Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 febrero, 2014

Incubar la paz

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La idea original del evento no fue nuestra, sino de una ONG de Estados Unidos, Walk A Mile In Her Shoes, y desde que lo vimos quisimos repetirlo acá porque el mensaje nos pareció muy  positivo y potente. El momento elegido fue a fines de noviembre, en el ámbito de la Campaña Internacional por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Lo más complicado fue conseguir una fábrica de zapatos que nos hiciera treinta pares de charol rojo con taco alto, en los talles ¡del 41 al 44!

Convocamos a las mujeres de La Casa del Encuentro –la ONG que, con tanto esfuerzo y seriedad, se ocupa de denunciar la violencia contra la mujer y de contener a las víctimas– para darles un espacio más desde donde difundir su obra. Con pocos recursos pero con mucha convicción y voluntad de aportar nuestro granito de arena a esta causa, el viernes 29 de noviembre, frente al Obelisco, invitamos a todos los varones que cruzaban la Avenida 9 de Julio a calzarse los tacos rojos y caminar sobre una alfombra con el cartel de la campaña: “Me pongo es sus zapatos. ¿Y vos?”. La idea era simple: generar conciencia para lograr que los varones se involucraran en la solución de este flagelo, porque estamos convencidas de que la violencia contra la mujer no puede ser un problema solo de las mujeres. Sería algo así como decir: “Como no soy judío, no me preocupa el Holocausto” o “Como no soy negro, no me importa el apartheid”. La violencia contra la Mujer es contra el género humano.

Todo salió perfecto. Fueron varias horas en las que los voluntarios que pasaban por la calle se sumaban a la movida mientras eran fotografiados y filmados para el video que se puede ver en nuestra página: www.sophiaonline.com.ar. Para nuestra gran satisfacción, decenas de varones se pusieron en nuestros zapatos: algunos con sus dudas por temor al ridículo o a caerse, otros con naturalidad y hasta con mucho humor, pero todos con un gran respeto y compromiso por un problema que, de esa forma simbólica, también hacían suyo. Provenían de todas partes del país, de casi todos los países de Latinoamérica y de varios de Europa, lo que también habla de la dimensión planetaria de este flagelo. Tal vez por eso tuvimos una tan amplia cobertura en los medios audiovisuales (algunos en vivo) y salimos en los noticieros del día y hasta en los del día siguiente.


La fuerza de los símbolos

Los recuerdos de ese día son muchos e imposibles de relatar en esta columna. Siempre sucede así: la vida real es más rica e inesperada que cualquier plan o relato. Me quedo con dos anécdotas centrales que quiero compartir con ustedes. La primera fue la que más me conmovió y me tocó vivirla a mí. Un joven de un poco más de 30 años, parado a un costado de la “pasarela”, miraba atento cómo otros caminaban con los zapatos rojos. Me acerqué a preguntarle si quería participar, a lo que respondió con cierta ansiedad: “Sí, sí, por supuesto! Yo justo estaba preguntándome cómo tenía que hacer para participar”, y aquí vino lo fuerte, “porque yo esto de la violencia lo viví en mi casa cuando era chico”. Admito que se me estrujó el alma y me despertó mucha ternura. Ese “niño” herido buscaba como adulto una forma de reparar a su madre y, de alguna manera, de proteger a otras mujeres y a otros niños.

La otra anécdota no es tan tierna, pero resulta igualmente reveladora. Una mujer pasaba por ahí con su hijo de unos 12 años y se le acercó una de las chicas de Sophia para explicarle al chico el sentido de lo que estaba sucediendo e invitarlo a caminar con los zapatos rojos. El chico pensó un poco y contestó: “No, no puedo ponerme en esos zapatos porque yo le pego a mi hermana”. Ante la sorpresa, ella le señaló que esta podría ser una buena oportunidad para hacer la experiencia y tomar la decisión de cambiar esa conducta, pero él insistió muy terminante: “No, porque yo a mi hermana le voy a seguir pegando”. Silencio de la madre.

Estos dos episodios me terminaron de convencer de que lo que estábamos haciendo tenía un valor tal vez mayor de lo que suponíamos, porque estábamos tocando un tema álgido de la sociedad (y no solo de la argentina), como es el de la violencia contra la Mujer, pero también porque disponíamos de un “método” eficaz para abordarlo. Quedó demostrado que el acto de ponerse en los zapatos de la mujer es un gesto de fuerte contenido simbólico y que moviliza mucho el inconsciente de un varón. Puede disparar vivencias muy profundas, a veces dolorosas, otras felices, pero no lo dejan indiferente, porque de alguna manera interpelan al varón y a su libertad de elegir. Por eso también las respuestas fueron dispares: algunos se negaron rotundamente a ponérselos, otros caminaron entre risas y disfrutaron con su novia o con su hija, o le dedicaron la caminata a alguna mujer que amaban.

Solo el amor une

Apenas unos días después del evento, a raíz del acuartelamiento de las fuerzas policiales, comenzó el caos en Córdoba que se extendió luego a casi todas las provincias. Los actos de vandalismo y los saqueos a los comercios fueron una muestra más de las muchas formas de violencia –cada vez más naturalizada– que se manifiestan en nuestro país: en el fútbol, en las escuelas, en los piquetes, en los boliches, en los hospitales, en los discursos, en las redes sociales y, por supuesto, en los vínculos con las mujeres. Con el correr de los días, el sencillo evento de los zapatos –surgido en la redacción casi como una picardía de mujeres que les hacen un guiño a los varones para pedirles ayuda– con el trasfondo de los actos de violencia en el país empezó a cobrar otro valor simbólico para mí, mucho más profundo y mucho más allá de la campaña en sí misma.

Según Jung, el proceso psicológico de individuación es un proceso de integración que exige una confrontación con el inconsciente para la evolución de la psique. Requiere reconocer dentro de uno mismo lo que es rechazado y, por medio de la imaginación activa, se puede lograr unirlo a nuestra personalidad. Ciertamente una de las polaridades más complejas de integrar en la psique es la de lo femenino-masculino. Jung es claro en sus conclusiones: solo el autosacrificio, la entrega voluntaria, es lo que permite la integración de los aspectos divididos de la personalidad, porque “el mal es incapaz de sacrificio”.

Ese día en el Obelisco, en el acto simbólico de una renuncia voluntaria de los varones en busca de la integración de los opuestos masculino-femenino, se palpaban el amor y el humor. Comprendí que el desfile de esos varones caminando en nuestros zapatos rojos era algo más que parte de una campaña contra la violencia hacia la mujer: era también el símbolo de un deseo inconsciente de unidad que está presente en toda la sociedad argentina, tanto de varones como de mujeres. Era una muestra de que la unidad y el encuentro no solo son posibles, sino que son un anhelo de muchos.

Me llenó de alegría comprender esto, porque a raíz de los saqueos se volvió a hablar del “huevo de la serpiente”, símbolo de la incubación del mal en la Alemania anterior al estallido del nazismo. Jung sostuvo que las guerras siempre empiezan primero dentro del alma de las personas y solo después se manifiestan en el mundo exterior. Pero en este caso sería al revés. En una sociedad como la nuestra, con tantas manifestaciones de violencia y hastiada de mensajes de división, lo que se estaría incubando debajo de esa “grieta” es su opuesto: el deseo de unidad y de fraternidad universal, “fundamento y camino para la paz”, como dijo recientemente el papa Francisco. Ver a tantos varones caminando en nuestros zapatos puede ser una señal de que algo nuevo se está incubando. Falta poco para que “estalle” la paz… 

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