actitud discriminatoria.

La noche anterior había sido el escrache que llevaba el título de “tortazo” o “besazo”,  en el cual muchas mujeres manifestaron su enojo frente al bar besándose y elevando sus pancartas. Así las cosas, me pareció un lindo desafío estrenar esa modalidad de diálogo en mi columna, para ver si se podía hacer algo interesante y novedoso.

La chica, llamada Belén Arenas, era una joven con una apariencia muy determinada, militante de algún movimiento de lesbianas, dispuesta a aprovechar su oportunidad televisiva, lo que me pareció comprensible. Faltaban segundos para iniciar la transmisión y en esa previa la periodista felicitó a la joven por lo ocurrido el día antes,  mientras nos acomodábamos antes de que las cámaras empezaran a hacer lo suyo.

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Con la poca información con la que contaba yo no estaba muy seguro de estar de acuerdo respecto de la actitud de las chicas, y fue por eso que dije, de manera risueña, diez segundos antes de ir al aire: “Ojo, bánquenme, que yo soy medio conservador”. La mirada  de ella fue fulminante: “No sé si lo voy a bancar”, me dijo. Le respondí “Imagino que no me vas a discriminar”, y allí sí, terminó la tanda y se encendieron las luces de “en el aire”.

Fue interesante. La chica relataba con placer acerca de lo “duritos” que estaban los policías y del hecho de que los dueños del bar tuvieron que soportar el escrache con cierto temor. Era humanamente comprensible su afán de defenestrar a quienes ella consideraba habían herido sus derechos y su sensibilidad, pero…no es defenestrando que se llega a buen puerto cuando el deseo, más que para “escandalizar a la abuelita”, pasa por generar valores compartidos de inclusión y respeto.

El dialogo iba y venía teniendo por eje esa situación. Yo insistía en la idea de que no era de prepo que estas cosas se hacían, y esbocé mi sospecha de que había demasiado goce en el hecho de exhibir y provocar, más que en generar diálogo y conocimiento recíproco para diluir un conflicto.

Ella me aguantó con respeto, lo que agradezco. También aguantó mi propuesta de que se tomara un café con el dueño del bar, que se conocieran, que se miraran a los ojos, además, claro está, de bregar por que se respeten sus derechos. Es verdad que me daba la impresión de que pensaba que yo era un poco tonto, un “durito”, palabra que usaba cuando aludía a los que no suscribían su punto de vista.

Igual, algo logré. Salimos por un rato de ese juego de venganzas y reivindicaciones, de provocaciones y polémicas, y propusimos la idea de sentarse y conocerse, porque de decálogos y epopeyas está empedrado el camino al infierno.

No cabe duda que, al mirarse a los ojos, las personas, en una gran mayoría, aflojan con eso de pelear y pelear todo el tiempo por lo propio, sin siquiera creer en la posibilidad de dialogar, compartir, y generar esa corriente de afecto mínimo, indispensable para salir de los laberintos de la discusión eterna.

Fue un atisbo, algo interesante, que hizo que valiera la pena aparecer como un poco tonto ante sus ojos, más allá de que ese café entre la joven y el dueño de La Biela quizás no llegue nunca. Ese momento salió un poco del camino trillado de la mera disputa y el juego de fuerzas como manera de dirimir los conflictos. Fue una oportunidad de pensar distinto, generando puentes para atravesar esas grietas sólo en apariencia insalvables que nos hieren diariamente.

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