Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - La vida como camino

13 noviembre, 2018

Encontrar tu bandada

Esperar a las personas que encajan con nuestras expectativas conlleva el riesgo de dejarnos incompletos. Pero si desarrollamos nuestra inteligencia afectiva, podremos vivir con gratitud y compartir todo lo bello que sí nos esté dando la vida.

Hace muchos años, estaba yo volviendo de un viaje profundo y, como otras veces, quise escribir un poema. Entonces le di espacio. Comenzaba así:

“La vida solo ha sido día a día

un intervalo hasta reencontrarnos,

puliendo nuestras piezas interiores

para que encastren cuando se aproximen.

Entretanto, vagamos solitarios,

buscándonos en medio de la gente,

como ejemplares de especies extinguidas

que olfatean el aire para hallarse.

Cómo te extraño, aunque aún no te conozco.

Necesito encontrarte urgentemente.

Emite ya tu grito conmovido:

distinguiré su sonido puro y claro…”.

Al releerlo veo el peso que tenía mi enorme soledad no elegida y la expectativa de que llegara a mi vida alguien con quien ensamblarme en encastre perfecto. Como esas ballenas que se escuchan a lo largo de miles de kilómetros y se rastrean hasta encontrarse.

Tengo que decir que ya no concibo los vínculos valiosos de esa manera. Creo que son muy pocas las veces en que eso sucede. Pero esta no es una visión pesimista. ¡Todo lo contrario! Aquella lo era: la condena a la soledad autoacuartelada hasta que apareciera la persona que encajara exactamente con mi expectativa.

Este arquetipo de soledad anhelante es muy peligroso. Uno de sus principales riesgos es que el tiempo pase y, por esperar lo extraordinario, desperdiciemos lo que la vida sí nos esté trayendo, pero que –con los ojos perdidos en ese incierto horizonte–, ni siquiera advirtamos.

Dejarse solo de los demás tiene otro peligro: nos mantiene en estado de vulnerabilidad extrema, sumergidos en la carencia. Pues aun el más solitario de los humanos precisa “compañeros de bandada”, como Juan Salvador Gaviota buscó con denodado esfuerzo. Precisamos la palabra, la escucha y, especialmente, el contacto. El hambre de contacto excede lo sexual y, a veces, ni siquiera se relaciona con ello. Es la necesidad de ser físicamente contenidos, abrazados, acariciados, reconocidos. A principios del siglo XX se descubrió que la tasa de mortalidad de los neonatos internados decrecía enormemente si se les permitía tener contacto con sus madres o enfermeras sustitutas. El hambre de contacto, a esa edad, mata. Y cuando somos grandes, nos carcome por dentro, a veces sin que lo sepamos.

El hambre de contacto excede lo sexual y, a veces, ni siquiera se relaciona con ello. Es la necesidad de ser físicamente contenidos, abrazados, acariciados, reconocidos.

La vulnerabilidad de quien se queda en una situación de soledad no elegida fue bien descripta por Nietzsche: “El solitario ofrece su mano demasiado pronto a quien encuentra”. Nos hace propensos a que, cuando se nos acerca quien parece ser a quien estábamos esperando (un amigo, un amor), nos entreguemos sin prudencia, con demasiadas probabilidades de equivocarnos y lastimarnos.

Además, hay un punto crucial: quien desde su carencia entregó su mano “demasiado pronto” no es raro que se vuelva a introvertir por largo tiempo, lamiéndose las heridas como cualquier animal dolorido. Más adelante, si nuevamente el hambre de contacto lo empuja a salir hacia el mundo, tendrá el mismo nivel de inexperiencia vincular que la vez anterior. Por ende, las mismas probabilidades de no discernir bien.

Lo que puedo decir –como introvertida y solitaria que me sé– es que el aprendizaje emocional al que nos propulsa la vida es el de volvernos completos a nosotros mismos pues no es ningún otro el que nos completará. Desarrollar inteligencia afectiva para hallar en el mundo a “nuestra bandada”. Y si en esa bandada no está “el amor esperado”, que igual podamos vivir con gratitud todo lo bello que sí nos esté dando la vida.

El aprendizaje emocional al que nos propulsa la vida es el de volvernos completos a nosotros mismos pues no es ningún otro el que nos completará.

Estemos atentos a esto: lo que realmente todos queremos es ser felices. Tan simple y tan legítimo como eso. Pero nuestro entorno nos formatea desde niños para que terminemos creyendo que solamente seremos felices “si…”. Si tenemos un hijo. Si encontramos un gran amor. Si viajamos a tal país. Si…

Sin embargo, mirar la vida desde este formateo es como querer comprender el funcionamiento de un microondas mirando el manual de instrucciones de la TV. O sea: ¡la vida no funciona así! La vida nos ofrece ciertas cosas, y como decía Joseph Campbell: “Tenemos que decirle sí a la vida bajo sus propias condiciones”. 

Cuando dejamos de forcejear con cómo la vida “tendría que ser”, podemos empezar a tomar sus hermosuras y vivirlas. Una de sus hermosuras es, curiosamente, la soledad. De hecho, no hay ser humano trascendente que no la haya amado y procurado para sí. El propio Nietzsche decía al respecto: “¡Oh, soledad! ¡Soledad, patria mía!”. Patria es origen, donde uno quiere vivir. Y esa otra soledad tan llena de hondura, de libertad, es eso. Ese solitario se vuelve fecundo. Aprecia ser su propia compañía. No vive en carencia. Ha aprendido a disfrutar de su soledad sin estar agonizando en ese “grito conmovido” del que habla el poema.

Cuando dejamos de forcejear con cómo la vida “tendría que ser”, podemos empezar a tomar sus hermosuras y vivirlas. Una de sus hermosuras es, curiosamente, la soledad.

Quien ejerce una soledad inteligente va aprendiendo también a construir vínculos donde la belleza de lo hallado en soledad se intercambia con otros, se comparte, se recibe. Todos mis amigos son solitarios. Y cuando nos juntamos, disfrutamos de hablar sobre los hallazgos cosechados a solas: lo leído, lo visto, lo creado, lo pensado. Nos reímos, cantamos, nos contamos, nos abrazamos.

Dícese de una ballena que, aparentemente, sería el último ejemplar de una variedad extinguida. Emite su sonido en una frecuencia diferente, sin ser respondida ni comprendida por ninguna otra ballena. Por nadie. Me da pena, compasión. Pero no puedo pensar en vos y en quien me está leyendo como la pienso a ella: hay en el mundo muchos más de tu rara estirpe. Hace falta que la soledad no sea excedida en su dosis saludable. Que tomes el riesgo de darte a conocer para que los de tu especie te respondan, aquí y allá. Tu bandada te espera. Yo te espero. Te estamos esperando.

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