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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 junio, 2014

Ensanchar la tienda

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Hace pocos días terminó la 40ª edición de la Feria del Libro, donde Sophia estuvo presente por primera vez. Allí organizamos un evento contra la violencia de género y tres charlas sobre temas relacionados con la mujer: los estereotipos, la violencia y la espiritualidad. La información está en nuestra página y en FB, así que no necesito entrar en detalles, pero no puedo evitar referirme a la última, “La espiritualidad en la vida cotidiana”, porque me dejó pensando mucho.

Convocamos a tres panelistas excepcionales que hablaron desde sus tradiciones: Beatriz Pichi Malen, desde la cultura mapuche; Teresa Mira de Echeverría, desde la filosofía de los griegos, y la rabina Silvina Chemen, desde el judaísmo, y la coordinadora fue Fabiana Fondevila, periodista muy versada en el tema. No alcanza con que les diga que la sala estaba llena y que durante una hora y media estuvimos absortos con sus testimonios y sus enseñanzas. El clima era casi mágico. Estábamos como chicos que escuchan un cuento y se dejan llevar por ese estado, sin tratar de entender con la razón. Solo había que oír las canciones y escucharlas hablar de su intuición de lo Sagrado, algo tan antiguo y tan humano como el hombre mismo.

Teresa Mira habló sobre el mito de la caverna de Platón que sostiene que los hombres vivimos entre sombras hasta que nos llega la iluminación, esa que no solo nos permite ver, sino que nos impulsa a volver al fondo de la caverna a rescatar a los que están encadenados frente a la pared y de espaldas a la luz. Por eso, ella insistió en que “no hay espiritualidad sin comunidad”. Silvina Chemen fue muy directa en este punto: “el otro es el objetivo de toda espiritualidad”. Por esa razón, todos estamos llamados a cambiar para luego salir al mundo a cambiarlo, para mejorarlo. Salir a compartir ese mensaje para religar (de ahí, “religión”) el mundo con Dios. Tal vez lo más sorprendente fue el mensaje de Beatriz Pichi Malen, quien explicó que el pueblo mapuche (“gente de la Tierra”) se siente unido a toda la naturaleza, a todo lo viviente, al río, a los árboles, a los animales y, por supuesto, a todos los seres humanos, porque todos tienen un alma y están vivos. Ella reiteró que la espiritualidad de su pueblo es muy concreta y que “en la lengua mapuche no existe la palabra ‘esperanza’, porque el contacto con lo Sagrado es permanente y cotidiano”. Algo así como que no les hace falta esperar nada ni religar nada con el Creador, porque nunca fue separado.

El patriarcado en las religiones

Confieso que quedé deslumbrada. Desde el panel se sentía una verdadera unidad espiritual que trascendía las tres culturas, sus creencias personales, dogmas y ritos, y hasta sus distintas formaciones. Había algo especial. Risas, intimidad, complicidad; incluso hubo varias interrupciones por los aplausos. Sí, aplausos en medio de una charla de espiritualidad. Es que las tres mujeres lograron transmitirnos su entusiasmo, su convicción de que Dios se manifiesta en el alma, en la propia humanidad; pero a la vez está allí donde las almas se tocan y se encuentran. Para ellas tres, la verdadera espiritualidad es comunitaria y se revela en la salida de uno mismo para ir al encuentro con el otro. 

Escuchando a estas mujeres parecía todo tan simple y armonioso que uno tenía derecho a preguntarse la razón de tantos siglos de violencia en la humanidad por motivos religiosos… Tantas guerras, masacres y holocaustos, cismas, inquisiciones, cruzadas y conquistas que diezmaron a los “infieles” del lugar y del momento… Y la razón de las actuales persecuciones y luchas religiosas en el mundo, discriminaciones e intolerancias, torturas y cautiverios, matanzas masivas, fundamentalismos teológicos, destrucciones de iglesias, sinagogas, templos y mezquitas, atentados terroristas, todo en nombre de Dios…

Volví a pensar en las teólogas feministas –y también muchos varones– que desde hace años hacen una lectura de género de las Sagradas Escrituras y de la historia, y alzan la voz para denunciar la matriz patriarcal de las religiones que discriminan a la mujer con consecuencias nefastas para todos. Cito un texto reciente, del teólogo español Juan José Tamayo: “La situación de entonces se repite hoy en la mayoría de las religiones, que se configuran patriarcalmente y nunca se han llevado bien con las mujeres. Estas no suelen ser consideradas sujetos religiosos ni morales, por eso se las pone bajo la guía de un varón que las lleve por la senda de la virtud. (…) Son excluidas del espacio sagrado por impuras. Se las silencia por creer que son lenguaraces y dicen inconveniencias. Son objeto de todo tipo de violencia: moral, religiosa, simbólica, cultural, física, etc. Sin embargo, las religiones difícilmente hubieran podido nacer y pervivir sin ellas. Sin las mujeres es posible que no hubiera surgido el cristianismo y quizá no se hubiera expandido como lo hizo”.1

En la senda de María Magdalena

Hace rato que coincido con que las religiones son patriarcales (como toda la cultura) pero aun así –o tal vez por eso mismo– me costaba entender qué había pasado en ese encuentro y por qué había sido tan diferente a una “charla” común y corriente sobre espiritualidad. Hubo dos cosas que me dejaron pensando y que me ayudaron a ver. Una fue que al terminar el evento, un señor pidió la palabra para agradecer y elogiar a las panelistas y después reclamó: “Y por favor, vuelvan a reunirse y convóquennos para seguir esta conversación”. La otra fue lo que me escribió esa misma noche una joven cordobesa en alusión a una frase que oyó por la tarde: “Si cuando el Espíritu de Dios y el espíritu del hombre dialogan, los dos cambian, entonces, el espacio de esta tarde fue la Tienda del Encuentro en la que conversé con El de arriba. Gracias a Sophia por armar la carpa”.2

En los dos mensajes me pareció escuchar lo mismo: el agradecimiento por generar ese espacio de espiritualidad amplio, esa carpa, tienda, casa, donde el espíritu de lo Sagrado podía manifestarse con libertad y espontaneidad, y con palabras simples. Porque la charla no fue –ni pretendía serlo tampoco– un espacio de diálogo interreligioso como los que por suerte suceden cada vez más entre las jerarquías eclesiásticas de las distintas religiones. No había dogmas que discutir, ni Escrituras ni templos ni espacios de poder para reivindicar o defender. Solo había cuatro mujeres reunidas compartiendo su experiencia de lo Sagrado. Así de simple.

Me quedé pensando si no era este un mensaje para nosotras, las mujeres creyentes de todas las religiones. Los Evangelios coinciden en que las mujeres fueron las primeras testigos de la resurrección de Cristo, con María Magdalena a la cabeza. Ella, junto con otras discípulas de Jesús, fueron las encargadas de difundir la noticia y de reunir a los discípulos en Galilea. Después fueron activas participantes del desarrollo de las primeras comunidades cristianas –que surgieron como Iglesias domésticas–, abriendo sus casas y convocando a todos a escuchar el mensaje del Reino de Dios.

Hoy, cuando el mundo está sumido en tinieblas, cuando la racionalidad pura de los varones ha demostrado sus límites para resolver los conflictos, cuando las religiones muchas veces quedan relegadas a códigos morales e ideologías y hasta asociadas a las luchas por el poder, me pregunto si las mujeres no tenemos que ser, como hace dos mil años, las portadoras de un mensaje de esperanza. Si no estamos llamadas a ampliar nuestra visión de lo Sagrado, a ensanchar esa “tienda espiritual” para que pueda abarcar a toda la humanidad, de todas las culturas y credos. Y en medio de la oscuridad, como María Magdalena, convocar a los varones para darles nuestro testimonio porque, como ella, nosotras también “hemos visto al Señor”.

1 Juan José Tamayo, “El cristianismo de María Magdalena”, en www.eclesalia.net, 22 de abril de 2014.

2 La Tienda del Encuentro era el santuario que Moisés armó en el desierto para guardar las Tablas de la Ley y el lugar donde se creía que Dios se encontraba con su pueblo. Para el cristianismo, a partir de Jesús, la Tienda del Encuentro es el corazón del hombre.

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