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POR Adriana Amado - Columnistas

17 mayo, 2016

Generación mediática

La farandulización de la separación de Bárbara Vélez y Federico Bal hizo que se corriera el foco de la problemática de fondo: la violencia. El fin de la primera pareja de mediáticos de pura sangre y una pregunta: ¿cómo rescatar a los hijos del reality show?

 

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Barbie y Fede meses atrás. Tiempos de reality amor en redes sociales.

Los chicos ya están grandes. Ya viven solos y ya pasaron por la prueba de la convivencia en pareja. Y como a la mayoría de nosotros, no les fue bien. Solo que en lugar de rumiar el fracaso con un confidente, ellos aprendieron de chiquitos que los trapos sucios se lavan en la televisión. No solo porque son de la generación mediática que reemplazó la novela por el reality show y confunde panelismo con periodismo. Son, por añadidura, hijos de dos figuras que se construyeron a fuerza de lágrima vertida en programas de chimentos y que supieron hacer de su vida un género televisivo particular, que mezcla el culebrón latino con el repentismo del reality show contado en formato de talk show.

Los protagonistas de la última temporada del reality-talk-novelón son Bárbara Vélez, hija de Nazarena, y Federico Bal, hijo de Carmen Barbieri. El espectáculo de su vida empezó mucho antes de que las criaturas obtuvieran el primer protagónico, que fue cuando se pusieron de novios y formaran la primera pareja de pura sangre mediática. Pero recién ahora dieron prueba de ser dignos herederos de esa tradición familiar de expiar las frustraciones con un confesor sentado ante la cámara que transmite las novedades de la farándula. Las dos señoras y sus vástagos se presentan como artistas, pero la audiencia las recuerda más por los pasos de la tragicomedia de su vida que por sus aportes artísticos. Lo que no significa desmerecer la contribución que han hecho a la charla de sobremesa o de cafecito de oficina, especialmente en estos tiempos en que era más fácil hablar de las cirugías de una o los duelos de la otra, que de Fútbol para todos.

Hoy los herederos llevan a la pantalla su primer divorcio, que es también el fin de la primera parejita de mediáticos nacidos y criados viendo a mamá llorar por televisión. Bien mirado, bastante bien salieron las criaturas, a juzgar por la cordura que mantuvieron en medio de la carnicería que pretendía la prensa farandulera. Que en Argentina no puede llamarse ni prensa rosa ni del corazón, como ocurre en otros países, porque no tiene corazón y, si hay que ponerle un color, es más bien amarilla tirando a crónica roja. Como es de rigor en estos casos, salieron los guardianes de la moral televisiva a enseñarles periodismo a unos que, de querer aspirar al título de periodista, seguramente elegirían otro trabajo distinto a ese que tienen de despedazar, hostigar, vapulear y descartar la estrellita de turno.

Como pasa con cualquier capítulo de estos reality-talk-novelones, no resisten demasiado tiempo en agenda. Cansan de tan densos, aburren por repetidos y, más pronto que tarde, se olvidan. Sabiendo que esos programas solo dejan a su presa cuando baja el rating, la indiferencia es el manto de piedad que tira la sociedad sobre las víctimas mediáticas para rescatarlas.

La pena es que en el momento en que el tema de la violencia en la pareja se corporiza en estos chicos que salieron a ventilar su separación al detalle, y que mucha de la atención pública estaba puesta en el asunto, no se usó el caso para crear conciencia. Es una lástima que las organizaciones preocupadas por el tema no salieran a rescatar a la niña amenazada y le brindaran un consuelo mejor que el que le brindaron en los programas del desconsuelo. Hubiera sido un gesto que hubiera dado vuelta la agenda de discusión del malo (el novio violento), a los males (la violencia en el noviazgo). Los mediáticos también son seres humanos y buena parte de la sociedad los percibe así y se conmueve con su disputa porque se parece también a sus propias disputas. No obstante, seguimos prefiriendo repudiar la cobertura antes que revertirla y llevarla al periodismo de calidad. Es difícil reconvertir la prensa farandulera. Pero parece más difícil que se rescate a un mediático de sus fauces para darle un lugar más digno en las noticias de contenido social.

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