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POR Adriana Amado - Columnistas

17 septiembre, 2015

Intrusos en el espectáculo

Las imágenes de los refugiados sirios nos interpelan, preguntándonos hasta dónde se puede llegar en pos de estremecer a la audiencia. Pero a veces, cuando la bofetada es certera, también puede ayudar a despertar conciencias...

La mayoría de nosotros no verá los refugiados más que en las noticias y sin embargo, alcanzan para que pongamos la atención en las matanzas que siguen empujando a muchas personas a desplazarse con rumbo incierto. Muchos vemos pobres y miseria a nuestro alrededor, y sin embargo, cuando se los muestra en pantalla, algunos salen a acusar a los medios de montar un espectáculo. En Argentina, la descalificación permanente a los medios se ha convertido en la principal excusa para que los responsables de los males (y sus cómplices de opinión) miren para otro lado cada vez que aparece alguna contrariedad. En el mundo estamos viendo el impacto social y político que puede tener un problema cuando se presenta con toda su crueldad a la vista de millones de personas.

No es que la guerra de Siria haya sido invisible hasta la foto del niño muerto en la playa. No es que no se supiera que ya había cobrado la vida de diez mil niños, según ACNUR, ni que había empujado a más de 104 mil sirios a pedir asilo a Alemania solo en agosto de 2015. Tampoco es que no se conocieran otros hechos crudelísimos. De hecho, con Aylan Kurdi, el pequeñito ahogado, murieron otros cuatro niños y siete adultos. Casi tantos como los muertos por asfixia en un camión frigorífico de pollos, transporte por el que los especuladores cobran a precio de pasaje de lujo, como cobran como vuelo transatlántico en primera clase el viaje en barcos al borde del naufragio. Pero solo la foto unánime del niño ahogado conmocionó lo necesario para hacer posible la imagen de bienvenida emocionada de alemanes que alargaban una bolsa con un mendrugo o una mano cordial a los 14 mil hacinados en los trenes que llegaron a Munich en los primeros días de setiembre.

La foto de Aylan se ha convertido en la bofetada de realidad que no pueden esquivar los líderes europeos. El niño wichi muerto de malnutrición fue la noticia incómoda que el gobierno argentino esquivó, escandalizándose por la foto y negando el hecho. En Argentina pasa, como dijo Esteban Peicovich, que la noticia de los niños llama más la atención que los niños de la noticia. Y suele ocurrir que indigna la utilización de la imagen del cadáver arrojado en la playa tanto como calma la conciencia la imagen del refugiado recibiendo un peluche de bienvenida. La carita iluminada del niño que recibió el juguete al final de un viaje extenuante también fue repetida por medios de una calidad que nadie cuestionaría, como la BBC.

Algunos diarios tuvieron el pudor de pixelar el rostro del bebé muerto en la playa pero nadie resistió exhibir la carita del niño sorprendido por el juguete inesperado. ¿Por qué indigna el uso de la muerte y no el oportunismo sentimentaloide de la limosna al emigrado? ¿Por qué hablan de manipulación mediática cuando se muestra el pequeño indígena agonizante y no cuando exhiben a sus compatriotas aplaudiendo la inauguración de obras que, aunque son obligación urgente del gobernante, son presentadas como un favor que deben agradecer por cadena nacional?

La literatura picaresca del Siglo de Oro español desmenuzó escenas de los pobres y sus funciones sociales. En La vida del Buscón se lee que el mendigo estaba en la puerta de la iglesia para que los que salieran de misa pudieran empezar ahí mismo a purgar sus pecados, sino servir de ejemplo de la caridad cristiana a los menos pecadores. Los imperios son otros pero no ha cambiado mucho la narrativa del descastado, solo que ahora el personaje no lo presenta la magistral pluma de Quevedo sino la torpeza de un reportero asignado a poner un micrófono a alguien que no sabe bien dónde está, ni maneja la lengua del país que lo recibe para expresarlo dignamente.

El cinismo de los que culpabilizan a los medios por difundir imágenes inconvenientes, se delata en su silencio ante otras igual de utilitarias. Las imágenes de Angela Merkel o David Cameron visitando los campamentos de refugiados recuerdan a esas que muestran funcionarios argentinos pavoneándose entre compatriotas agradeciendo computadoras, subsidios, cloacas, servicios médicos. Se entiende, al verlos presidiendo los festejos, por qué les molesta tanto la agonía del pobre que viene a arruinarles el espectáculo. Aunque molesten o conmuevan más las imágenes crudas, las que exhiben las dádivas muestran de manera más obscena la crueldad del sistema. Cuando las urgencias o las inauguraciones acaben, unos se volverán a sus comodidades, los otros a sus miserias apenas atenuadas y nadie se preguntará por la vida cotidiana de aquel que sonrió resignado ante la merced del poderoso.

Esos otros niños, los sobrevivientes, no podrán extirparse nunca el pavor del éxodo, el hambre de días, la angustia cotidiana de sus padres, la incertidumbre de su destino. Pero mientras la muerte es unánimemente repudiable, no hay consenso para la vida. El niño muerto fue comparado a un angelito. El niño vivo es un mártir de éxodos y de hambres, pero lo tratamos como si una escena de compasión alcanzara para cambiarle la suerte. El problema no será que, pasada la crisis, los olviden los medios: la mayor crueldad de estos tiempos es que solo a través de las noticias se pueda recordar a los responsables que el mundo está lleno de gente que requiere ayuda urgente. A los que despotrican de los medios les pregunto cómo estaríamos hablando de todo esto si no fuera por la prensa que, aun en su torpeza, nos sacude cada tanto con bofetadas como ésta.

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