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POR Adriana Amado - La mujer en los medios

16 diciembre, 2014

Entre el cielo y la tierra

La moda gótica y su furor vampiresco nos viene a proponer unos zapatos dignos de Frankenstein y nosotras nos montamos en ellos lo más contentas.

zapatos

 

No contentos con haber impuesto estos años los tacos vertiginosos, el gremio zapatero insiste en subirnos a unos bloques de caucho que deforman sin complejo la grácil horma femenina. Ya llevamos varias temporadas padeciendo un taco aguja que nos eleva a tal altura que la ergonomía se vio obligada a apoyar el metatarso en algunos centímetros extras. Entonces fue cuando vino la plataforma a apiadarse de nosotras y aunque sabe que bien podíamos ir por la vida caminando en punta cual bailarinas clásicas (peores sacrificios se nos vio hacer en nombre de las tendencias), decidió ahorrarnos algo del sufrimiento. Pero no mucho.

Como parece que no deberíamos bajarnos de las alturas, este año las vidrieras están llenas de unos zapatos que podrían pasar por ortopédicos si no fuera porque Alexander McQueen diseñó unos parecidos, tan forzadas que son sus dimensiones. La idea es montar la tradicional capellada sobre una suela que recuerda a los neumáticos de un Caterpillar que suele terminar en un taco contundente que oscila entre los cinco y veinte centímetros. Los hay también montados en un bloque que pone a la planta a igual altura que el talón para elevar el pie sin forzar el arco, lo que es una conquista femenina aun no suficientemente festejada. Hasta las zapatillas se ofrecen en modelo coturno para que ascendamos aunque más no sea una pulgada, que parece suficiente para aceptar ese peso muerto adicional en las extremidades que, en su rigidez, nos hace caminar como geishas más que como deportistas.

Mientras Susana Saulquin celebra en su último libro que seamos cada vez más alérgicas a los autoritarismos, la moda gótica  y su furor vampiresco nos viene a proponer unos zapatos dignos de Frankenstein y nosotras nos montamos en ellos lo más contentas. Como si dentro de cada una hubiera una Drag Queen de femineidad hiperbólica que quiere alcanzar las dimensiones hercúleas que nos proporcionan esos zancos con que decidimos encarar el día.
Pienso eso mientras maniobro con dificultad unos zapatos planos que me suben siete centímetros que alcanzan para ponerme por encima de la altura media. Y pienso que sí, que la altura tiene algo de poderosa. No por nada los cortesanos popularizaron plataformas y tacos entre los hombres, y los romanos, antes, usaron los coturnos en las representaciones de las tragedias para elevarse por sobre el coro e imponer presencia escénica. Pero ¿a quién queremos impresionar? Porque una cosa es subirse a un suplemento en el escenario o corretear en tacos por los salones de palacio y otra es recorrer con ellos cualquier día femenino promedio que no tiene menos de tres o cuatro escalas en la hostilidad del transporte público y las irregularidades de la arquitectura urbana. Solo a nosotras se nos ocurre desafiar a Arquímedes tratando de empujar el changuito de compras, el coche del bebé o la valija rutera con una palanca que brinda tan poca estabilidad.

Algunas dicen que las plataformas son más cómodas incluyendo necesariamente el comparativo que indica que son “más que” el calzado femenino promedio, pero en términos absolutos no lo son. Aun así, este año dan prueba de una aceptación tan democrática que alcanza por igual a las muchachas del colectivo que viene de Constitución y las señoras que bajan del taxi en Tribunales. Ya sabemos que la moda incomoda, que es tan caprichosa como seductora y que todo lo hace por la función social de poner a andar no menos de dos veces al año la cadena económica que engancha engranajes tan distantes y disímiles como un taller en Taipei, un empaquetador en Bajo Flores y una vidriera luminosa de un shopping de San Pablo. Pero no renovamos zapatos que ya sabemos serán efímeros, por responsabilidad cívica.

Mido quince centímetros más que una persona que se supone petisa y no recuerdo que eso me haya deparado ventajas en la vida, más allá de pequeños triunfos como bajar la valija del portamaletas del avión o alcanzar los frascos de la alacena sin subirme a un banquito. Está bien que estos suplementos de goma vengan a ayudarnos a alcanzar el pasamanos en el colectivo. Un poco de elevación es buena. Siempre y cuando la altura no sea tanta como para alejarnos demasiado de la tierra.

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