Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 septiembre, 2014

Herman@s del Alma

153_3_1

Hace unos días estalló la noticia en todos los medios de comunicación del mundo: reapareció el nieto apropiado de Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Ignacio Hurban, de 36 años, criado por un matrimonio de puesteros en Olavarría. En la conferencia de prensa que dio, sorprendió a todos con su serenidad, lucidez y madurez, y sobre todo por su percepción de la acción de algo “intangible” que estuvo obrando, esos “hilos finitos” de donde estuvo suspendido el camino hacia la verdad sobre su origen. Conmovedora historia con final feliz. La verdad siempre tiene un valor sanador en sí misma y en este caso tiene además un alto valor simbólico para todo el país: la de una reparación para tantas personas que han luchado durante décadas por encontrar a sus nietos desaparecidos durante la última dictadura.

A partir de esta noticia surgieron varias notas relacionadas, no solo de otros nietos recuperados que hoy son conocidos por su militancia política, como Juan Cabandié y Victoria Donda, sino de otros casos de personas que buscan sus raíces biológicas y, con ellas, sus identidades perdidas. Según titula un matutino de Buenos Aires, “Unos tres millones de personas luchan por encontrar a sus padres”.1 La nota aclara que el 85% de las búsquedas en la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad no se vinculan con los casos de la última dictadura. Son adultos que al nacer fueron regalados, robados o vendidos e inscriptos falsamente y que buscan su identidad biológica desde hace años, sin apoyo del Estado.

Fue a partir del tenaz trabajo realizado por las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo que se fue revalorizando en la sociedad la importancia de la identidad de origen, a la vez que se fue conformando un concepto en el discurso que hoy se traduce como el derecho a la identidad. Estas personas, agrupadas en varias asociaciones, están promoviendo la sanción de la ley sobre la identidad de origen y biológica, cuyo objetivo es la creación de varios institutos, como el banco de datos genéticos, para almacenar toda la información y que puedan facilitarle a la justicia esta búsqueda. Intentan también hacer responsable al Estado como garante del derecho a la identidad y generar conciencia para que estos casos no se repitan nunca más.

Algo no cierra

Confieso que me sorprendí muchísimo con la enormidad de la cifra: tres millones de argentinos no conocen su origen biológico, casi el 10% de la población, pero de eso no se habla… Me quedé pensando en cuántos años habían pasado desde que la hermana Pelloni comenzó a denunciar el tráfico de bebés en el interior… ¿Qué se hizo para evitarlo desde entonces? Ahora esos adultos buscan sus orígenes para recuperar su identidad perdida, algunos por razones de enfermedades congénitas de sus hijos, por ejemplo. La fundación Raíz Natal, que colabora con la búsqueda, dice que recibe al menos cinco llamados por día, pero los resultados son lentos porque se topan con la burocracia y, a veces, con un pacto de silencio. Es el caso de la partera de Córdoba ya fallecida, a la que confluyen las pistas de más de mil personas que por eso conformaron un grupo llamado Herman@s del Alma.

Ponerme a pensar en cuánto peso tiene el origen biológico y genético para un ser humano en la construcción de su identidad me llevó a plantearme también las incongruencias y contradicciones de la cultura de hoy. Mientras tantos argentinos buscan la identidad biológica de sus padres, y otros buscan a sus hijos o nietos perdidos o apropiados, no hemos empezado a plantearnos el tema ético de todos los nuevos casos de hijos cuya identidad biológica, en principio, está perdida por definición. ¿Con este nuevo abordaje del derecho a la identidad, derecho que el Estado debería garantizar, cómo se encuadran los bebés concebidos con esperma o con óvulos donados o comprados en un banco, que en general tienen estrictas cláusulas de anonimato? ¿A qué padre o madre biológico van a reclamar y recurrir esos bebés cuando sean adultos? ¿Está la ciencia moderna, y la actividad de médicos y clínicas privadas, trayendo al mundo nuevos seres cuya identidad les ha sido negada desde el vamos, por sistema? ¿No hay un peligroso vacío legal aquí también, que ampara un negocio?

El debate sobre el derecho a la identidad llegó para quedarse. Porque más allá de la búsqueda de Madres y Abuelas, está poniendo sobre el tapete otros delitos siniestros de apropiación de personas, como es el tráfico de bebés, muchas veces amparado con la figura de la adopción. Ahora esos bebés son grandes y pueden luchar por su derecho a conocer la verdad de su origen.

La gran familia humana

Me pareció conmovedor el nombre del grupo de personas reunidas a partir de aquella partera corrupta: Herman@s del Alma. En Sophia hace más de una década que hablamos de los vínculos “desde el alma”, hablamos de la preeminencia de lo espiritual sobre lo material. Hoy vuelvo sobre lo mismo, y resalto ese concepto de hermandad desde el alma. No porque la genética no sea importante, no porque no sea importante conocer esa verdad, sino porque a veces es imposible llegar a ella. La buena noticia es que la materia no es todo lo que hay, y por eso no tiene la última palabra. Porque somos materia y espíritu, y lo espiritual trasciende la materia. Algo así como que el amor puede más que la genética.

El cristianismo y el humanismo se refieren a la humanidad como una gran familia universal, que trasciende a la biológica a la que cada uno de nosotros pertenecemos. ¿En qué se basa, si no, el precepto fundante del judeo-cristianismo, que es el de amar al prójimo? ¿Quién sería mi prójimo y por qué habría de sentir amor y responsabilidad hacia él si mi familia fueran solo aquellos con quienes comparto el ADN?

Jesús fue claro en esto y  dejó pocas dudas al respecto en su mensaje espiritual, en primer lugar en su propia familia biológica:

Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron afuera y trataban de hablar con él.

Alguien le dijo: “¡Oye!, ahí afuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte”.

Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”.

Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mateo 13, 46-50)

Y en otro momento:

“En verdad les digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu’”. (Juan 3, 5-8)

Jesús en su discurso de despedida, en la Última Cena antes de su Pasión, les prometió a sus discípulos enviarles el Espíritu de la Verdad, que los guiaría hacia la verdad completa. Creo que Jesús se refería a esa verdad trascendente, tal vez la mayor de todas: la revelación de nuestro verdadero origen, nuestra condición de hijos de Dios, aquella que nos comunica una dignidad superior a la que pueden darnos nuestros padres biológicos. Comprender esta verdad puede ser sanador porque nos integra a la gran familia de Dios y nos hace hermanos del alma de toda la humanidad. Toda una revelación.

1Aigul Safiullina, “Identidades perdidas. Adultos que aún buscan sus orígenes”, La Nación, 12 de agosto de 2014.

ETIQUETAS identidad

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()