Sophia - Despliega el Alma

POR Bernardo Nante - Columnistas

5 junio, 2017

La Dama Blanca de Sócrates

De la mano de la figura de uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos, una invitación a conocer el enorme poder de la sabiduría, cuando va de la mano de un llamado a integrar la razón con las emociones.

La figura de Sócrates es muy compleja y tanto su vida como su doctrina han motivado numerosas controversias. Recordemos algunos de sus datos biográficos. Nació en Atenas, en el año 470 o 469 a. C.; su padre era escultor y su madre, partera. Sócrates menciona a menudo este último hecho pues, a semejanza de su madre, que ayudaba a parir cuerpos, el filósofo pretendía ser un “partero de almas” y así ayudar a alumbrar la verdad en su interlocutor. Su sabiduría se fundaba en el saber de su propia ignorancia (“Solo sé que nada sé”) y en la indeclinable búsqueda racional de la verdad, guiada por un conocimiento de sí que es “cuidado de sí” y que, por ende, torna al alma virtuosa. Sabemos, asimismo, que su fuerza y resistencia físicas eran extraordinarias –más aún lo era su capacidad de “autodominio”, que constituía parte de su doctrina ética–, y que solo abandonó su ciudad natal para servir con gran valentía en varias guerras.

Sócrates fue un pensador y un maestro oral excepcional que reunió un número considerable de discípulos, algunos de los cuales fueron célebres, como en el caso de Platón y de Jenofonte, entre otros. Su apariencia, signada por una fealdad que rayaba en lo grotesco al punto de asimilarlo a un sátiro, denotaba una tendencia innata a una extrema sensualidad, atemperada por el férreo ejercicio de la virtud.

Es un lugar común decir que Sócrates es uno de los pilares del pensamiento occidental, pero no siempre se enfatiza su carácter espiritual y misterioso; el propio Platón describe momentos de concentración del maestro que parecen equipararse a verdaderos raptos extáticos. Más extraño es el caso del daimon o “voz divina”, que el filósofo decía escuchar en su interior. No hay duda de que el oprobio de su injusta muerte no solo es testimonio de su nobleza casi sobrehumana sino de la vergüenza de nuestras sociedades que suelen condenar a aquellos que nos despiertan. Sócrates fue acusado injustamente de impiedad, por introducir nuevos dioses a la polis, y de corromper a los jóvenes. Envidias y conspiraciones motivaron que fuera condenado, en el año 399, a beber la cicuta, algo que cumplió con total serenidad. Más aún, si bien se le ofreció huir, Sócrates prefirió aceptar su muerte libremente, como culminación de una vida igualmente libre.

Difícil es saber en qué medida el Sócrates que conocemos es una figura histórica, o bien el prototipo de un sabio occidental. Si me inclino más por esta última alternativa, me atrevo a un ejercicio muy audaz que permite vislumbrar que esa figura emblemática, extraordinaria, virtuosa manifiesta no obstante una cierta carencia en cuanto a la asimilación de un aspecto femenino, si se quiere “afectivo”. No se vea esto como un acto de impiedad de mi parte, no es una crítica a Sócrates; se trata de un ejercicio basado en una discípula de Jung, M. L. von Franz, que permite reflexionar respecto de que aun este gran modelo de sabiduría occidental tiene cierto sesgo unilateralmente masculino. Aunque las referencias respecto de su esposa Xantipa son en parte tardías, ya su discípulo el filósofo Antístenes la define como la mujer: “…más fastidiosa que todas aquellas que lo son, fueron y serán”. No deja de sorprender la ausencia del vínculo afectivo con su esposa, según puede advertirse en algunos textos antiguos.

En los inicios del diálogo platónico Fedón, Xantipa concurre a la prisión llevando a su hijo menor en brazos para despedirse definitivamente de su esposo y, mientras llora acongojada, exclama que será la última vez que él hablará con sus discípulos. Sócrates, sin inmutarse, se limita a pedirle a su discípulo Critón que la lleve a su casa. Pero otra anécdota más cruda surge de un diálogo que el maestro ateniense entabla con Alcibíades, quien se queja de los incesantes desplantes de Xantipa. “Estoy acostumbrado –le responde Sócrates a su amigo– a oírla como si fuera el ruido de los molinos de viento. Tú también soportas sin apenarte –supongo– a las ocas que cacarean en el corral”. Y a ello retruca el propio Alcibíades: “Sí, pero como contrapartida mis ocas me proveen de huevos y de crías”, a lo cual Sócrates responde: “Del mismo modo, Xantipa me dio hijos”. Por cierto, “hay que ubicarse en la época”, se dirá. Pero no es mi intención rebatir esa idea aunque, dicho sea de paso, ya un siglo antes, los pitagóricos ponían en pie de igualdad a varones y mujeres. La cuestión es otra. Se trata de ver si este modelo de sabio no necesita de algo más.

Estamos muy lejos siquiera de llegarle a los talones a Sócrates, pero necesitamos un modelo que nos complete. Y, en cierto sentido, hay otras referencias en la vida de este filósofo que parecen sugerir que su alma buscaba en cierto sentido integrar lo que, en términos sencillos, llamaremos “femenino”, “afectivo” o, si se quiere, “erótico”. Por lo pronto, en el diálogo platónico El banquete, Sócrates señala que el misterio del amor que conecta con el mundo de las ideas se lo enseñó la sabia maga Diotima de Mantinea. Pero desde el punto de vista psicológico hay más. Como es sabido, la muerte es una oportunidad para completar aquello que hemos dejado inconcluso en nuestra vida. En el diálogo Fedón, cuando los discípulos concurren entristecidos a la prisión para anunciarle a Sócrates que ya ha llegado el momento en que deberá ejecutarse la condena, el filósofo explica que, en razón de un sueño recurrente que le indica que haga música y la practique, decidió componer unos versos y un himno pues, si bien puede ser que se trate de un estímulo para seguir practicando la filosofía –la más alta música–, quizá se trate de eso mismo, de componer música. ¿No será, acaso, un estímulo para desarrollar su función sentimental, su afectividad? Otro sueño, consignado en el diálogo Critón, parece intentar redimir su vínculo con lo femenino. El discípulo Critón acude acongojado a la prisión pues tiene noticias de que llegó la hora en que debe cumplirse su condena. Sin embargo, Sócrates en esa ocasión está convencido de que faltan tres días pues así se lo indicó un sueño. En ese sueño aparece una Dama Blanca que le dice que en tres días estará en las planicies de Ftía, es decir, en las planicies del “más allá”, a donde van a parar los héroes.

¿No serán estos sueños sugerencias de lo inconsciente para completar esa racionalidad masculina? Estamos muy lejos de la alta sabiduría de Sócrates, pero un modelo más completo de sabio, creo, es el de aquel que escucha a su Dama Blanca, pues Ella es la que permite que nuestra razón haga música y así nuestro corazón no se seque por falta de misterio.

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