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Sophia - Despliega el Alma

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POR Maritchu Seitún - Columnistas

29 julio, 2015

La buena frustración

En tiempos de vacaciones de invierno (mientras ellos piden de todo y nosotros tratamos de complacerlos porque creemos que eso los hará más felices), una guía para entender por qué decirles "no" también es fundamental para su crecimiento.

Mis padres rara vez se preocuparon por la posibilidad de que yo me frustrara. Hacían lo que les parecía correcto, de acuerdo con su criterio, y no dudaban de lo que pensaban o resolvían. Todos estábamos inmersos en una cultura estable, en la que las ideas sobre la educación de los hijos se sostenían y pasaban de generación en generación.

Esto era así para todos los temas, ya fuera la cantidad de paquetes de figuritas que nos compraban, la edad para ir a dormir a casa de amigos, la hora de acostarse o de hacer las tareas o la edad para ir a fiestas de varones y mujeres con baile, entre otras cuestiones. Tenían claro lo que les parecía adecuado para cada edad y no consultaban demasiado antes de resolver, ni daban lugar a nuestras quejas o reclamos. Muchas veces eran arbitrarios e injustos en sus decisiones y nosotros nos enojábamos, pero ellos ni se enteraban porque sabíamos que las consecuencias habrían sido dolorosas si nos hubiéramos atrevido a hacerlos cambiar de idea.

Todo estaba muy claro, pero no era bueno para nadie, porque generaba distancia y falta de comunicación, y se resentía nuestra autovaloración. Algunas veces (o algunos chicos) nos enojábamos, pero de todos modos hacíamos caso; otras, acatábamos sin siquiera dudar. Solo algunas pocas veces nos atrevíamos a enfrentarlos. Nuestra autoestima no prosperaba en ninguna de esas opciones, pero en cambio adquiríamos una tolerancia a la frustración y una capacidad de espera a toda prueba de la que hoy carecen la mayoría de nuestros niños.

Sin darnos cuenta, al querer escucharlos, comprenderlos, que no sufran y sean felices, las siguientes generaciones nos olvidamos de que existe una “buena” frustración, que es sana, fortalece y hace bien. Esto les permitirá sublimar, postergar la gratificación inmediata y buscar alternativas que muchas veces resultan más ricas y satisfactorias. De esos deseos no atendidos surge la posibilidad de salir del egocentrismo, mirar más allá de ellos mismos, descubrir a las personas que los rodean con sus deseos y necesidades, despertar al idealismo, encontrar el deseo, el interés y la fuerza para intentar cambiar y mejorar el mundo.

Los chicos faltos de frustración son frágiles y disponen de pocos recursos para enfrentar los contratiempos de la vida, porque tienen poca práctica y entrenamiento de fortalecimiento a través del “no” de los adultos. A veces se convierten en pequeños (o enormes) tiranos, que creen ser nuestros dueños o jefes, convencidos de que es nuestra obligación atender cada uno de sus pedidos, que ellos consideran exigencias, convencidos de ser los dueños de todos los derechos (¡y de ninguna obligación!).

La frustración óptima –ni tanta ni tan escasa– no solo fortalece sino que enriquece los recursos de los chicos y los pone ingeniosos, los ayuda a defender su ideas y a pelear por ellas, nos da tiempo a los adultos para ver si están listos para aquello que piden y si de verdad les hace falta y/o les hace bien en algún sentido.

Un último dato: las pequeñas frustraciones de todos los días, cerca de mamá y papá, los preparan para las inevitables frustraciones que tendrán que enfrentar más adelante sin nuestra protección y acompañamiento. ¡Bienvenida la tolerancia a la frustración a la vida de nuestros niños!

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