Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

17 febrero, 2017

Hombría o machismo

Dice nuestro columnista que no es nuestra identidad de género lo que no hace buenos o malos, pacíficos o violentos. Y propone un ejercicio saludable, noble, posible: tender un puente entre varones y mujeres, para honrarnos como seres humanos.

Viene bien hablar de los varones cada tanto. Es algo que he hecho algunas veces en Sophia, aprovechando el privilegio de ser un columnista hombre en una revista que se focaliza en lo femenino de una manera amplia e inteligente.

Como seres libres que somos, varones y mujeres somos buena gente, o no, de acuerdo con nuestro albedrío. Si nuestra identidad sexual o de género fuera lo que nos hace generosos, déspotas, santos, malvados, cálidos, manipuladores, héroes, o violentos, no sería virtud ni pecado, sino destino genético, aquello que nos pondría de un lado o del otro de la línea que define a la “buena gente”.

La hombría es eso que está allí, en los varones, y como tal podrá ejercerse con nobleza o sin ella. Cuando hablamos de machismo, el problema no es la hombría, sino la manera a veces innoble de ejercerla que tienen muchos hombres. Estos hombres, los innobles, asocian su ser varón a una idea del poder y la dominación, a la que lamentablemente también suscriben muchas mujeres, más allá de los progresos que hemos visto en los últimos tiempos.

Entiendo que es un error creer que la hombría es el origen de la violencia que involucra a hombres y mujeres en un circuito terrible. El origen de esa violencia es el miedo como impronta cultural, que cuando se adueña del ser humano genera una búsqueda y valoración de la dominación sobre los otros como forma de sentirse poderoso e inmune a los males temidos. Esa sería la descripción del machismo: una ideología basada en el miedo transformado en violencia, a la que, de diversas maneras, adhieren varones y mujeres en un circuito dramático.

Los varones sufrimos el machismo cuando tenemos que ganar siempre, cuando vivimos en el cuerpo y en el alma la presión de mostrarnos dominantes todo el tiempo, cuando sentimos que la vida es solo competir y sortear esa tendencia a la “gastada” y la humillación hacia aquellos que no suscriben al paradigma de ganador y “macho alfa” que tanto daño genera. El machismo golpea sentimientos, sensibilidades, degradando la vida anímica de los varones.

Muchos y muchas creen que la solución de la violencia, la injusticia y la dominación como forma de entender la vida no pasa por cambiar el paradigma, sino por hacer una suerte de enroque, en el cual las mujeres pasen a ser aquellas que dominen la escena, en un circuito que no tiene nada de reparatorio pero sí  mucho de vengativo. Ganar a costa del mal de otros no es “ganar”, que quede claro. Y en ese sentido es triste para los hombres ver que, en algunos de los muy heterogéneos movimientos feministas, el odio no es al machismo sino al varón, y muchas mujeres y hombres pretenden (para variar) combatir violencia con más violencia.

Lo fecundo está en el puente. Está en ese amor que tercia en las cuestiones de hombres y mujeres. Sin esa sintonía, lo que se logra es batallar, pero no fecundar la tierra con buena semilla.

Lo masculino no es violento, pero puede ser violento cuando se desvirtúa. Como siempre, las más nobles causas y funciones pueden desvirtuarse, y está en nosotros volver a la fuente, para honrar lo que somos, varones o mujeres, personas, disfrutando de las diferencias, amando lo diverso, para salir del árido círculo del desencuentro.

En nuestra última edición, los nuevos varones como protagonistas.

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