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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 marzo, 2014

Idolatrar la juventud

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Hacia fines de los noventa, en mis andanzas entre los mapuches del Neuquén, conocí a Carmen Llanquín, una joven líder de su comunidad y muy comprometida con el desarrollo social de las mujeres, lo que me llevó a compartir con ella varios proyectos en la zona.

Yo estaba deslumbrada por el descubrimiento de la cultura mapuche, por la fuerza de su espiritualidad, sus ritos religiosos, sus artesanías, sus mitos, su entrañable vínculo con la imponente naturaleza que los rodea; todo un mundo desconocido por mí. A cada rato me desconcertaba la profunda sabiduría ancestral de ese pueblo, en especial de sus mujeres. Mi cosmovisión de mujer “moderna” y urbana –agravada tal vez por mi formación de ingeniera “cuadriculada” y racional– se hacía añicos ante la contundencia de ese saber intuitivo.

Me sorprendió enterarme de que su deidad, Futachao, se manifiesta como una Cuaternidad, que combina varón-mujer con joven-anciano/a, y por eso, a diferencia de nuestra cultura, allí las mujeres y los mayores tienen un lugar de mucho respeto. En una de mis visitas al Sur, conversando con Carmen entre mate y mate mientras mirábamos caer el sol detrás del cerro, le consulté sobre un aspecto que los mapuches reivindican mucho: la sabiduría de los ancianos. Quise saber si era así en los hechos y cómo se ponía en práctica en el día a día. Me explicó que cuando ella tenía que tomar alguna decisión importante, iba a consultar a Doña Rosa, la machi del Neuquén (algo así como la “obispa”), o al cacique de su comunidad, Celestino Namuncurá, ambos muy ancianos entonces.

Dicho esto, se quedó callada. Los mapuches hablan poco y dicen mucho. Yo insistí: “¿Ah… y después qué hacés?”. No me olvido de su cara y su respuesta. Me miró como quien mira a un extraterrestre y me contestó con tono y gesto de estar diciendo una obviedad: “Lo que ellos me dijeron”. Inolvidable lección de sabiduría y de humildad.

Una cultura anti-age

Fue a partir de los acontecimientos de Mayo del 68 en París cuando los estudiantes empezaron a cobrar protagonismo en la cultura. La repercusión que tuvieron en la televisión generó un efecto contagio en otros países, donde la juventud se movilizó en reclamo de reformas políticas y sociales, fenómeno que continúa hasta hoy. Los jóvenes pasaron a ser el centro de la cultura: la publicidad, la moda, los programas de televisión, los recitales, los deportes, el arte los tuvieron como protagonistas, además de convertirse en los grandes consumidores del mercado.

En la Argentina de los setenta los jóvenes militantes fueron bautizados por Perón la “juventud maravillosa”, pero también los “imberbes”. Con el retorno de la democracia, al salir a la luz los crímenes de la dictadura, se fue instalando en la sociedad el mito de los jóvenes mártires que combatieron por sus ideales: una suerte de idolatría de la juventud. Con este halo de heroísmo, en nuestro país, el fenómeno mundial de los jóvenes como protagonistas trascendió lo cultural para instalarse con fuerza en la política. El respeto a la autoridad de los mayores –equiparada al autoritarismo– fue socavado en sus bases y en pocos años se naturalizó el cambio de paradigma: los jóvenes al poder, con el dinero de sus padres incluido.

De ahí al mandato de la “eterna juventud” hubo un solo paso. La cultura anti-age dio origen a los “pendeviejos”. Para muchas mujeres de esa generación, que es la mía, la exigencia de la imagen perfecta, a pesar de los años y de los hijos, fue perversa. Las llevó a pasar parte de su vida en los laberintos de los gimnasios, los institutos de belleza, las peluquerías y los quirófanos, los consultorios y las balanzas, para lograr un cuerpo esculpido y un rostro sin arrugas, sin expresión, y una cabeza sin canas por supuesto (pecado capital si los hay), para no dejar rastro alguno del paso de los años. Vivir la vida añorando el pasado perdido pero, sobre todo, “luchando”, esta vez contra el paso del tiempo.

La crisis de la mitad de la vida

Está claro que el valor “juventud” está muy sobrevaluado entre nosotros. A diferencia de los mapuches, aquí nadie quiere ser anciano y sabio, y mucho menos las mujeres. Lo que no logra el botox  y las cirugías, lo consigue el Photoshop. Nos negamos a aceptar la realidad y por eso “nos hicimos viejos antes de ser sabios”, como decía el bufón en una obra de Shakespeare.

Según Jung, la tarea central de la segunda mitad de la vida es el camino espiritual para prepararse a enfrentar la muerte. El ser humano debe volverse a su interior, a su alma, ya que “el alma encuentra razonable el hecho de la muerte”.

“La vida humana puede compararse con el recorrido del sol. Por la mañana asciende e ilumina el mundo. Al mediodía alcanza su cenit y sus rayos comienzan a disminuir y decaer. La tarde es tan importante como la mañana. Sin embargo, sus leyes son distintas. Para el hombre esto significa el reconocimiento de la curva vital que desde su mitad ha de ajustar a la realidad interior en lugar de a la realidad exterior. Ahora se exige la reducción a lo esencial, el camino hacia lo interior, la introversión en lugar de la expansión. ‘Lo que la juventud encontró, y debía encontrarlo, fuera, el hombre de la tarde lo debe encontrar en el interior’”.1

La negación es una patología que a la larga genera una crisis, porque mantenernos en esa ficción tan placentera nos obliga a cerrar los ojos a todo aquello que nos interpela, fundamentalmente la vejez y la muerte cercana. El paradigma de la “eterna juventud” requiere la mentira para subsistir, y en la Argentina, la mayoría de la sociedad lo ha avalado hasta ahora, tal vez porque comparte ese valor con sus gobernantes. ¿Acaso mentir la edad, ponerse botox  o hacerse cirugías plásticas para parecer veinte años menor no es una negación de la realidad, tanto como son mentiras las estadísticas del INDEC o el relato del Gobierno? ¿Por qué no se puede hacer Photoshop a la inseguridad y cirugías plásticas a los informes patrimoniales? ¿Por qué mostrar ranchos de Santiago del Estero con chicos desnutridos si podemos mostrar las torres de Puerto Madero?

Cuando en el país ya se perfila una nueva crisis económica y tal vez política, no puedo dejar de ver ahí la responsabilidad de los mayores que en lugar de prepararse para la vejez se volcaron a la “eterna juventud”, la cual, según Jung, es “un lamentable sucedáneo de la iluminación del sí mismo”.

Igual que una persona en la mitad de la vida, los argentinos necesitamos hacer la autocrítica, madurar y mirar el interior del país, tan relegado como oculto, para lograr una verdadera integración de sus habitantes. Nuestras recurrentes crisis no son una maldición inevitable. Son el resultado de una obstinada inmadurez, que nos impide mirar la realidad, reconocer los errores y corregir lo que se hizo mal. El sentimiento de omnipotencia, propio de la juventud, necesita ser contenido y complementado con la racionalidad y la sabiduría de los mayores. Es posible conservar las utopías juveniles de los setenta y al mismo tiempo construir los cimientos racionales del desarrollo que permitan sustentarlas. Pero para que esa integración sea posible, es necesaria la humildad, primer requisito de la sabiduría, según la Biblia.

Los místicos sostienen que en las crisis es el propio Dios el que nos busca para guiarnos en el camino de la Verdad. Quizás esta vez los mayores nos decidamos a ocupar nuestro lugar. No podemos seguir como adolescentes rifando el futuro del país, mientras tapamos la realidad con botox.


1
Anselm GrÜn, La mitad de la vida como tarea espiritual, Narcea,
Madrid, 2000. (Lo entrecomillado es cita de C. G. Jung).

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