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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 abril, 2014

Homo universalis

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Repasando la historia argentina, en la lista de los 69 presidentes (o posiciones equivalentes) que tuvimos desde 1810, 30 fueron militares y casi otro tanto, abogados: 28. “Demasiados militares y abogados”, concluye Orlando Ferreres, autor del estudio “La profesión de nuestros presidentes”. Coincido. Y si consideramos solo a los presidentes constitucionales, el porcentaje es sorprendente: el 71% fueron abogados. Demasiados abogados, en mi opinión. Porque, quieran o no, los abogados tienen una formación que los prepara para la querella. Salvo los que siguen la carrera judicial, litigar y ganar un juicio contra un adversario es el objetivo principal de esa profesión.

Tal vez esto tenga que ver con los años de enfrentamientos, conflictos y crisis que sufrimos los argentinos, siempre divididos en facciones, desde nuestro origen como nación. Siguiendo esta línea, CFK ha elegido como su intelectual de consulta por excelencia a Ernesto Laclau, el teórico del conflicto agonal, que sostiene que “una sociedad sin antagonismos es imposible” y que promueve un “antagonismo administrado”, una lucha que se dirime entre enemigos. Fiel a este pensamiento, sus años de gobierno han sido una larga serie de batallas del Estado contra “los grupos concentrados de poder”. Los argentinos hemos naturalizado la cultura del conflicto: lo contrario al diálogo, la negociación y el consenso.

Los nuevos “nuevos ricos”

Seguir hablando de la lucha como el motor de la historia –algo que planteó Marx a mediados del siglo XIX– es estar ciego a la revolución tecnológica del último siglo. El mundo cambia vertiginosamente, las personas cambian, los jóvenes tienen otras cabezas, otros intereses. Hoy de lo que se trata es de integrar –el objetivo central de la tecnología actual– más que de confrontar, algo que ha demostrado además ser muy redituable. ¿Dónde colocar si no a Steve Jobs, hijo adoptivo de un maquinista ferroviario y una ama de casa, que a los 21 años fundó Apple en el garaje de su casa sin haber estudiado una carrera y dejó a su viuda una fortuna valuada en 11.000 millones de dólares? ¿O a Mark Zuckerberg, que a los 20 años fundó Facebook como un juego, empresa que hoy vale 19.000 millones, y que en 2013 donó 1000 millones de dólares a la fundación de la comunidad en la que vive? ¿O al joven vietnamita Dong Nguyen, que decidió dar de baja la aplicación para celulares “Flappy Bird”, que creó en cuatro días y que le reportaba cincuenta mil dólares diarios, por considerarlo un juego “demasiado adictivo” y pensando en el “bien común”? Y así igual con los fundadores de Google, Yahoo, Skype, WhatsApp, etc.

El concepto de que la riqueza y el poder se originan solo a partir de dinero es obsoleto. El capital financiero no es más la variable crítica para generar riqueza. Lo que importa cada vez más son las ideas y la capacidad de trabajar en equipo. Las empresas buscan convocar talentos, jóvenes emprendedores y creativos. Ni siquiera los estudios universitarios son determinantes. En un mundo global en proceso de cambio constante, la clave es la innovación. Y para ello, lo que se busca son las habilidades interpersonales, la capacidad de liderar grupos humanos diversos y de adaptarse a lo nuevo y lo diferente. Porque, por primera vez en la historia, en la diversidad ya no está más el conflicto sino la riqueza.

“La unidad es superior al conflicto”

La frase pertenece a la encíclica Evangelii Gaudium del papa Francisco, quien la postula como un principio básico para construir la amistad social. En el plano psicológico, Jung afirma lo mismo cuando sostiene la necesidad de integrar las polaridades como forma de alcanzar una unidad mayor de la psique. Para esto se requiere abrirse a un cambio de paradigmas, a una nueva cosmovisión, donde lo que parecía inamovible se modifique –al menos en parte– a fin de lograr una nueva visión que integra lo que estaba separado y rechazado.

A fines del año pasado pude vislumbrar un indicio de este nuevo paradigma cuando estuve en Madrid visitando a mi hijo, que está haciendo un máster allí. Él ya me había contado por mail que en su camada eran 450 alumnos, de 75 países, de los 5 continentes, que incluían un 33% de mujeres. Pero una cosa es una información objetiva y otra es la vivencia. Al segundo día de mi llegada me llevó a visitar la universidad, donde me crucé por los pasillos con jóvenes de todas partes, hablando varios idiomas, como en un aeropuerto internacional. Visité las aulas semicirculares en cuyos bancos cada alumno coloca a la vista su credencial con nombre y país de origen; recorrí áreas con un sinfín de pequeñas salas de estudio vidriadas, donde grupos de seis o siete alumnos trabajaban sin importar sus visibles diferencias: nórdicos, latinos, japoneses, chinos, árabes, indios, negros y blancos, rubios y morochos, y, por supuesto, varones y mujeres. Y aunque la institución no pregunta sobre la religión para evitar cualquier discriminación, entre ellos declaran y comparten sus distintas creencias y las respetan con total naturalidad.

Les confieso que esa noche me desperté alterada y no entendía por qué. Al rato comprendí que se debía al sacudón que había recibido mi alma. Estaba impactada por el vértigo de ese crisol de culturas, que me impedía hacer pie en ninguna de ellas en particular. Me di cuenta de que mi hijo no está estudiando en España: está estudiando en “Naciones Unidas”. Además del esfuerzo intelectual que debe hacer la razón para aprender las distintas materias, hay otro esfuerzo tal vez mayor que debe hacer el alma para adaptarse a esa enorme diversidad cultural. Porque el alma es vernácula y, como un niño, se inquieta ante lo desconocido. Lo comenté con mi hijo al día siguiente y no solo estuvo de acuerdo conmigo: me confirmó que él y sus compañeros viven ese desafío quizá como el aspecto más enriquecedor de su experiencia educativa.

Puedo percibir las señales de lo que para mí ya resulta una obviedad: que hay un mundo viejo fundado sobre la división y el antagonismo que se derrumba junto con las falsas creencias que enfrentaban a la humanidad. Las luchas han servido para descubrir los elementos esenciales del ser humano, y las barreras que nos separaban están cayendo a la velocidad del tsunami tecnológico en que vivimos hoy. La convivencia armónica a pesar de la diversidad está a la vista por todas partes y no solo en las redes sociales: las instituciones supranacionales, los intercambios estudiantiles, los campeonatos deportivos, los eventos artísticos, el turismo planetario, el diálogo interreligioso, el comercio global, las empresas multinacionales…

El mundo va en camino de hacerse uno. Estamos asistiendo al nacimiento del Homo universalis, definido no ya por la amplitud de su saber, sino por su espíritu universal: hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, que superan todas las diferencias que antes los enfrentaban porque se vinculan desde su lado humano, desde el alma. El papa Francisco es un signo elocuente de esta renovada realidad. Dios hace una nueva Creación, como lo anuncia el Apocalipsis, y la novedad nos trae nada menos que la paz. La paz de Cristo, claro.

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